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Dos mundiales, dos países

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Mundial de fútbol” y “fiesta” se asocian siempre en artículos periodísticos y comentarios radiales y televisivos. A veces se agrega “fiesta popular”. Casi nunca la palabra “dolor”. Menos aún “impotencia” y “resistencia”.

Sin embargo, hace 36 años, el 25 de junio de 1978, dolor, impotencia y desesperación eran los sentimientos de muchísimas familias argentinas mientras Videla, Massera y Agosti, máximos exponentes del régimen militar, exultaban en la cancha de River y en las calles se coreaba “Argentina campeón”.

A pocas cuadras del estadio, en la Escuela de Mecánica de la Armada, jóvenes secuestrados por la dictadura eran torturados o esperaban el “traslado” en un avión que los arrojaría vivos al Río de la Plata. Y las embarazadas daban a luz bebés que los militares les robaban antes de asesinarlas.

En tanto, un grupo de Madres, Familiares y Abuelas había iniciado su pacífica, constante y prolongada resistencia, que aún continúa.

Diez mil presos políticos, 30 mil desaparecidos, al menos 500 niños arrancados a sus familias y la economía en manos de José Alfredo Martínez de Hoz enmarcaron aquel mundial de fútbol y retratan la realidad en que se jugó. En ese marco seguí en Buenos Aires la final Argentina-Holanda y asocié dolor e impotencia con los festejos y la euforia colectiva. Ahora agrego “esperpento”.

“Fui por primera vez a una cancha de fútbol en ese Mundial”, recordó hace unos días Angela “Lita” Boitano, presidenta de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas. “A mis dos hijos los secuestraron en el ’76 y en el ’77, y en el ’78 fui a un partido en River, no a la final, a dejar volantes que decían ‘¿Dónde están los desaparecidos?’”, contó. “También ponía obleas en los colectivos, con miedo pero lo hacía como parte de la resistencia de mi organismo” de derechos humanos. En su relato aparece otra palabra clave: “miedo”. Miedo que llevó a muchos al silencio, la negación o la remoción de lo vivido. Y a otros, como a mí, al exilio.

A inicios del ’79 llegué a Italia, donde gli anni di piombo estaban siendo superados y donde ya habían sido acogidos chilenos, argentinos y uruguayos que huían de los regímenes dictatoriales y del Plan Cóndor de coordinación represiva en la región.

El Mundial ’82 lo viví en Roma. La diferencia de contexto era fuerte. El presidente Sandro Pertini, socialista, ex partigiano durante la Segunda Guerra Mundial, que padeció cárcel y exilio, no vaciló en abrir las puertas de la Presidencia (Il Quirinale) a Madres y Familiares de las víctimas argentinas.

Una tarde esperó en la puerta de su despacho a argentinas que llegaban acompañadas por un grupo de políticas italianas. Le molestaba ese acompañamiento y lo hizo notar al preguntar a cada una: “¿Italiana o argentina?”. Si la respuesta era “italiana”, decía escuetamente “avanti”. Si era “argentina”, besaba en la mejilla a la recién llegada. Luego, cuando una correligionaria suya comenzó una presentación que hablaba más de ella y de su partido que de las visitantes, Pertini la interrumpió: “Las argentinas no necesitan portavoces”.

La solidaridad de la sociedad civil era amplia. Una directora de escuela, ante la llegada de chicos indocumentados hijos de exiliados, los admitió y aclaró: “Los problemas de los adultos no interesan, son niños que necesitan estar con otros de su edad”. Era la Italia de Enrico Berlinguer, líder de un PC alejado de Moscú y que en 1973 impulsó el compromesso storico con los democristianos en busca de estabilidad política. Un país con un importante movimiento de mujeres, divorcio, aborto y una ley de abolición de manicomios.

La Nazionale tenía a Marco Tardelli y a Dino Zoff, íconos de la final contra Alemania, presenciada por Pertini. Su celebración marcó mi reconciliación con la alegría del deporte y su relación con la política: el grito de gol de un presidente democrático la resignificaba.

El de Brasil es el décimo Mundial desde el ’78. Italia no pasó la primera ronda y Argentina tiene esperanzas. Los cambios no son sólo futbolísticos. Miles de personas llegan en barcazas desde Africa a la isla siciliana de Lampedusa, donde enfrentan la deportación. Paralelamente, numerosos jóvenes italianos desocupados buscan en América Latina la posibilidad de trabajar, alejarse de la abrumadora burocracia y de la mediocridad cultural y moral que dejaron los gobiernos de Silvio Berlusconi.

En el “fin del mundo” donde nació el papa Francisco hay democracias –criticables y perfectibles, sin duda–, pero vibra el “Nunca más” a la internacional del terror de los 70 y Messi se suma a la campaña de Abuelas para recuperar a sus nietos.

*Periodista.

 



Dora Salas