COLUMNISTAS MEMORIA

Doble negacionismo

El general César Milani escenifica, in límine, la asignatura pendiente de la Argentina.

Milani. Su historia y su presente personifican una asignatura pendiente del país.
Milani. Su historia y su presente personifican una asignatura pendiente del país. Foto:Cedoc Perfil

El general César Milani escenifica, in límine, la asignatura pendiente de la Argentina. Una reconciliación que nos cure definitivamente de la violencia política –y los desastres de la guerra civil– en base a una Justicia reparadora, equitativa, no vengativa, no negacionista. Explicar cómo en enero de 1976 aquel joven de 21 años, flamante subteniente del arma de Ingenieros, que en el Colegio Militar de la Nación aprendiera a construir pontones para el cruce de ríos por tropas y blindados, demoler fortificaciones y puentes enemigos con peligrosos explosivos y avanzar con la vanguardia de la infantería para remover obstáculos, pudo haberse transformado en un cruel represor de los miembros o adictos a las organizaciones de la izquierda armada sobrevivientes del contraterrorismo legal, e ilegal, que los diezmó en 1974 y 1975, no es tarea para personas políticamente correctas. Esto es, para quienes niegan o minimizan el estado de “guerra revolucionaria” que la Argentina vivía en el primer lustro de la década de 1970. Sin hacer mucho esfuerzo, cualquiera puede imaginar cómo se vivió en los cuarteles la muerte del teniente Mario Azúa, primer oficial subalterno acribillado el 29 de abril de 1971 en la Ruta 9, entre Pilar y Pergamino. Allí las Fuerzas Armadas Revolucionarias capturaron unas 200 armas transportadas en camión. Obviamente, produjo estupor. Seguido de furor vindicativo. En 1975 fallecía el soldado conscripto Hugo Vacca que, mal herido en el ataque, había quedado parapléjico.

A la hora de silencio en la compañía de zapadores del CMN, el cadete Milani escuchará en posición de firmes la exhortación final del oficial de semana con recomendaciones del servicio y la habitual filípica sobre las virtudes del soldado argentino. A partir de aquel primer camarada caído, educado en esas mismas aulas y entrenado en los mismos campos de instrucción, habrá sido frecuente preceder con la mención a la heroica muerte de Azúa la clásica arenga castrense “¡Subordinación y valor!”, respondida al unísono “¡para defender a la Patria, mi teniente!” por los futuros oficiales. ¿Quién de ellos no se iría a dormir con el deseo de entrar en combate con ese artero enemigo? Que aprovechaba el ocultamiento y la sorpresa que le daba vestir de paisano y tener mujeres entre los atacantes (como Sara Solars, que habría rematado a Azúa). Cientos de militares, gendarmes, policías y soldados habían sido abatidos por la guerrilla urbana y rural entre 1971 y fines de 1975 cuando a la promoción Nº 106 de Milani le entregaron el diploma y sable rubricados por Isabel Martínez de Perón. A tiempo para participar en el aniquilamiento final de la “subversión apátrida” –término peligrosamente extendido a cualquier opositor izquierdista– e inaugurar su carrera con el último y más sanguinario ensayo totalitario.

Vengar a camaradas asesinados, o caídos en combate, será un deber distinto a aquel ritual de rendir honores al pasar frente a un pequeño monumento enclavado en los jardines del CMN, a dos cadetes caídos en la Plaza de los Dos Congresos el 6 de septiembre de 1930 –cuando eran una “bella esperanza para la Patria”–, durante el tiroteo de radicales atrincherados en el Parlamento y el Molino con la columna golpista del general Félix Uriburu. El 24 de marzo de 1976, Milani y poco menos del 100% del Ejército cumplirían con la subordinación golpista de casi todos los tiempos. Paso necesario para dar la vieja orden de “a degüello”. O en términos orwellianos, la “vaporización” de todo subversivo. Si fuera cierto que ningún juez estaba dispuesto a arriesgarse a procesar guerrilleros luego del asesinato en 1974 del juez Jorge Quiroga, del disuelto Camarón, ¿acaso la Justicia Militar vigente no hubiese podido dictar sentencias “legales” de prisión, e incluso de muerte, en sesión secreta, entregando los fusilados a sus deudos, evitándoles un duelo eterno? ¡Hasta el dictador Uriburu lo hizo con anarcoterroristas y en juicio abierto a la prensa! El negacionismo militarista es la otra cara de Jano del negacionismo guerrillerista. Ambos se aferran a sus propios relatos. El primero ganó y está en prisión. El segundo perdió y goza de libertad e impunidad. La paz necesita de verdad completa y de Justicia ciega.


*Sociólogo. Ex teniente de Artillería
(1965-1970).

Gustavo Druetta