COLUMNISTAS

Dos arqueros

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Albert Camus (1913-1960), profundo y valiente pensador, autor de El extranjero, El hombre rebelde, La peste, Calígula y tantas obras esenciales, y uno de los grandes hombres morales del siglo XX, decía: “Las mejores cosas de mi vida me las enseñó el fútbol”. Jugaba de arquero en su Argelia natal. Otro arquero, en este caso contemporáneo, llamado Agustín Orión, demostró el jueves en la cancha de Boca, con su compinche saludo final a la barra brava, que el fútbol también puede enseñar las peores cosas, las inmorales, las degradantes para la convivencia humana. Pero la culpa no es del fútbol (antes de que surjan los elitistas y puristas prestos a acusar a esta práctica “plebeya”), que es un bello juego en el que se conjugan inteligencia, habilidad, tesón, cooperación, drama, alegría, esperanza, decepción, imaginación, emoción y tantos de los ingredientes de lo que, en definitiva, es la vida. Del mismo modo en que la toxicidad y descomposición de la política no es inherente a ella, o que no es atribuible al arte la banalización y comercialismo de éste o a la tecnociencia la utilización cada día más inescrupulosa de sus invenciones.

En todos los casos los responsables son las personas que intervienen en esas disciplinas con bajeza moral y las que, como público, hinchada, votantes, consumidores o sociedad en general las alientan y coparticipan como cómplices con su egoísmo, su oportunismo o su pasividad.
En lo personal, también agradezco al fútbol muchos hermosos momentos de mi vida, le agradezco amigos cosechados, reencuentros, experiencias de aprendizaje y de superación. He ido como espectador a decenas de canchas aquí y en otros países, he jugado como aficionado en tantas otras. Y sufro profundamente cuando, como el jueves, bandas de descerebrados oportunamente puestos al servicio de mafias dirigentes y en complicidad con idiotas disfrazados de hinchas (especie de muertos vivientes) hieren de muerte a esta maravillosa creación humana. En medio de la humareda de la devastación, en la noche funeral de la cancha de Boca, las palabras de Camus se oían con claridad, a pesar de todo. Cuando ya nadie recuerde a Orión, Camus seguirá siendo un faro encendido.

*Escritor y periodista.



Sergio Sinay