COLUMNISTAS ENSAYO

Educación y crisis

Creador del universitario Centro Emprendedor GEN XXI, la red educativa Aula 365 y la publicación infantil Kids News, primera con imágenes en 3D y realidad aumentada, que aparece mensualmente con PERFIL, Pablo Aristizábal reflexiona aquí sobre la importancia de introducir las nuevas tecnologías de comunicación en la escuela de una manera significativa. Su audaz propuesta: que los chicos participen, innoven y creen.

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Me pregunto si será cierto aquello de que con más educación los pueblos dejarán algún día atrás las crisis morales, sociales y económicas en las que parecen condenados a reincidir. ¿Podría ser que al proponer más de la misma educación no hiciésemos otra cosa que profundizar los problemas que nos proponemos resolver?

La educación, como la conocemos, es hija de la era industrial. Como todo producto de esa etapa posee una innegable operatividad. Con la necesaria masificación de la educación, en muchas aulas maestros y alumnos permanecen como “extrañados”, sin atención, parecen ser “otros”, un tanto alineados, precisamente el significado del adjetivo latino alienus, del que deriva “alienación”.

Pudo suceder que la profundización del sistema diera como resultado, en algunos casos, alumnos transformados en herramientas y engranajes capaces de adecuarse a la maquinaria industrial. Pero hoy estamos ante un nuevo paradigma, una cultura trans-mediática y digital definida por la participación, la horizontalidad, la adaptabilidad, y la ubicuidad. Ahora los chicos no pueden ser reducidos a herramientas. Cada uno debe ser entendido como un instrumento musical con un sonido propio. Y los educadores, como los directores de orquesta, deberán asegurarse de que esos instrumentos, sin perder su identidad, se sumen de manera armónica y afinada a una composición que revele todo su potencial.  

Mi hipótesis es que a medida que la era industrial dé paso a una era del conocimiento, hará cada vez más falta una educación integral, conectada, social,  que forme y forje individuos auténticos en lo que a cada uno le resulte propio. De modo que si la salida a la crisis permanente a la que parecemos arrojados nos aguarda en una transformación de la educación, sostengo que esa transformación ha de ser no tanto cuantitativa, como cualitativa: Desde una educación enajenada y mecánica, con el motor puesto en la motivación; hacia una educación vital, orientada por la emoción y la creación, basada en la participación y con un fuerte acento en la co-construcción del conocimiento, caracterizada por la conversación, el diálogo y la colaboración de todos los actores, chicos, maestros, padres. Donde le proceso de adquisición sea tan o más importante que lo adquirido. He aquí lo revolucionario no tan solo en el proceso de aprendizaje sino también en como evaluamos dicho proceso.

La participación dignifica: A lo largo de su historia, la humanidad interpeló a la inteligencia y al saber, pero lo hizo por lo general en ámbitos de participación muy reducida. Desde Platón y Aristóteles, academias, liceos y escuelas han promovido relaciones de producción de conocimiento, pero siempre entre muy pocos individuos. Indudablemente esos espacios permitieron la aparición de pensamientos críticos y hasta divergentes, que ayudaron a socavar la imposición de dogmas e “ideas fijas”, pero en una medida que hoy nos resulta ya demasiado reducida.

Los pensadores críticos que en cada época se atrevieron a discutir lo que se tenía por cierto, los pensadores divergentes que osaron desechar las viejas respuestas para ofrecer nuevas soluciones, construyeron -sin embargo- escuelas en las que todo comportamiento de ese tipo quedaba excluido. Una misma currícula se repitió una y otra vez, y la evaluación se limitó a comprobar si los alumnos podían decir exactamente lo que los maestros tenían que decirles que dijeran: “Repetí lo que yo digo” -sería la fórmula coloquial- “y vas a obtener una calificación perfecta”. No es lo que se llama una formación, claro, pero sí se trata de la paulatina imposición de una forma común, que borra la identidad y la idiosincrasia de cada uno de los involucrados.

Diría Marshall McLuhan: “El medio es el mensaje”. No importan los contenidos, la forma de la repetición de saberes y conocimientos ajenos contrabandea un descrédito de lo propio. “Repetí siempre lo que yo te digo”, es también una manera de decir “no creas en vos mismo, no te aventures a crear por tu cuenta”.  Así que de lo que se trata no es tan sólo de promover la crítica y la divergencia, sino de lograr que todos participen de ellas. Porque los mismos chicos que se sienten des-conectados al escribir un dictado o responder a una pregunta de examen, se sentirán dignificados al componer un texto original o al tomar parte en una conversación en la que a otros les interese lo que a ellos les pasa. Quien sabe ya no tengamos que plantear “composición tema la vaca”, para dar paso a “composición tema tu mascota” ¿Cuál? ¿Mi mascota? ¿Te interesa lo que me pasa? Entonces soy, existo!!

Conversar, divergir, crear: La consecuencia fundamental de la participación es esta dignidad recobrada. Si los demás reconocen mi identidad, mi idiosincrasia y si yo empiezo a creer en mí mismo, puedo pasar entonces al siguiente estadío. No se trata ya de tener sólo un pensamiento crítico, para seleccionar respuestas y soluciones ajenas, se trata de tener un pensamiento creativo: Innovar en el planteo de preguntas y problemas originales, que requieran a su vez respuestas y soluciones todavía desconocidas. Es importante que se entienda que “innovar”, en este caso, no designa la mera introducción de una novedad. Una ocurrencia, por disparatada que parezca, un invento, por disruptivo que resulte, sólo se convierten en una innovación cuando su impacto transforma gente; transforma la vida de la persona que crea, de la persona que innova y transforma las vidas de todas las personas que conversan con ella o participan de la innovación.

Que los chicos participen, innoven y creen. Que dejen de ser meros transeúntes que pasan por las aulas, y se conviertan en actores trascendentes que confíen en su capacidad de transformar a otros y de transformarse a sí mismos, o en su capacidad de crear.

Pero como para crear hay que creer, las nuevas tecnologías tienen en esto un rol fundamental. La inserción, en todos los planos de la formación, de las TICs -las tecnologías de la información y las comunicaciones- puede permitir que muchos, e incluso todos, alcancen el grado de participación en las relaciones de producción del conocimiento que siempre estuvo reservado a unos pocos.

En el uso cada vez más extendido de estas tecnologías se observa ya algo extraordinario: a los usuarios lo que más les interesa es poder expresarse, poder decir y poder escribir, incluso –a veces- poder componer independientemente de cuántos sean los que les están prestando atención. Este es uno de los pilares sobre los que se construye la nueva sociedad del conocimiento: la intervención activa de los usuarios en las conversaciones, poniendo foco tanto en la producción de saberes como en el entendimiento de los mismos. Dar paso a la conversación es enseñar el difícil arte de escuchar.

Ahora bien, esta es una condición necesaria, pero no suficiente. Las conversaciones no requieren sólo que se aprenda a asumir el rol del emisor. Con eso se corre siempre el riesgo de recaer en el monólogo, en la “bajada de línea”. Componer una conversación depende –en igual o mayor medida- del desarrollo del arte de escuchar, en la evolución hacia la  plasticidad necesaria para asumir alternativamente el rol del receptor.

¿Cómo pueden los chicos generar conocimiento, saber e inteligencia de una manera innovadora, transformadora? Bueno, participando en conversaciones que resulten pertinentes a la vez como contenidos escolares, y como desafíos en sus propios mundos vitales. La regla básica del juego se enuncia con facilidad: “Aprender enseñando”, y ahí es donde las TICs los pueden ayudar a tender nuevos puentes, a construir nuevos mundos y a crear nuevas historias.

La cuestión va mucho más allá de una estrategia educativa; es un problema existencial. Aquel cuya colaboración es reconocida tiene la sensación de existir plenamente. El que queda excluido de la conversación siente -y con razón- que no existe, que no cuenta para nada. Y el riesgo es grande porque fuera de la escuela la tecnología ofrece a los chicos una multiplicidad de vías para la participación (SMS del celular, redes para jugar y para sociabilizar de la computadora, etc.) mientras que cuando ingresan al aula, es como si se les dijera: “Dejen sus ganas de participar en la puerta…”

La supuesta apatía de los chicos -de la que ahora se está hablando tanto- es, en definitiva, un falso problema. Porque indudablemente hay espacios y hay conversaciones que a estos mismos chicos los entusiasman, los hacen sentirse interpelados y los llevan a participar y a colaborar.

El desafío que tenemos por delante todos los que nos preocupamos por la calidad de la educación es, entonces, precisamente este: Cómo introducir las TICs en la escuela de una manera significativa. Lo que equivale a ir  generando medios que nos acerquen a un pensamiento significativo y creador junto a una inteligencia colaborativa; contenidos que conversen, entusiasmen,  dignifiquen y emocionen a los que tienen que participar de esa conversación. Porque nuestro objetivo común es claro: una gestión del aprendizaje que apunte a forjar el espíritu de los chicos para que se prendan y crean y creen todo su potencial de SER.

 

*Profesor y ensayista.



Pablo Aristizabal