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Como corresponde a un escritor cuyo arte incluye una estrategia estética en la distribución de sus publicaciones, el último libro de César Aira es una edición de la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile que no se parece a las narraciones que integran la mayor parte de su copiosa bibliografía ni repite el género de ningún libro suyo. Continuación de ideas diversas es una especie de diario o dietario sin fechas y podría describirse como “un breve libro, reflexiones más bien insignificantes sobre esto o lo otro, escépticas y desencantadas”. La frase es de Aira, se encuentra en su Diccionario de autores latinoamericanos y se refiere a las Prosas apátridas del peruano Julio Ramón Ribeyro.

Continuación de ideas diversas está compuesta de microensayos y microficciones, muchos de ellos basados en recuerdos, que retoman el humor melancólico de las últimas novelas de Aira. La insignificancia de los fragmentos debe entenderse en el contexto de su minimalismo y de su tristeza, aunque de ningún modo se trata de un libro insignificante, como tampoco lo es Prosas apátridas (1975), que sigue mejorando con el tiempo. Más bien es el comentario más extenso que Aira haya hecho sobre la literatura, la propia y la ajena, la que lee y la que escribe. Hay que remontarse a algunos viejos textos periodísticos suyos (agrupados en libro sólo en una edición brasileña), para encontrar opiniones tan duras sobre sus colegas, varias de ellas destinadas a provocar represalias que se habrán de manifestar en breve, como la descripción de “casi toda la narrativa joven que se publica en la Argentina” como un conjunto de “pedestres narraciones de lo sórdido”, o la que establece que en los talleres literarios “se puede aprender a escribir bien, pero no a escribir, que es lo difícil”, además de la teoría de que le resultan abominables las novelas que juntan un tema de interés periodístico (“el seguro temático”) con la introducción pautada de información (“la acumulación mecánica”).

Aira se distancia de los viejos tanto como de los jóvenes, pero es posible que se sienta viejo a los 64 como Ribeyro se sentía a los 48. En el balance, confiesa que de joven creía que había razones histórico-políticas (que hoy le dan risa) para sus elecciones literarias pero que ahora, mientras adora leer novelas policiales, no puede dejar de escribir lo que llama sus “vanguardismos” insertados en una literatura más convencional.

Hay una evidente coquetería en lamentarse por las elecciones equivocadas pero irreversibles. Ribeyro lo expresaba en francés: “Tengo la impresión de que en algún momento erré el camino y ello me ha condenado para siempre a pasar à côté de la question”, y bien podrían ser palabras de Aira. Sin embargo, Continuación de ideas diversas alcanza su núcleo incandescente en la página 31, cuando el autor describe la continuidad de su tarea con un inesperado énfasis. Allí reivindica sus actitudes juveniles “sobre todo en vista del enemigo al que apuntaban, que sigue siendo nuestro enemigo: el pasatismo, la demagogia, la apropiación comercial de arte”. Tal vez Ribeyro no haya tenido a quién contarle que creía en la literatura mientras que Aira viene labrando el árido y hostil territorio de la cultura con la astucia y la paciencia necesarias para poder decirlo.



Quintín