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El 18F y la clase media

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Han pasado varios días del multitudinario 18F; así como pasó  el 1-M y una también enorme movilización. El contraste entre ambos eventos prolongó los debates respecto al 18-F. Una de las principales preocupaciones fue su composición social.
Como todas las manifestaciones no oficialistas desde el 2008, el 18F fue definido unánimemente “de clase media”. Este acuerdo pareció expresar una realidad visible para cualquier observador. Mayormente esa presencia de la clase media fue  sólo enunciada, sin exigencia de evidencias. Cualquiera podría identificarla con la naturalidad con que se reconoce lo familiar. Pero estas interpretaciones carecen de definiciones explicitas de la “clase media”, de los criterios para reconocerla. Más bien, constituyen una “sociología espontánea”, lo cual no implica que sean un sinsentido, pues  ofrecen claves de las interpretaciones del 18F.
Es cierto que no participaron masivamente sectores sociales presentes en otros actos, tales como trabajadores o quienes están más desamparados respecto a su inserción en el mercado de trabajo, y poseen el beneficio de un plan social. Ahora bien, decir que el 18F fue “de clase media”, que congregó a la clase media “opositora”, es una conclusión apresurada, si tenemos en cuenta que también adhieren al  kirchnerismo sectores que suelen caracterizarse como “clase media”. Pensando así, habría una clase media “opositora” en el  18F, otra “oficialista” que fue al 1-M…y quizá tendríamos varias más entre aquellos que no fueron ni a una ni a otra.
Es más, la  diversidad  de la “clase media” no se agota en las lealtades políticas. También incluye diferencias económicas, ocupacionales, educativas, culturales, etc. Como todo rótulo generalizador, “clase media” empobrece nuestra comprensión de la realidad. Quienes tildan al 18-F como de “clase media”, ¿realmente consideran razonable y posible derivar de una categoría tan heterogénea consignas, valores y devociones políticas? ¿Cómo se explican los casos en los que la correspondencia entre valores y creencias políticas no es la esperada?
Una de las nuevas vías de investigación de las clases sociales consiste en distinguir las condiciones objetivas del modo en que los actores las organizan y dan sentido. Furbank (entre otros, planteó que reconocerse como miembro de una clase o atribuirle tal condición a otro, constituye un juicio moral, y el 18F no fue una excepción.  Esto permite otra interpretación de los actos públicos y su “carácter de clase”. Lo que se dijo de la composición social del 18F ya fue dicho sobre los cacerolazos del 2001: o bien  participaron individuos autónomos, sin identificación político-partidaria, libres, no manipulados; o seres apolíticos, desinteresados de la situación de los humildes, sólo preocupados por sí mismos y su bolsillo, agentes veleidosos sin lealtades ni convicciones. Hoy sabemos que estos discursos no son creaciones coyunturales, sino relatos arraigados en la sociedad argentina, activados bajo circunstancias extraordinarias  (el paro agropecuario en 2008 o las protestas urbanas de 2012).
Las disputas por la interpretación política del evento están condicionadas por creencias que instituyen las arenas políticas en nuestro país hace ya varios años. Quienes han visto en el 18F una “expresión opositora de clase media” emiten un juicio moral apelando a una versión del relato sobre la clase media, aquel que la considera “antipopular y antinacional” en vez de “motor del progreso”. Por eso algunos pueden ver en el 18F la Unión Democrática de 1945.
Aunque no resulte fácil, resultaría óptimo un examen crítico de estos sentidos políticos e ideológicos de la clase media. Bajo circunstancias como las actuales, estos juicios valorativos  dan lugar a lecturas preocupantes, induciendo la creencia en una eterna reiteración de luchas pasadas irresueltas.

*Centro de Investigaciones Sociales (IDES/Conicet).



Sergio E. Visacovsky