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El alivio progresista

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Con los resultados de las elecciones en Brasil, Uruguay y Bolivia (aunque Tabaré Vázquez debe pasar la segunda vuelta), el progresismo y la izquierda continentales pueden respirar tranquilos. Es verdad que, como dijo el analista Samuele Mazzolini en una columna en El Telégrafo de Ecuador, en estos dos primeros casos fue más alivio que entusiasmo. O más bien, el entusiasmo se generó en la necesidad de evitar un triunfo de las derechas más que en la agenda de futuro que ofrecen las centroizquierdas en el gobierno.

El abultado resultado de Dilma en el nordeste brasileño fue decisivo para compensar la pérdida de votos en el sur. Como ya venía ocurriendo con Lula, hay un trasvase de votos desde la región industrial paulista hacia territorio nordestino, lo cual no es ajeno al hecho de que los gobiernos del PT sacaron a millones de personas de la pobreza. Marina Silva –ecologista, de origen plebeyo y evangélica– cayó del segundo lugar, que ocupó el “playboy” Aécio Neves, a quien llamó a votar en el ballottage. Pero el de Dilma no es un gobierno exclusivamente de centroizquierda sino una alianza con sectores conservadores necesaria para poder alcanzar la mayoría, como Dilma lo dejó claro al momento de festejar el resultado y agradecer a sus aliados. Este Parlamento será uno de los más conservadores de la historia reciente. El aumento de militares, religiosos, ruralistas y otros segmentos más identificados con el conservadurismo refleja, según varios analistas, la nueva correlación de fuerzas. Y la agenda conservadora se completa con la “bancada evangélica”, un poderoso sector del Congreso, con posturas antigay y antiprogresistas.

En Uruguay, Luis Lacalle Pou –nueva cara de la nueva derecha con discurso de autoayuda– no logró dar la sorpresa que esperaba, y pese a que podría sumar los votos del Partido Colorado –Pedro Bordaberry hizo una magra elección– tiene pocas chances de ganar la segunda vuelta. Pero Tabaré, como sabemos, es el más conservador de los progresistas o el más progresista de los conservadores.

En Bolivia, Evo Morales sí pudo imponerse de manera contundente. Apelando al éxito económico y con la promesa de mantener la estabilidad e incluso lograr un salto tecnológico, consiguió poner fin a la polarización: su partido ganó en la otrora díscola Santa Cruz y conservó los dos tercios del Parlamento.

De este modo, las (centro)izquierdas en el poder siguen siendo imbatibles en las urnas. En paralelo, podemos observar un fenómeno nuevo: una cierta bifurcación en lo que se conoce como el bloque boliviariano: Bolivia y Ecuador, donde las economías marchan bien (aunque la caída de algunas materias primas enciendan algunas luces amarillas), abandonaron la retórica del socialismo del siglo XXI made in Venezuela en favor de propuestas de Estados redistributivos con menos dosis de utopía poscapitalista. El contenido de este imaginario neodesarrollista –en un sentido no necesariamente coincidente con el inventor del concepto, el brasileñó Luiz Carlos Bresser Pereira– fue definido con gran claridad por el presidente ecuatoriano, Rafael Correa, quien hace un tiempo elogió de manera efusiva el modelo de innovación, desarrollo y visión empresarial israelí y criticó a las “izquierdas conservadoras” y a los empresarios aversos al riesgo (la alocución se puede ver en YouTube con el título “Israel debe ser un ejemplo para nosotros”).

Por estos rieles transita el posneoliberalismo latinoamericano, con nuevas derechas “posideológicas” que, con nuevas caras, globos y “buena onda” –frente a la polarización “populista”–, les quieren quitar a las izquierdas y a los nacionalismos populares las banderas del cambio.

*Jefe de redacción de revista Nueva Sociedad.



Pablo Stefanoni