COLUMNISTAS ANIVERSARIO DE LA REFORMA

Dolores de una universidad sin debate

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Una de las frases tal vez más difundidas del Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria de 1918 es la que reza: “Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan”. A 96 años de esa revuelta estudiantil, que definió el perfil no sólo de la universidad argentina sino también de esa institución en toda América Latina, ¿cuáles son efectivamente las libertades que le faltan a la universidad argentina? ¿Será posible extrapolar aquellos reclamos reformistas (autonomía, cogobierno y libertad de cátedra) de inicios del siglo XX, y llevarlos a la realidad de estos días?
La reforma del 18 nació en un mundo que acababa de salir de la Primera Guerra Mundial, en un país donde la Iglesia ejercía un poder real sobre la formación de los ciudadanos, estalló en la Universidad de Córdoba, institución obsoleta incluso para esa época. El de entonces era un sistema universitario para unos pocos: había 8.634 estudiantes, contra los casi dos millones de estos días. La sociedad y la universidad marchaban sin contradecirse y las instituciones educativas respondían a las necesidades de la clase dominante. Eran templos del saber, que nadie se animaba a desafiar. Claro, no existía internet y eran las aulas el único centro de acceso al conocimiento.
Cuando faltan sólo cuatro años para el centenario de esa reforma, más de tres millones de jóvenes viajan en un año por el mundo, de un país al otro, para terminar sus estudios en universidades con carreras cada vez más especializadas y sofisticadas, con la intención de convertirse en un recurso humano más formado. La mayoría pertenecen a familias con recursos económicos suficientes para pagar posgrados en las casas de estudio más prestigiosas y caras del mundo. Al mismo tiempo, en Argentina y en otros países de Latinoamérica, las políticas estatales son democratizadoras en materia educativa y están volcadas a la inclusión de nuevos sectores sociales en la secundaria, lo que inexorablemente eclosiona en los primeros años de la universidad. Argentina tiene una buena tasa universitaria, con un ingreso masivo, el 70% llega al nivel superior, pero muchos se quedan en el camino o permanecen por años en un sistema que no favorece la graduación. Podría decirse, entonces, que los idearios de la reforma están vigentes en los papeles, que siguen siendo en muchos casos principios a reivindicar más que hechos o realidades de la vida universitaria.
La universidad argentina es autónoma, gratuita y existe el cogobierno, pero la posibilidad de graduación y la buena calidad en la formación sigue siendo privilegio de unos pocos. Esas son las libertades que les faltan a los universitarios del siglo XXI.
¿Podrán los reformistas de hoy hacerse las preguntas correctas para resignificar las luchas revolucionarias del 18, constituyentes de esta universidad pública?
La juventud fue siempre un motor de cambio en la sociedad. Esta semana se renueva la conducción de la Federación Universitaria Argentina, entidad sindical de los universitarios creada justamente en el marco de la reforma del 18. Una vez más la Franja Morada conducirá la central estudiantil, como lo viene haciendo interrumpidamente desde 1984 cuando se normalizaron las universidades, tras recuperarse la democracia. Lo hará liderando una conducción en la que estarán representados también peronistas, socialistas, independientes y la izquierda.
El desafío para esa nueva conducción será recuperar la iniciativa política, instalando un debate público en torno a las características centrales de una universidad pública de calidad en estos tiempos. Una discusión que se demoró años y que se tiene que dar institucionalmente. Ni al servicio del Gobierno ni al de la oposición. La educación es un bien social y el conocimiento que se genera en sus aulas no es un botín de nadie, está al servicio de la formación de las futuras generaciones de argentinos.

*Periodista y autora de La Franja, de la experiencia universitaria al desafío del poder (Aguilar).



Monica Beltran