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El arte de viajar en Uber

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Sólo para contribuir a la confusión general, voy a dar mis impresiones sobre la plataforma Uber, que empezó a operar en Buenos Aires hace pocos días. Desde hace más de dos años Uber opera en la Ciudad de México, donde me encuentro ahora, con un éxito rutilante: sólo usan los taxis tradicionales quienes no poseen un smartphone, cosa difícil, porque aquí los smartphones son muy baratos.
Tal como ocurrió con los fabricantes de estilográficas ante la aparición de la birome, es comprensible que los taxistas crean que el mundo se derrumba, pero la historia demuestra que al final todo convive, como en esas fotografías que circulan por la web donde se ven gatos y perros lamiéndose mutuamente. La aplicación de Uber funciona a la perfección, pero claro,  aquí, en México, las conexiones suelen funcionar a la perfección. Por otra parte el carácter premium de los automóviles hace que sea placentero viajar en un Nissan, un Honda o un Mazda, algo que el parque automotor de Buenos Aires no sé hasta qué punto consiente. Dudo que el propietario porteño de un Mercedes Benz modelo 2014 esté dispuesto a ofrecer sus servicios, pero todo es posible en la dimensión desconocida del trabajo. Los conductores con los que viajé estas dos semanas son extremadamente educados, simpáticos, ubicados y buenos conductores, características que es difícil aplicar a los taxistas porteños. Como el recorrido a realizar está previamente estipulado por una aplicación de GPS (Waze), nadie dice: “¿Me guía?”. El pasajero puede solicitar una ruta distinta a la que indica el GPS, pero por su cuenta y riesgo. Viajar en taxi en México siempre fue peligroso por la connivencia de los taxistas con delincuentes. No sólo la posibilidad de un secuestro o un robo por connivencia queda excluida en el caso de Uber, quedan excluidos también maltratos, engaños y sobre todo conversaciones tediosas de corte fascista, tan comunes entre nuestros taxistas conciudadanos. El cretinismo de ambas partes también queda excluido porque los usuarios de Uber pueden calificar al conductor una vez finalizado el viaje, del mismo modo que el conductor debe calificar al pasajero. Y el servicio es más barato que el del taxi tradicional.
Hace unos años Horacio González publicó un librito en el que hablaba de sus viajes en taxi. Se llamaba El arte de viajar en taxi, y el sociólogo retrataba a los taxistas como elfos bonachones incapaces de tirar el papelito de un caramelo por la ventanilla. No vi a uno solo de los conductores de Uber cometer semejante infamia, aunque hay que reconocer que un mexicano no es lo mismo que un argentino, y un porteño no es lo mismo que un chilango. En cualquier caso, sea como fuere,  me convertiré en un fiel usuario de Uber, que espero que sea lo suficientemente fuerte para acabar darwinianamente con un gremio corrupto, ineficaz y fascista. O que al menos su sola presencia sirva para depurarlo

gpiro