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Dos ideas

Ideas es un nombre extraño para un suplemento: como si las demás secciones no tuvieran ideas (es probable que sea cierto).

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Aquí, allá y acullá, es habitual que los periódicos tengan una un suplemento llamado Ideas, en la que escriben o se entrevistan a sociólogos, pensadores, especialistas diversos que nos explican cómo anda el mundo. Ideas es un nombre que siempre me pareció extraño: como si las demás secciones no tuvieran ideas (ahora que lo pienso, es probable que sea cierto). Como sea, doblemente extraño, por estar escritas en un diario, fue lo que me ocurrió con las últimas dos páginas del suplemento Ideas de El País de Madrid del 10 de septiembre pasado: me resultaron interesantes. Una, la anteúltima, porque me dio ganas de leer un libro. Otra, la última, por lo bien escrita que está. La anteúltima, firmada por Alex Vicente, es una entrevista al historiador francés Patrick Boucheron, de quien he leído con suma atención varios de sus libros, en especial el extraordinario Conjurer la Peur: Sienne, 1338. Essai sur la Force Politique des Images. Ahora, por la entrevista en El País, me entero de que acaba de compilar una impresionante Histoire Mundial de la France, de 800 páginas, escrita por 122 historiadores. Según entiendo, parece ser una gran intervención histórico-política en busca de reivindicar una Francia abierta, cosmopolítica, dispuesta a la integración de y con otras culturas. Una Francia en disputa con el nacionalismo extremo, en un nombre de una historiografía progresista. Una frase de la entrevista, crítica con el chauvinismo francés (propio y ajeno) me parece por demás acertada: “Se suele creer que nuestra historia engloba por sí sola la del resto del mundo. Al día siguiente del atentado contra Charlie Hebdo, con la que concluye nuestro libro, acudieron líderes de todo el mundo, ya que se consideraba que era un ataque contra el universalismo francés. Eso no pasó en Yakarta o Barcelona. Es algo que me produce cierta vergüenza. Preferiría vivir en un país que no se creyera tan especial.”

En la página siguiente, la última del suplemento, Andreu Jaume firma una ensayito sobre el recientemente muerto John Asbhery, llamado Elogio de la poesía que no se entiende. Es tan agudo, elegante e inteligente, que lo recorté y lo guardé en uno de esos cajones que abriré, seguramente, dentro de años (o nunca). Cito algunos pasajes: “Su poesía es deudora de las vanguardias, pero nunca se pliega a sus consignas ni a sus reglas, aprovechando tan sólo la libertad que dejaron, por ejemplo, los surrealistas. Es ‘el gran permiso’ del que habló Henri Michaux y que el propio Ashbery utilizó para definir su poética”. O también: “El propio Ashbery comentó que había un verso de Elisabeth Bishop cuyo enigma siempre le acompañó: and looked and looked, our infant sight away (“y mirábamos y mirábamos la mirada perdida de nuestra criatura”). Del otro lado, hay poesía oscura que es en realidad muy sencilla o incluso idiota. Muchos de los admirables artefactos verbales de Mallarmé, sin ir más lejos, esconden acertijos pueriles”. Y finalmente, ésta: “No hay nada que descifrar en la poesía de Ashbery, cuyo magnetismo estriba en la constante extensión de las posibilidades comunicativas del lenguaje”. Podría objetar, sólo, que en el párrafo final Jaume cite elogiosamente a Mark Strand, poeta muy menor al lado de Asbhery (y muy menor tout court). Pero, como sabemos, sobre gustos no hay nada escrito.