COLUMNISTAS

Dorreguitis

Maltratados y perseguidos por varios gobiernos militares, los peronistas conservan una vieja debilidad por las Fuerzas Armadas. En eso, como en casi todo, es poco probable que cambien.
 
Siempre habrá una excusa facilitadora, un pretexto atendible. Quienes hoy gobiernan no se diferencian mucho de sus ancestros. Ya en 1966, Perón había ordenado desensillar hasta que aclarara, cuando las FF.AA. se apoderaron del gobierno echando de brutas maneras al gobierno civil del presidente Illia. Prefirió a Onganía, a pesar de que habían sido los radicales quienes levantaron en 1965 la proscripción electoral que pesaba sobre el peronismo.

Lo de 1973 fue extravagante, pero ese fugaz romance que envolvió a Montoneros con la cúpula del Ejército fue más perverso que aquel desensillar de 1966. Comenzó el 4 de octubre y participaron 4 mil efectivos del Ejército y 800 militantes civiles, desplegados en Bragado, 9 de Julio, 25 de Mayo, Saladillo, Carlos Casares, Pehuajó, Bolívar, General Alvear, Junín, Lincoln, General Viamonte, General Pinto, Trenque Lauquen y Carlos Tejedor. Las columnas de la JP montonera compartieron el “operativo” con tropas comandadas por los mismos oficiales que semanas antes habían sido escupidos e insultados, cuando la muchedumbre voceaba “¡Se van, se van, y nunca volverán!”. El “operativo” fue bautizado “Dorrego”. Los líderes de la JP de las “regionales” eran Juan Carlos Dante Gullo, Juan Carlos Añón, Jorge Obeid, Miguel Angel Mossé, Guillermo Amarilla, Ismael Salame, Luis Orellana y Hernán Osorio. La idea estratégica fue unir botas castrenses con borceguíes militantes. El Ejército asignó la tarea de dirigir el teatro de operaciones a Albano Harguindeguy (1927-2012), un general de Ejército que fue el primer ministro del Interior del “proceso de reorganización nacional”.

Tras jurar como presidente el 25 de mayo de 1973, Héctor Cámpora fue echado por Perón el 19 de julio. La consigna “Cámpora al gobierno, Perón al poder” se materializó sin dilaciones. Los Montoneros fueron barridos del poder y el Operativo Dorrego se esfumó. La cúpula militar que había participado de la iniciativa (el comandante, general Jorge Carcagno, y su mano derecha, el coronel Juan Cesio) sería igualmente desplazada, y a fines de ese 1973 el Ejército ya había sido “descamporizado”. En lugar de Carcagno, fue entronizado Leandro Anaya.

Conocí a Carcagno (1922-1983) en el cenit de su carrera. En ese 1973 yo era redactor de temas internacionales en el semanario El Descamisado, dirigido por Ricardo Grassi. En septiembre de ese año, echado Cámpora pero con Carcagno aún al frente del Ejército, se celebró en Caracas la X Conferencia de Ejércitos Americanos. Carcagno viajó a Venezuela acompañado de Cesio, y a mí me enviaron para cubrir el evento, puesto que se trataba de dar cuenta de un probable fenómeno de transformación nacional revolucionaria de las Fuerzas Armadas. En Caracas hablé extensamente con ambos oficiales. En su memorable discurso, ampliamente recogido por El Descamisado, Carcagno hizo varios guiños, a ambos lados. Por una parte, dijo que “varios y diversos son los factores que se conjugan para que haya en el mundo hombres y naciones de primera clase, y hombres y naciones de categoría inferior; con el agravante de que estas diferencias tienden a aumentar. Contra esta situación internacional, se rebela mi país y dentro de él su Ejército. El deterioro de los términos del intercambio, la evolución y la estructura de la deuda externa, el ahondamiento de la brecha tecnológica, el manipule (sic) de los medios masivos de difusión, el avasallamiento de las autonomías nacionales, la exportación de culturas y modos de vida, la explotación de vulnerabilidad y contradicciones y formulaciones caprichosas referidas a límites de crecimiento llevan a que se conforme una estructura de dependencia de flagrante injusticia”.

Pero, por otro lado, aseguró que “continúa existiendo un adversario que se opone, no digo a nuestro sistema de vida, porque puede haber muchos auténticos y por lo tanto aceptables, aunque no sea el propio, el que por otra parte no tenemos derecho a imponer a quien no lo quiera.
 
Me refiero a un enemigo que ataca al hombre mismo en su esencia, no a una determinada civilización o contexto social regido por pautas a las que podemos o no adherirnos. El que ataca al hombre (…) basado en un ideario neonihilista que no resiste el menor análisis, va en pos de la destrucción por la destrucción misma (…), sobre el que montan otros tipos de extremismos o es arrastrado por éstos, que en definitiva se caracterizan por el empleo de la violencia indiscriminada para la consecución de sus fines como único modo de acción (resaltado mío). Para el Ejército Argentino, éste es un enemigo perfectamente delineado y no podría ser en otra forma, porque es un enemigo de la humanidad”.

Al desembarcar en villas de la mano de La Cámpora, Bonafini y Luis D’Elía, el Ejército da un paso de espesas proyecciones. Más de cuatro décadas después de aquella politización virulenta que terminó incendiando a la Argentina, los vástagos de ese setentismo van hoy por la inmersión de las FF.AA. en los más espesos conflictos sociales. Sólo los motiva la idea de atrapar en la máquina del Estado mecanismos de inteligencia militar, retrotrayendo al país a batallas arcaicas, cuya resurrección no puede ser sino venenosa. Bajo el mando de César Milani y Andrés Larroque, Ejército y Gobierno ponen al país en extrema emergencia institucional.



Pepe Eliaschev