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Dios los perdone

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Una turba de pecadores tuvo el tupé, el otro día, de acudir a visitar al papa Francisco. Y el Santo Padre, en su infinita misericordia, accedió a recibirlos y a prodigarles, caritativo, su sagrada bendición.

En la comitiva estaba, por caso, el agregado Guillermo Moreno, de quien se sabe fehacientemente que incurre con la mayor frecuencia en un pecado capital: el de la ira. Cuando pierde los estribos, que lleva flojos, según parece, no se ahorra gritos destemplados ni improperios de grueso calibre, y hasta ha dado manotazos que no debió dar ni amagar. Si reacciona de tal modo con razón o sin razón, es cosa que no viene a cuento: el pecado es pecado y punto, y no es preciso especificar.

Otro más, entre los que asistieron, fue el señor Mauro Icardi, de profesión futbolista. Pecó gravemente y lo dijo: ha deseado a la mujer del prójimo. Que ese prójimo fuese su amigo es pecado mortal para la viril moral del tango; no sé si para la moral vaticana. Ahí alcanza con que se trate de un prójimo, y consta que de hecho lo era. Le deseó la mujer y el deseo, como suele decirse, se le hizo realidad: quitole la mujer al prójimo, sometiola, fecundola, burlose del prójimo valiéndose incluso de sus pequeños hijos.

La dama en cuestión visitó también al Papa. Vestida con inusual recato, no alcanzó a ocultar con eso sus pecados, ya muy difundidos. Me refiero a Wanda Nara, hoy por hoy ama de casa. La tuvimos por virtuosa, pues juraba que era virgen, cosa que correspondía ya que no había pasado aún por los debidos sacramentos nupciales. Pero después resultó que mentía; pecado doble por ende: el de faltar a la verdad y el de darse a la lujuria. Se divorció: falta grave, pues el hombre (o la mujer) no debe separar lo que ha unido Dios. Se exhibió con impudicia, con poca ropa o ninguna; los dones que Dios le dio para brindar alimento a su prole los puso a consideración de todos en revistas pecaminosas. Y lo más campante.

Maradona asistió también: ya van dos papas que visita. Que me parta un rayo si no grité hasta la afonía el gol que le hizo a Peter Shilton, y no precisamente con la cabeza; pero invocar el nombre de Dios en vano es prohibido en los mandamientos bíblicos, y ninguna otra cosa hizo Diego al hablar de la “mano de Dios”. Cunden sus hijos, como sabemos: señal incontestable de que ha pecado seriamente, manteniendo trato carnal por fuera del sagrado matrimonio. Su riqueza por tal motivo se esparce, lo cual quizá le juegue a favor, por aquello del camello y del ojo de la aguja. Se pronunció a favor de la paz, ya que tal era el motivo del encuentro con el Sumo Pontífice; pero en caso de arremangarse el saco oscuro que llevaba puesto, habría quedado a la vista la efigie inconfundible del doctor Ernesto Guevara, pues la lleva tatuada en el brazo, quien conocidamente dedicó varios años de su vida no a la paz sino a la guerra (y a una guerra revolucionaria además: una que buscaba forjar una sociedad más justa y atea).

Yo pienso que el Papa, pese a todo, hizo bien en recibirlos. “Venid a mí”, pareció decirles. En vez de la Iglesia punitiva y superyoica de Karol Wojtyla o de Ratzinger, Bergoglio parece entender que es tarea del buen pastor rescatar a las ovejas descarriadas, traerlas de nuevo al ruedo, sumarlas al rebaño del bien. ¿Quién, si no, se va a ocupar de salvar sus almas? ¿A quién otro habría de corresponderle la misión de apartarlos de la senda de Lucifer?

Perdonar es divino. Aunque el perdón, para ser dispensado, requiere del pecador un sincero arrepentimiento. Acaso me equivoque en mi parecer, pero la verdad es que yo no atisbo el más mínimo indicio de arrepentimiento en este lote de endemoniados. Los percibo más bien nietzscheanos: dionisíacos, corporales, lúbricos, báquicos; los noto más bien convencidos, aunque tal vez no lo dirían así, de que la culpa es un dispositivo de poder en la constitución de las subjetividades, que la moral es el gimoteo de los débiles, que el que se arrastra como un gusano no puede quejarse si lo pisan.

No soy quién para poner en cuestión esta tesitura, este criterio. Lo que me pregunto, y de lo más perplejo, es esto otro: ¿para qué van a ver al Papa? ¿Qué es lo que se proponen con eso?



Martín Kohan