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Diez segundos para correr

“Esto es propiedad privada, podría dispararte. Tenés diez segundos para correr”. Di media vuelta con mi bici y emprendí camino de regreso.

Diez segundos para correr.
Diez segundos para correr. Foto:toledo

Alguna vez, en México o EE.UU., de viaje, me topé con hombres aislados en la naturaleza, ermitaños que salieron de su casa abrazados a la mediocridad de un  arma. Recuerdo que en ambos casos los involucrados tenían esa misantropía paranoica que a veces se ve exaltada por las condiciones adversas de la naturaleza, y que el arma funcionó como un conductor del miedo ante la presencia de un extraño.

En el primer caso, en la bahía de Huatulco, cayó la noche y llegué a la única posada del lugar. Estaba molido y la esposa del dueño se negó a darme alojamiento hasta que su esposo no aprobara mi presencia. Insistí, convencido de que el derecho de admisión en un hotel era absurdo, y la mujer no tuvo más opción que darme un cuarto. Dos horas después, mientras dormía, el dueño de la posada, un norteamericano de 50 años, hirsuto y de barba canosa, irrumpió y me apuntó gritando: tenía cinco minutos para irme antes de que gatillara su escopeta, estaba harto de mochileros que llegaban al lugar para desintoxicarse de las drogas que consumían en el resto de México. Le contesté que estaba equivocado, pero mantuvo la escopeta en alto y el pulso no le tembló mientras me veía vestirme.

En el segundo caso, en Upstate New York, en una zona próspera que mezclaba cultura, pueblo y ambiente rural, andando en bicicleta tomé un camino en medio de un bosque. Hacía rato que quería recorrer esa zona con libertad. El sendero desembocó en una casa burguesa prearmada, con su camioneta 4x4 estacionada en la puerta. Segundos después, un hombre salió de la entrada principal preguntándome qué hacía en el lugar. Llevaba un rifle en una mano. Y aunque no me apuntó, como el hotelero de Huatulco, susurró: “Esto es propiedad privada, podría dispararte. Tenés diez segundos para correr”. Di media vuelta con mi bici y emprendí camino de regreso, sintiéndose un ciervo bajo la mirada de un cazador.

Aquel comentario del propietario de la casa me pareció deliberadamente pernicioso: “Diez segundos para correr”. A veces la maldad es producto del miedo. Una especie de instinto defensivo que deviene adrenalina. En otros casos, la maldad es una condición natural para equilibrar una desventaja congénita, y se instala en el interior de la personalidad como un rasgo tan metamorfoseado que su portador no lo percibe e, incluso, lo celebra en bailecitos impostados. Según compañeros del actual presidente en el Cardenal Newman, el joven Mauricio Macri era el peor alumno de la clase, aunque su bajo coeficiente era inversamente proporcional a su maldad. No era la maldad de un matón, sino la de un niño que compensa su falta de astucia con arranques de crueldad y dubitativo sadismo. Algo que a lo largo del tiempo prevaleció y debió haber premoldeado la relación tensa con Franco Macri, que padeció en carne propia esos arranques de maldad cuando su primogénito intentó declararlo persona mentalmente insana.  

Se explica así por qué, en décadas, Macri fue el único capaz de comulgar con la mentalidad escabrosa de Lilita Carrió por más de un año. No sorprende a la vez la reacción de mandatarios cínicos como Vladimir Putin, que en un encuentro bilateral el año pasado, al escuchar hablar a Macri, le preguntó a su intérprete “¿éste es o se hace?”, algo para lo cual parte de la población, miembros arribistas de gabinete, asesores y sobre todo compañeros de aula, hace rato ya tienen respuesta.



Oliverio Coelho