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Dios no patea penales

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Mientras cada día la corrupción vivida se revela más atroz, mientras siguen libres los jefes (gracias a la sospechosa dilación de los jueces), mientras cómplices empresariales confiesan en público lo que niegan en tribunales, el presidente Macri (entre tantas figuras y figuritas) se hace tiempo para hablar con Lionel Messi y pedirle que siga en la selección. “Debemos cuidarlo”, dice, porque es “lo más importante que tenemos” (inevitable no recordar al Papa pidiendo “cuiden a Cristina”). El desarreglo moral de la sociedad se ve en acciones como ésas y en todo lo que famosos y anónimos dijeron durante esta semana a raíz de la infantil reacción de quien es un futbolista superdotado y, a la vez, un ciudadano que defrauda al Estado español (país en el que vive y hace sus grandes negocios) fingiendo ignorar cuestiones legales elementales.
Si de la renuncia de Messi depende, como parece, el futuro del país y la felicidad de los argentinos, el panorama es sombrío y duele pensar en lo que les espera a nuestros hijos y nietos (nosotros ya estamos jugados).
Antes de un posible choque con la intolerancia y el fanatismo tan all’ uso nostro, declaro que jugué toda mi vida al fútbol (desde el potrero hasta ligas empresariales o amateurs) y que como hincha tengo varias decenas de estadios locales e internacionales en mi currículum. Y agrego que la selección no perdió la final por un penal errado. El resultado de ese partido fue muy argentino y tiene razones, a saber:
-Ausencia de equipo. Sumar nombres, así sean estrellas (y pocos lo son) no hace un equipo. Un equipo es un organismo en el que cada pieza cumple una función definida en coordinación con otras, sin superposiciones y trabajando para un mismo fin. Nuestro cuerpo es un equipo. Si todos los órganos dejaran lo suyo en manos de uno solo (corazón, cerebro, etcétera), no tardaríamos en enfermar (y hasta perecer), como acostumbra la sociedad argentina en todos los ámbitos.
- Ausencia de identidad y plan de juego. Al depender del órgano salvador, se prescinde de toda estrategia, se ignoran factores aleatorios, no hay plan B. Argentinidad al palo.
- Ausencia de liderazgo. Salvo Mascherano (agotado e impotente), no hay líder. Es decir orientación, conducción integradora, brújula, guía en la adversidad. Messi es el mejor del mundo en un fútbol cada vez más mediocre y mediático. Pero no es líder. El mejor médico de un hospital no está obligado a ser el conductor de la institución, y el mejor CEO no necesariamente puede conducir un país.
- Ausencia de visión trascendente. La selección aparece como un grupo de amigos que deciden quién puede sumarse a la mesa y quién no. Cierran puertas a jugadores necesarios, las abren a los fieles del aguante y la obsecuencia. Ese grupo, en los hechos, se representa a sí mismo, como tantos en el país, y no convoca a una visión (averiguar en la selección chilena o la uruguaya).
- Ausencia de contexto institucional. La AFA, una institución corrupta con cimientos podridos, es la carcasa oficial del equipo. Hubiera sido un dislate que salieran campeones. Las instituciones tienen un sentido en la vida social, aunque aquí no se lo crea sí.
- Ausencia de realismo. Es extendida la creencia de que este grupo reúne a los mejores jugadores del mundo. Juntos jamás lo demostraron. El mundo sigue su marcha, hace lo suyo con los pies en la tierra y en cada Mundial o Copa América propina una sonora cachetada, pese al credo criollo de que atarlo con alambre es ser creativo, de que un ser providencial se hará cargo de la felicidad colectiva, de que es más fácil llegar por los atajos (aunque lleven al abismo) que por el camino verdadero, de que somos los más rápidos y los más vivos y de que Dios es argentino (aunque se empeñe en disimularlo). Pero Dios no patea penales.
La selección perdió su tercera final. ¿Cuántas viene perdiendo la sociedad en su conjunto a través de los gobiernos que elige, del modo hipócrita en que avala a esos gobiernos, de su anomia, de su fe en líderes carismáticos que se llevan todo y no dejan ni la esperanza? Una final no se pierde por un penal errado: antes hay 90 o 120 minutos de juego, trabajo, práctica, ensayo y error, humildad, comunicación, visión. No se arregla con “cuidemos a Messi”. Ni en la cancha ni en la vida del país

*Escritor y periodista.



Sergio Sinay