COLUMNISTAS ENTRE LA LIBERTAD Y LA OPRESION

El autoritarismo

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Toda obediencia implica una entrega de la propia libertad. Y esa limitación puede ser necesaria, imprescindible o simplemente enfermiza. Uno imagina que en la guerra la imposición de la obediencia es imprescindible, tanto como lo es la libertad en el marco de una democracia.
Distinto a obedecer es estar al servicio de una conciencia superior, pero en esos casos suele ser el fruto de la madurez de ambas partes. La pertenencia a una causa es siempre más compleja y está por encima de la dependencia de una persona.

Los grandes hombres han preferido la relación libre con sus pares a la sumisión de los débiles, los necesitados o los pusilánimes. La verdadera autoridad es la del sabio y es siempre la que convoca, necesita y respeta al disidente. En ella no existe la orden ni es imaginable la obsecuencia. En la contracara del poder del sabio se instala la autoridad del necio, que impone sus normas duramente y reduce la disidencia al murmullo o a la obligada conspiración. Toda obediencia requiere de la dependencia de un individuo a otro, de la generación de una relación donde alguien está por encima o al menos así se establece en la manera de vincularse. Implica el riesgo de una forma de esclavitud que empobrece a ambas partes.

No cabe duda de que entre la autoridad liberadora que ejerce el sabio y la opresión que implica someterse a la voluntad del necio, entre ambos extremos existe en el poder una infinita gama de grises. Claro que es muy fácil diferenciarlos: en la grandeza hay sobrados motivos de admiración, capacidad de seducción, y ambos se complementan, se necesitan y se escuchan. Es una autoridad que se basa en convencer y nunca en imponer. El sabio interactúa con quienes tienen convicciones diferentes a las propias. Al sabio no se lo obedece, se intenta seguirlo e imitarlo en su voluntad de superación. Es una relación donde la búsqueda espiritual intenta imponerse a las otras formas de crecimiento. Cuando la obediencia no se asienta en la convicción sino en la simple imposición, es resultado de la necesidad del débil de someterse al fuerte o del oportunismo del vivo para lograr su propio beneficio. Es la distancia entre lo popular y el populismo. Gardel y Perón transitaban lo popular y cada día cantan mejor. Lo otro es tan sólo una imitación banal de lo permanente, una simple euforia pasajera. Lo popular implicaba la expresión de la conciencia de un pueblo en una coyuntura histórica, y el líder contenía e intentaba resolver los conflictos del alma colectiva. Siempre con un crecimiento en la conciencia de ambos. En la obediencia del populismo suelen ser los grupos de supuestos intelectuales y beneficiarios los que construyen y explican la figura del conductor. En uno hay pueblo y convicción, en el otro se imponen los necesitados y los oportunistas.

La obediencia es la contracara de la lealtad. El hombre sólo puede ser leal a la idea y no a la persona que ejerce el poder en la coyuntura.
Toda obediencia es opresión de la rebeldía, es una entrega de la dignidad humana, de esa condición esencial al desarrollo individual y social. La rebeldía suele ser entrega al servicio de un ideal. En la obediencia coyuntural las prebendas de los beneficiados se imponen a la grandeza de la causa. El personalismo sólo puede ser necesario y justificado en una coyuntura de la historia. Luego se deben imponer las instituciones por encima de los hombres. Como nos solía insistir el General, “sólo la organización vence al tiempo y al número”. El sabio convence y el autoritario impone. Lo importante es que una sociedad sepa percibir la diferencia. Y actuar en consecuencia.

*Ex diputado nacional.



Julio Barbaro