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Dos mundiales, dos generaciones

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Cuando lo escuché decir “vamos carajo” le clavé los ojos. Mi papá apretaba tanto la bandera argentina con las dos manos que los nudillos se le habían puesto blancos. En cámara lenta pasó del sillón al piso, se acercó al televisor de rodillas. El no podía dejar de mirar la pantalla, yo no podía dejar de mirarlo a él. Los dos, por motivos distintos, estábamos hipnotizados. De repente mi viejo se abrazó a la tele, el llanto le sacudía el cuerpo. Su grito se mezcló con los gritos que entraban por la ventana, abierta a pesar del invierno. Diego Maradona acababa de meter el gol más grande de todos los tiempos, el famoso gol a los ingleses. Yo tenía 14 años y aún hoy recuerdo ese momento que sólo viví a través de las reacciones corporales de mi papá.

Ese 22 de junio de 1986 –sin saberlo– mi papá me enseñó que el hincha siente el fútbol en el cuerpo: el corazón lanza más de 140 pulsaciones por minuto, la respiración se agita, las cuerdas vocales se fuerzan hasta lo indecible, las manos transpiran, el estómago se cierra y los ojos se humedecen hasta derramar lágrimas.

El miércoles pasado mi cuerpo puso en práctica lo que aprendió 28 años atrás de la mano de Maradona y de mi viejo, claro. Las vueltas de la vida y ese capricho que tiene todo lo relacionado con el fútbol y las fechas hicieron que mi hija de 14 años viera conmigo los penales que nos llevaron a la final de la Copa del Mundo. Esta vez era yo la que con los nudillos blancos agarraba la bandera y la que temblaba con los ojos llenos de lágrimas clavados en la pantalla. Mi nena me miraba sorprendida. La Florencia del pasado estaba ahí, a mi lado.

Ella no vio los penales porque me miraba a mí, de la misma manera que yo no vi el gol de Diego porque mi atención estaba puesta en mi papá. Todo se repetía con la velocidad de una montaña rusa emocional. Historias mínimas como la mía anidan en cada casa de nuestra Argentina. Y cada una de ellas merece ser honrada mañana. En el Maracaná, en el Obelisco, en los pueblos, en las plazas, en las calles. Pero sobre todo en el único lugar en el que se acunan los recuerdos: en el corazón.

*Periodista.



Florencia Etcheves