COLUMNISTAS

Duele el efecto del presente

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El vínculo entre ciertos periodistas y ciertos protagonistas suele estar marcado a fuego por un factor de desvínculo decisivo: el respeto por la verdad (el compromiso por la palabra).

Muchos de ustedes –yo mismo, puesto a espectador– suelen pedir a gritos frente a la tele que el entrevistador le diga al entrevistado que es un corrupto, que se robó todo, que es un traidor... Por lo general, el error del periodista no es ser cuidadoso a la hora de preguntar, sino proponer la entrevista a personajes que tienen un profundo desprecio por la palabra. ¿Qué motivo tendría ese señor para honrar la verdad ante un micrófono si se robó de las cajas del gremio que lidera hasta para sus bisnietos? ¿Con qué herramientas podría uno acorralar a un ministro que viaja en avión propio, si vivimos en un mundo con más testaferros y sellos de goma que chinos? ¿Acaso mi vanidad de cronista me lleva a pensar que ese señor que convirtió aquella federación deportiva en un feudo corrupto va a confesar su crimen delante de mí?

Sin presumir de superado, admito que este dilema hace rato que lo tengo resuelto: hay personajes a los que directamente omito entrevistar. Actuar de otro modo sería mucho más que perder el tiempo. Sería exponerme a una derrota mediática demasiado obvia: la verdad tiene un límite; la mentira, no.

Es probable que, en esta desigual lucha entre evitar mentir y evitar decir la verdad, una variable decisiva sea la forma de actuar de ciertos periodistas y de ciertos medios. Hábito ancestral, aunque acentuado en los últimos tiempos, también la prensa misma se divide entre quienes nos preocupamos más o menos por honrar el valor de la palabra.

Entre tantas frases que me llevan a poner a René Pérez (Calle 13) en un lugar mucho menos desdeñable que el de un referente del reggaeton, aquella de “porque fui más honesto con ustedes que lo que fui con mi ex novia”, de Siempre digo lo que pienso, me viene seguido a la cabeza para sintetizar cómo entiendo esta profesión. Que una cosa es equivocarse –seguido, ni lo duden– y otra muy distinta es mentir a sabiendas.

Eso es lo que se hace cuando se le explica al argentino que lo que pasó esta semana en el fútbol argentino “con Grondona no pasaba”. Es probable que Grondona no hubiese permitido que la AFA emitiera dos comunicados contradiciéndose sobre el mismo tema en un mismo día o que, antes que tomar una decisión, hubiese consultado al Gobierno, que es el que hace cinco años decide de verdad en nuestro fútbol. O que, resuelto un sí o un no a las suspensiones, se habría mantenido firme en la postura por ridícula que fuera. Pobre ejercicio el de valorar a los que mandan sobre un presunto don de gobernabilidad a cualquier costo. Así estamos.

La tentación de creer que lo que hay es peor que lo que hubo es muy nuestra. Por eso hay antikirchneristas que dicen extrañar a Menem. Por eso algunos se horrorizan viendo que le tiran huevos a gente que, en vez de explicarnos la vida y los números, debería estar presa por traición a la Patria. Es el efecto del presente que nos duele y no la real evaluación de un pasado de mierda.

Otra tentación es la de creer que nadie tiene derecho a poner en duda a quien no tuvo condenas firmes en la Justicia. Yo suelo ir por otro camino. Hace décadas que me pregunto de dónde sacarán guita para el bondi hijos de políticos que jamás movieron un dedo. ¿Cómo no preguntarme cómo un dirigente deportivo puede tener un campo en la provincia de Buenos Aires o departamentos en Puerto Madero? No lo acuso de nada, pero no me como los mocos. Y quiero que me lo expliquen tanto como pretendo que expliquen lo suyo Boudou, Oyarbide, Barrionuevo o cualquier persona que, desde el ámbito público, compra casas que parecerían desmesuradas hasta para las galerías de Caras. De pronto, parece ser que el prejuicio a favor es una virtud y el prejuicio en contra, un pecado. ¿Mediocridad o cinismo?

Para el fútbol argentino, cómo haya construido Grondona su patrimonio es un asunto de relativa importancia. Mejor dicho, ¿para qué embarrarse discutiendo presunciones que jamás comprobaremos cuando hay hechos irrefutables que lo califican como señor feudal de nuestras pelotas?
No preguntemos qué se llevó Grondona, sino qué fútbol dejó. Con mayor o menor porcentaje de influencia, esto es parte de lo que dejó.
Dejó un fútbol con clubes destrozados.

Dejó un fútbol con torneos indescifrables.

Dejó un fútbol con torneos que deciden futuros socios en el negocio de las apuestas.

Dejó un fútbol sin visitantes.

Dejó un fútbol infectado de barras bravas.

Dejó un fútbol con barras bravas invitados de gala a los mundiales.

Dejó un fútbol con seleccionados juveniles con magros resultados y pésimo comportamiento.

Dejó un fútbol en el que los violentos deciden dónde, cómo y hasta cuándo se juega.

Dejó un fútbol con reglamentos que se modifican en la mitad de una competencia.

Dejó un fútbol con la AFA rica y los clubes que la componen, pobres.

Dejó un fútbol lleno de eufemismos (trampas) gracias a los cuales la mayoría de los jugadores son propiedad de cualquiera menos de los clubes.

Dejó un fútbol con empresarios que, puestos a dirigentes, permiten descalabros que jamás aceptarían en sus emprendimientos personales.

Dejó un fútbol sin debate.

Dejó un fútbol sin elecciones.

Dejó un fútbol que lleva más de veinte años sin poder decidir nada sin depender de la televisión.

Dejó un fútbol con operativos de seguridad que salen fortunas y no resuelven nada.

Dejó un fútbol en el que hombres de su extrema confianza fluctúan entre estar procesados por vaciar un club o investigados por vender entradas ilícitamente durante el Mundial.

No quiero aturdirlos con más. No vale la pena. Usted y yo sabemos que hay mucho más en el inventario.

También sabemos que Grondona no llegó a esto solo. Llegó con la anuencia de la enorme mayoría de la dirigencia de nuestros clubes y con la inestimable vista gorda de gobernantes y de medios. Medios que aún hoy navegan entre lapidarlo por haber cambiado de mano y sostener el luto en pantalla.

Tampoco vamos a adjudicarle a Don Julio ser el responsable de todos los males. Algún pillo –más un par de alcahuetes post mortem– dirá que gran parte de lo enumerado no es responsabilidad directa suya, sino de tal o cual club, tal o cual funcionario, tal o cual dirigente. Son los mismos que, en paralelo, destacarán que nada se hacía en la AFA sin la venia de Grondona. De todos modos, más cerca de la realidad es señalarlo como el más fuerte de la banda. Y un notable generador de poder propio. Una persona cuyos méritos –sumados a la enorme impericia de sus colegas– terminan chocando drásticamente en el balance con sus excesos.

Agregue quien quiera los títulos que ganó el fútbol argentino en sus 35 años de papado. Me resisto a adjudicarle conquistas deportivas a quien ni jugó ni armó los equipos.

Pero en tren de desmenuzar buenas y malas, dejo en sus manos sacar conclusiones.

Al fin y al cabo, soy de la idea de que usted es libre de buscar lo que quiera de un periodista o de un medio de comunicación. Con todo respeto, pretenda lo que quiera de nosotros. Pero no permita que le mientan.



Diego Bonadeo