COLUMNISTAS UN PAIS EN SERIO

Dos meses en la vida

Preguntas que se repiten y Justicia que no llega. Tiempos en que cambia todo y todo sigue siendo igual.

.
. Foto:Cedoc Perfil
“Dos meses sin Santiago Maldonado”. Escribo y borro. Pruebo poniéndole un hashtag. Vuelvo a borrar. “Dos meses sin un desaparecido en democracia”. Vuelvo a escribir, vuelvo a borrar. Estoy indeciso. Parece que las fechas redondas son más importantes para celebrar lo que sea, inclusive una tragedia. Pero, ¿es justo eso?
¿Una tragedia no debería ser recordada todo el tiempo? ¿O eso nos agobiaría, nos hundiría en la desesperanza? Recordar una tragedia es confrontarnos con la necesidad de convivir con la inevitable. Pero es también recordar que no se hace Justicia. Y eso es un arma de doble filo: por un lado hay que recordar; por otro, hay que evitar hundirse en la desesperanza que implica recordar.
Mientras tanto, ¿qué hago? ¿Tengo que preguntarme algo? ¿Tengo que denunciar? ¿Tengo que acusar? ¿Tengo que hacer todo eso junto? ¿Tengo que volver a escribir sobre un desaparecido en democracia? ¿Tengo que volver a recordar lo trágico que resulta que haya un de-saparecido en democracia y, al mismo tiempo, aclarar que no es el único? Hablar de 30.001 es una canallada. Es no recordar a Luciano Arruga, a Julio López, a Iván Torres, a Miguel Bru, a cientos de desaparecidos. Nombrarlos a todos me llevaría toda esta columna sólo con nombres.
¿Qué hago, entonces? Pienso, escribo, borro, vuelvo a escribir, vuelvo a borrar. Tengo que escribir una columna política y no sé qué poner. Siento que me repito pero, ¿cómo no repetirse si es la historia la que se repite? ¿Cómo no hablar de lo mismo cuando faltan las mismas respuestas a las mismas preguntas?
En eso ando, en mi oficina, en mi compu, pensando sin que se me ocurra nada, borrando lo que escribo, cuando entra Carla, mi asesora de imagen.
—¿Qué hacés, catalán? –pregunta–. ¿Vas a votar en el referéndum?
—¿De qué hablás? –pregunto yo, sorprendido.
—¿Cómo de qué hablo? ¡De un hecho importantísimo en la política internacional! ¿O tu condición de periodista se termina en la frontera argentina?
—¡Se cumplen dos meses de la desaparición de Santiago Maldonado! –exclamo–. Esa es para mí la noticia más importante.
—Justamente, por eso deberías tener en cuenta lo del referéndum en Cataluña.
—¡Por favor, Carla! Tengo que hablar de Bullrich, de Gendarmería, de la Justicia, denunciar las barbaridades que están haciendo…
—No entiendo cómo podés hacerte el boludo de esta manera –se queja Carla–. Vos fundaste una revista llamada Barcelona. ¿Y ahora que los catalanes eligen su destino les das la espalda?
—Muy bien, vaya mi solidaridad con todo el pueblo catalán, con la patria adoptiva de Leo Messi –concedo–. Pero, ¿Qué tiene que ver el referéndum con la desaparición de Santiago Maldonado?
—¿No te das cuenta que estamos ante el mismo problema? –pregunta Carla.
—No, no me doy cuenta –respondo–. ¿Cuál sería ese problema? ¿La patria? ¿La Nación? ¿El Estado?
—La tierra –responde Carla–. El problema es la propiedad de la tierra. El resto es chamuyo.
—¡Carla, por favor! Yo tengo que escribir sobre temas de actualidad. Como el abuso sexual a una alumna durante la toma en el Nacional de Buenos Aires.
—Alejandro Finocchiaro dijo que la autoridades del Nacional de Buenos Aires no tienen dimensión de lo que ocurre –dice Carla.
—¿Quién decís que dijo eso? –pregunto.
—Alejandro Finocchiaro.
—No me parece bien que cualquiera salga a opinar porque sí.
—¡Pero Alejandro Finocchiaro no es cualquiera! ¡Es el ministro de Educación!
—¿De qué provincia? –pregunto.
—¿Cómo de qué provincia? –exclama Carla–. ¡De la Nación!
—Me parece muy importante.
—Claro, te parece muy importante lo que dijo, ahora que te enteraste que es el ministro de Educación de la Nación.
—No, lo que me parece importante es saber quién es el ministro de Educación –admito–. Es un avance importante.
—No seas jodido –dice Carla–. No es fácil para un ministro hacerse conocido de un día para el otro. Sobre todo si no se disfraza de planta ni se trae un par de televisores de Chile.
—Debería poner algo sobre el papa Francisco, que dijo que el problema de México es que lo castiga el diablo.
—No, el que dijo eso no fue el papa Francisco –aclara Carla.
—¿Cómo que no? –pregunto, sorprendido–. ¿No viste el video?
—Sí, pero yo no vi al papa Francisco, sino a Jorge Bergoglio. A veces pasa que al Papa le sale el Bergoglio que lleva adentro. Pero no hay que confundir. Si seguís así vas a pensar que el Zorro y Diego de la Vega son lo mismo. O Batman y Bruno Díaz. O Superman y Clark Kent. O…
—Está bien, ya entendí –interrumpo–. También me llamó la atención que Cristina se pronunciara en contra de la legalización del aborto.
—¿Te llamó la atención? –pregunta Carla, asombrada–. ¡Si siempre se manifestó en contra de la legalización del aborto!
—Sí, pero como hay tantas feministas kirchneristas que están a favor…
—Cristina fue muy clara: ella dijo que no es de izquierda, sino que es peronista. Es más, dijo que no es kirchnerista, sino que es peronista. Y el peronismo es tan amplio que requiere interpretación.
—¿Interpretación?
—¡Claro! –exclama Carla–. En los 70 había una juventud que creía que Perón era guerrillero marxista. Y había un sindicalismo que creía que Perón era un fascista camisa negra. Todo era una cuestión de interpretación. Con Cristina pasa lo mismo. No importa lo que diga, importa que haya gente dispuesta a interpretarla.
—Sigo sin entender por qué me hablaste sobre la independencia de Cataluña…
—Bien, por fin podemos hablar de lo que realmente importa: la propiedad de la tierra.
—Por favor, contame cómo es eso.
—La Argentina tiene una superficie de 2,74 millones de km2 –explica Carla–. O sea, 274 millones de hectáreas. Ponele que en el país hay 44 millones de habitantes. Si cada uno de los habitantes tuviera una hectárea (que es una manzana), aún quedarían 230 millones de hectáreas.
—Es un poco delirante lo que planteás, ¿no te parece?
—Puede ser –concede Carla–. ¿Pero viste cuando la gente se indigna cuando ve que el país produce alimentos para cien millones de personas y acá la gente pasa hambre?
—Sí.
—Bueno, estaría bueno pensar siempre que con la tierra pasa lo mismo. Y a Santiago Maldonado lo hicieron desaparecer porque se solidarizó con gente que estaba reclamando eso: tierras.
—¿Vos decís que la tierra debe ser para quien la trabaja?
—No, pienso en algo mucho más sencillo: que la tierra debe ser para quien la habita.
—¿No te estás poniendo un poco hippie, Carla?
—Buena pregunta. Pero yo tengo una mejor.
—¿Cuál?
—¿Dónde está Santiago Maldonado? –concluye Carla.