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Dos potencias que no se saludan

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Me propongo sugerir aquí que José Celestino Campusano es un director mucho más interesante que Martin Scorsese. No soy víctima de un delirio nacionalista, me limito a señalar la evidencia que se me impuso esta semana cuando vi El lobo de Wall Street en el cine y las dos últimas de Campusano (Fango, Fantasmas de la ruta) en la computadora.

En El lobo de Wall Street no hay mafiosos como en Buenos muchachos o Casino sino brokers, pero la estructura es parecida. Scorsese exhibe otra vez esa doble moral que le permite regodearse en la misoginia, el abuso y la violencia y al mismo tiempo condenarlos. Después de la melancólica Hugo (una película sobre la pureza original del cine y la pobreza de los artistas), ésta es una película eufórica, a tono con el dinero y la cantidad de drogas consumidas, donde importa menos la evolución del protagonista que la obsesiva coreografía de la codicia. En el fondo es un musical, no sólo por la exquisita banda sonora de Robbie Robertson sino por la sucesión de tableaux vivants grotescos en los que un enfervorizado coro de empleados celebra una y otra vez la genialidad del patrón DiCaprio. Pero el motivo (en el sentido musical) del El lobo de Wall Street es menos el deseo individual de ser rico que la admiración universal por el éxito. Scorsese es un cineasta esquemático y triste: una vez más la megalomanía autodestructiva de los personajes hace avanzar la trama y le da un poco de humanidad a la historia; una vez más el contexto es un mundo pecador después de la Caída (bíblica, del capitalismo, personal), donde lo único verdaderamente terrible es ser pobre, como muestran los planos finales de los miserables en el subte o en un curso para aprender a vender.

Campusano tiene más suerte. Llegó al mundo oficial del cine de grande, desde afuera y está empezando a ser reconocido a partir de un universo personal inédito y una maestría inesperada: con su media docena de historias sobre marginales se ha convertido en el mayor narrador del cine argentino actual. La marginalidad de Campusano es aparente: su espacio y sus personajes lo son, pero su concepción del cine está en las antípodas –por ejemplo– de la contemplativa pintura suburbana de Raúl Perrone. Las películas de Campusano –como las de Scorsese– apuestan a la tensión de cada escena y a la velocidad del relato. Con un poco más de dinero del que disponía al principio, está demostrando que posee una versátil imaginación, conoce su ambiente y maneja una troupe de grandes actores, cuya presencia los exime del virtuosismo técnico del que el cine sigue abusando. Sus filmes son westerns del sur, originales, divertidos y notablemente fluidos. La reflexiva capacidad profesional de Campusano le permite filmar en poco tiempo una obra maestra como Fango y una miniserie más convencional como Fantasmas de la ruta (cuya versión abreviada para cine se vio en Mar del Plata). Pero la suerte de Campusano no es su innegable talento, sino que su productividad y su astucia le permiten mantener la frescura y esquivar ese momento en el que el desgaste fija a los cineastas dentro de sus propias películas. No logramos descubrir dónde se oculta Campusano, mientras que es imposible no ver a Scorsese en el lugar del lobo cuyos dientes melló el sistema.


Quintín


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