COLUMNISTAS ESPERANZAS

Eco y Narciso

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Mira la imagen con asombro y una emoción creciente. Decide abrirla en la computadora porque en el teléfono no distingue demasiado. Ahora sí: ahí está. Mira con más atención (la imagen es borrosa y está atravesada por destellos de tecnología) y se indigna un poco cuando se da cuenta de que está sacando la lengua. ¿Quién se cree que es? ¿Por qué se burla de ese modo de la natural curiosidad que lo arrastra?

Discute la imagen con otros observadores: no hay dudas, se está burlando de todos, como si pensara: “Esperen tranquilos, y vayan durmiendo bien, que ya voy a llegar para impedirlo”.
¿Qué más estará pensando, qué sueños tendrá, qué música le gusta? Le han dicho que se mueve mucho, que se estira y mueve las piernas con impaciencia, aun en esa posición tan cómoda que ha asumido en la imagen. El todavía no puede decidir nada a partir de una fotografía tan poco clara, y rememora para sí la historia de esa técnica, que siempre estuvo poblada de fantasmas. Después, cuando hablen, cuando todo se resuelva en el registro del lenguaje, del fantasma sólo quedará un esquema general.

Por eso se aferra a esa fotografía que anuncia una llegada: ese porvenir que ve en la foto participa todavía de lo fantasmático, y ese anuncio, esa inminencia, empieza a acortar el tiempo y la espera comienza a poblarse de imágenes (como las de Juan de Patmos en el Apocalipsis, pero totalmente despojadas de angustia y de terror): los tronos, las trompetas, los jinetes, los ángeles, que tal vez iluminen el cuarto que le destinarán cuando aparezca.

Se deja arrastrar por la especulación: ¿De qué conversarán? ¿Qué cuentos les gustarán? ¿Habrá cosas que nunca se dirán, por pudor o por miedo? ¿Le gustarán las estrellas tanto como a él? No sabe nada y no saber nada lo llena de una rara felicidad: todo está por verse, salvo esto: de pronto ha alcanzado, al revés que en la paradoja de Aquiles y la tortuga, su propio futuro. De pronto alguien le tiende una mano, una manito con todos sus dedos, y lo saca de sus rutinas, del agobio de una sociedad en la que cada vez se siente menos cómodo y de unas relaciones de poder que cada vez más lo asfixian.

Eso, piensa, es la esperanza, y eso es todo lo que se deja leer en una ecografía (la impresión fotográfica en papel del eco de ondas electromagnéticas o acústicas enviadas hacia el lugar que se examina). Despojado de todo narcisismo, piensa en sí mismo y ya se sabe otro.


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