COLUMNISTAS AUTOCRACIA

El (ab)uso de la cadena oficial

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No hay justificación, ni política, ni legal, en esta práctica presidencial. Es un síntoma más de los rasgos autocráticos impresos en la figura presidencial. No es un estilo, es un símbolo, una concepción del poder.
“La 'autocracia' no tiene un significado preciso. Aunque se reconoce que, si bien es difícil delinearla en un tipo particular dentro de los sistemas políticos empíricos, se refería, en la historia, a los zares de Rusia”
(Norberto Bobbio).
Dentro de su imprecisión se bosqueja con rasgos de absolutismo. Eso aparece claro cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se expresa en las cadenas. Se apropia bajo el pronombre personal “yo” de todo lo que “ha dado”, como un regalo, en cada inauguración. Dejando de lado que se corten cintas de rutas, hospitales, centrales nucleares, etc., que ya fueron escenificados como eventos propagandísticos en diversas ocasiones anteriores. Perfeccionando en víspera de elecciones cada cadena “show” con visibilidad y promoción de candidatos oficialistas, incluso con su hijo y cuñada; son actos de campaña.
El absolutismo es una práctica característica de monarquías despóticas. Como la de Luis XIV, que acuñó el lema “El Estado soy yo”. Extendido en el discurso de la primera mandataria se desenmascara, consciente o inconscientemente, su continua confusión entre Estado y gobierno.
La imposición de la cadena perpetua sobre la denominada “opinión pública” es más bien una metodología elegida para generar un simulacro de contacto directo con el “pueblo”. Algunos sostienen que lleva el objetivo de instalar “agenda”. Esto en comunicación significa, simplificando, sobre qué temas hablar. No coincido totalmente. O, mejor, las inauguraciones no formatean agenda, la agitación personal y la propaganda de candidatos
intentan hacerlo.
Desde la crisis de 2001 se superó una severa situación global preservando el sistema democrático. Aquel proceso demandaba el fortalecimiento de la autoridad presidencial. Pero desde esa debilidad con el correr de los años, sobre todo con la actual presidenta, mutó en una fuerza absoluta con aspiraciones hegemónicas y dominantes.
Otra característica de los regímenes autocráticos es que se centran en la figura de un jefe y concentran la personalización del poder ejercido, obviando la rendición de cuentas. En este punto convergen tradiciones de caudillismo, que tienen distintos significados según los momentos históricos, con una tendencia actual bastante marcada en algunos sistemas occidentales con el ascenso de la figura presidencial como único actor, con consecuencias peligrosas para el equilibrio democrático.
Otro rasgo para observar: la toma de decisiones en todo el período K. Se hace caso omiso del gabinete, reemplazado por una “mesa chica” sin especializaciones en las materias de gobierno, sustentada en la propaganda permanente y prácticas clientelares o de cooptación. Con elecciones
o sin ellas.
La cadena oficial obligatoria, según la ley, sería justificable “en situaciones graves, excepcionales o de trascendencia institucional”. La excepcionalidad es una situación de alta complejidad en la política. La dialéctica omnipresente en los discursos de Cristina Kirchner: amigo (nosotros)/enemigo (la oposición, las corporaciones), aunque pase inadvertida, está en las orillas de un simulacro de “guerra política”. En rigor, vivimos en un sistema de excepcionalidad, por ejemplo, con la vigencia de la Ley de Emergencia Económica que sirvió, también, a finalidades arbitrarias y de sujeción del Ejecutivo nacional sobre el federalismo constitucional. Una contradicción insalvable entre la declamación “exitosa” de la gestión conviviendo con esa excepcionalidad de emergencia que habilitó, también, el manejo cuasi discrecional del Presupuesto Nacional.
El jefe de un gobierno absoluto es un autócrata si sus decisiones no pueden ser eficazmente frenadas por fuerzas intragubernativas o por el equilibrio de poderes. Escuchando el coro oficial, las violaciones (ahora también de la ley electoral) seguirán hasta las elecciones y, si hay segunda vuelta, hasta entonces.

*Profesor universitario y periodista.



Carlos Campolongo