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Dilma no vio destituyentes

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Las protestas que sorprendieron a Brasil y, sobre todo, la reacción de Dilma Rousseff luego de una semana de furia, permiten esbozar un juego de diferencias que, seguramente, irritaría a Cristina Kirchner.

“El pueblo quiere más y tenemos que hacer un esfuerzo”, comenzó la presidenta brasileña en la cadena nacional que se transmitió el viernes, al anochecer de un día agitado. “Hay que oxigenar el sistema político. La democracia nos impone una construcción ciudadana”, agregó Dilma. “Voy a reunirme con los líderes de las marchas y escuchar sus pedidos”, completó la jefa del Partido de los Trabajadores.
En ningún momento, Rousseff se mostró enojada. Siempre sonrió y estuvo calma. Parecía una profesora, pero no estaba subida a un atrio. No daba cátedra, contenía a sus alumnos. Estuvo pausada y parecía enviar un mensaje de conciliación y reflexión para todos los brasileños, especialmente, para los que la habían criticado en la calle. El amor derrotó al odio.

Fue un discurso muy diferente, hay que decirlo, al que su colega argentina suele arremeter. Dilma no vio fantasmas destituyentes, no denunció opositores golpistas alentando las protestas, ni a medios hegemónicos azuzando la crisis para acorralar a un gobierno nacional y popular.

La presidenta de Brasil no lanzó críticas a los manifestantes y no se oyeron voces advirtiendo que los “indignados” brasileños vacacionaban en Miami o habían protagonizado “piquetes de la abundancia” porque reclamaban mejoras sociales como educación y transporte, cuando en Brasil todavía hay gente que sufre condiciones de pobreza extrema.

Tampoco sonó alguna voz oficial en Brasilia contrarrestando la marcha y, a sus promotores, desafiándolos para que formen un partido político y se presenten a elecciones. Y nadie intentó recordar a los jóvenes que la década ganada del PT los había convertido en ciudadanos de una clase media que no existía en los tiempos en los que el neoliberalismo se impuso en Brasil, mucho antes de la llegada de El (Lula) y Ella (Dilma).

No hubo retórica. No hubo relato. Simplemente hubo una protesta social y una presidenta que se mostró dispuesta a escuchar. Tan simple. Tan difícil.



Rodrigo Lloret