COLUMNISTAS ¿SERA VERDAD?

Educación y deporte, juntos

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Ministerio de Educación y Deportes. Así fuese finalmente sólo un enunciado, suena lindo. Está claro que estos son días en los que mucha gente –muchos periodistas, muchos medios– siente simpatía por la etapa institucional que acaba de comenzar. Sea por prejuicio, sea por convicción, sea por revancha o por descarte, tiene su lógica que, al menos por un tiempo, cada medida que tomen el presidente Macri y sus compañeros de ruta sean considerados una especie de New Deal en grageas.
Desde ese lugar justifico mi mueca sonriente cuando, sorprendido, me enteré del asunto en la jura misma del ministro Bullrich. Educación y Deporte bajo un mismo techo. Y ambos con rango de ministerio. El sueño del pibe, en tanto el pibe sueñe con un deporte más sano y, finalmente, con políticas de Estado.
La advertencia de que, por ahora, el tema pasa fundamentalmente por un enunciado no es ni gratuita, ni mala onda, ni provocadora. Por un lado, nadie en su sano juicio debería pretender que la educación y el deporte tengan la misma influencia en una sociedad civilizada. Sin embargo, que viajen de la mano –en realidad, el deporte de la mano de la educación– puede representar un paso gigante hacia el futuro. De ambas carteras.
Por el otro, entiendo que, al darle al deporte rango de ministerio se consiguió esquivar uno más de los innumerables, torpes y estériles obstáculos que se pretendieron instalar a última hora para fastidiar al flamante dueño de casa. Ese asunto del inquilino malo que rompe hasta las cañerías cuando se le vence el contrato de alquiler del cual tanto se bromeó en las redes sociales.

En línea con la cantidad de funcionarios que amenazaron con quedarse hasta el final de su mandato, la creación del Instituto Nacional del Deporte y la Actividad Física constituyó otro caso de esos en los que una idea con algunas buenas intenciones tiene como finalidad, fundamentalmente, complicarle la vida a los que vienen. Por eso, mientras Macri confirmaba a Carlos Mac Allister como secretario de Deportes de la Nación, por los pasillos del Cenard ya se hablaba de algunas viejas caras conocidas ya designadas para el instituto. Caras que, por cierto, no llegaron a asumir. Caso curioso: se quiso hacer creer que la secretaría, con responsable designado, ya no existiría más por obra y gracia de una ley que sancionó la creación de un nuevo ente cuyas autoridades jamás asumieron. De tal modo, se forzó una especie de acefalía pese a que Mac Allister trabajó en las oficinas de Carlos Espínola, secretario saliente, desde el mismo día en el que supo que sería su sucesor. Un mamarracho que califica lo poco que importa para cierta gente –incluidos conspicuos dirigentes deportivos– que el deporte argentino crezca en salud.
En línea con esta situación, también alrededor del deporte aparece gente atornillada a sus sillas más allá de los mandatos y, sobre todo, más allá de sus convicciones. Ojo: no estoy dando por terminado el asunto del Instituto y sospecho que aún habrá algunas discusiones respecto de las legitimidades de unos y de otros.

Mientras tanto, hay quienes siguen soñando con ocupar cargos sensibles en la nueva administración del deporte desde una lógica maravillosa: dicen defender el proyecto nacional y popular y quieren hacerlo siendo ratificados por un proyecto que no consideran ni nacional ni popular. Está pasando por todos lados. Inclusive dentro de DeporTV, el canal creado bajo la órbita de Educ.ar y que matiza en su pantalla productos cuidados como sus noticieros, difusión de deportes que suelen tener poca pantalla en el mercado y gran parte del Fútbol para Todos, con una inverosímil inversión en la compra de los derechos de la NBA, competencia que, entre otras cosas, se ve en vivo por no menos de cuatro señales más de cable en la Argentina. También ahí, como en los contenidos de las productoras ex ultraoficialistas que pretenden mantener su estatus de, ahora, ultraopositores, hay gente que tiene las mismas convicciones que Groucho Marx. Ojalá sea un tiempo de contrapunto entre periodismo militante y periodismo de periodistas cuya eventual militancia la ejerzan en las Unidades Básicas o los Comités.
En realidad, la sospecha más triste es que, a muchos de ellos –hombres de prensa, personal jerárquico de canales y productoras o funcionarios adosados al estatuto– el respaldo al proyecto les importa ya mucho menos que perder el statu quo. Ese que han logrado desde el supuesto mérito de una presunta militancia y que, ni siquiera con años de práctica, han logrado sazonar con talento, capacidad, sacrificio o ideas.

Nada de esto se compara con el asunto de fondo, el de que, finalmente, se consiga vincular profundamente al deporte con la educación.
¿Será posible abrir la currícula escolar para que deportes como el atletismo y la natación sean obligatorios?
¿Veremos, más temprano que tarde, un romance entre el plan de recuperación de clubes de barrio y la utilización de sus espacios remozados por parte de las escuelas de la zona?
¿Lograremos que nuestros pibes, sin dejar de amar a su deporte predilecto, comprendan que la única forma de ser un buen futbolista, gimnasta o tenista es atravesar escuelas de iniciación en las que practiquen otras disciplinas?
¿Comprenderán nuestros pedagogos e intelectuales que el deporte ayuda a pensar mejor? Cuéntenme ustedes en qué actividad se consigue que un chico tome, en poco tiempo, las cientas de decisiones que debe tomar cada vez que le pega a la pelota en un partido de tenis.

¿Tendrá alguien todavía dudas de que el deporte es un aliado de lujo para que nuestros chicos quieran estar más en la escuela que en la calle?
¿Se podrá, desde los colegios, dar el ejemplo a la mayoría de las federaciones deportivas de eliminar el concepto de campeonatos y evitar así intoxicar a pibes de 10 años con esa porquería de que lo único que importa es ganar (ya tendrán tiempo de grandes para descubrir la dimensión de la farsa)? No sé si las autoridades del fútbol inglés son un ejemplo. Pero acaban de pedir que no se den a conocer públicamente los resultados de los partidos de las categorías menores para no potenciar ni el exitismo ni la frustración en los chicos.
Todo está por verse. Desde las designaciones formales y los juramentos hasta los cambios de rumbo y las nomenclaturas. Imagino hojas repletas de organigramas con casilleros por llenar, gente sabia esperando que la convoquen y gente menesterosa operando para conseguir un nicho que no merecen. Tampoco hay que ser tan torpe de creer que el nuevo gobierno está constituido por miles de mujeres y hombres que acaban de bajar en paracaídas a un país del cual no venían formando parte. Pero da ganas de entusiasmarse.

Ministerio de Educación y Deportes. ¿Será verdad? ¿Sabrán cómo hacerlo?
Ojalá. Por lo pronto, ese es el camino más corto para empezar a construir la política deportiva que jamás tuvimos. Y cuyos frutos, sepámoslo, muy probablemente miremos desde abajo, como a los rabanitos.
Sería sabio asumirlo.
Llevamos más de un siglo obsesionados con que todo aquello que no nos lleve al bronce en vida no merece ser construido.

 



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