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Dogmatismo y creación

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Para Isaiah Berlin algunos seres humanos actúan como el erizo y otros como la zorra. Unos buscan verdades definitivas, una teleología que les explique la lógica de todo lo que existe, una moral en blanco y negro que les diga lo que está bien y lo que está mal. Se encierran, conversan entre ellos, tratan de no moverse mucho. Otros aman los colores, desconfían de lo eterno, navegan en un océano de contradicciones, buscan siempre lo nuevo, no se interesan en descubrir ni el principio ni el fin del universo. El erizo quiere predicar, la zorra quiere preguntar. Dos de los filósofos más importantes del siglo XX llegaron a la conclusión de que no existen verdades unívocas. Bertrand Russell, zorra agnóstica con sentido del humor, se entusiasmó  con su escepticismo, escribió ensayos provocadores, cuestionó la matemática, ganó el premio Nobel burlándose del poder con Satán en los Suburbios. El otro fue Ludwig Wittgenstein, un erizo serio, creyente, que viajó a Suiza desesperado, pensando en suicidarse, y en ese trance escribió el Tractatus Logico Philosophicus que concluye diciendo que lo mejor es callar.

A los erizos les gusta tener un libro sagrado, un líder indiscutible. Cuando estudié con los jesuitas los religiosos vestían como laicos con una excepción: un seminarista adusto, enfundado en una sotana, que siempre llevaba una Biblia bajo el brazo y nos convocaba a la oración. Colgó los hábitos y a los pocos días se convirtió en un revolucionario ateo que había cambiado la Biblia con El Capital, la sotana con la boina, la misa con la metralleta. Lideró un grupo armado, cortó la cabeza de un empresario, se unió a la guerrilla colombiana, a la nicaragüense, al ejército de Kadafy, llegó a ser un revolucionario importante. Fue un erizo que buscaba la seguridad de un dogma, cualquiera sea su contenido en la Biblia, el Capital, el Corán o cualquier libro sagrado. No buscaba textos para leer, sino fetiches religiosos con mensajes de seres superiores daban sentido a la causa a la que entregaba su vida.

La cultura monoteísta genera un clima favorable a los erizos. Lo supe cuando tuve el privilegio de contactar con culturas politeístas y me esforcé en dejar de lado mis prejuicios. En los templos hindúes, Jesus está entre otros dioses como una opción que la gente puede venerar, no como los pintorescos muñecos de Buda con los que juegan los occidentales. Cuando el Papa llega a un país politeísta, le tratan como a un hombre tan santo como sus propios sacerdotes, cosa que no pasa cuando el Dalai Lama visita Roma. Gracias al ecumenismo ahora le reciben con respeto, pero saben que finalmente que está equivocado, que cree en dioses que son falsos. La idea de las verdades paralelas está muy implantada en culturas como la japonesa, en la que la mayoría es al mismo tiempo sintoísta, budista, católico, o en China en donde se puede ser confuciano, budista, ateo, comunista y capitalista al mismo tiempo.

El psicólogo inglés Hans Eysenck quiso estudiar las relaciones entre la ideología de los británicos y sus actitudes frente al sexo, suponiendo que los izquierdistas serían más liberales que los conservadores. Los datos dijeron que eso era falso, en ambas corrientes existía la misma proporción de tolerantes e intolerantes, pero que los fanáticos de cualquier partido eran represivos y los capaces de cuestionar sus ideas políticas eran más liberales. La diferencia estaba en su dogmatismo, no en su ideología. Los fundamentalistas, como el erizo estudian poco, se entusiasman con las teorías conspirativas, prefieren explicaciones simplonas, vinculadas a la magia y a lo irracional. En el siglo pasado muchos militantes de izquierda creían que la CIA controlaba y ocultaba todo, desde los Ovnis, hasta el incidente del Golfo de Tonkin. Cuando alguien encontraba a su pareja con otro, si era católico rezaba, si era liberal leía a Simone de Beauvoir, si era revolucionario apedreaba la embajada norteamericana. Las ideologías terminaron con la discusión de ideas e instalaron la lucha entre dogmas. Algunos erizos revisan sus viejas fotos en blanco y negro, tratan de que los jóvenes cibernautas se entusiasmen con teorías que nacieron con la revolución industrial. Mientras tanto la mayoría de la población vive la revolución tecnológica más grande de la historia, llega a niveles d consumo que fueron inimaginables, vota a veces votan por nazis, anarquistas, erizos o por el payaso Tiririca porque parecen cuestionar el orden vigente, reinventan la realidad todos los días. Mal clima para los erizos.

*Profesor de la George Washington University.



Jaime Durán Barba