COLUMNISTAS SUSTOS

El buen salvaje

PERFIL COMPLETO

Es un error de percepción suponer que un programa donde se come (donde se viene comiendo desde los dinosaurios) es termómetro del estado de un país; un error que se paga con un laberinto de ridiculeces, amenazas, juicios, papeleo, escándalo. La televisión no tiene tiempo ni volumen, allí donde todo es primer plano, para analizar posiciones, para desgranar contenidos, ni para exponer contradicciones. Apenas se dedica a reducir a eslóganes simplones todo lo que es complejo.

Szifrón habló claro y no tiene que desdecirse de nada. Hay que ser idiota para interpretarlo mal. La cámara filma un conjunto de ideas y las reduce a una frase que todo mundo repite sin saber cuál era su sentido original. Le pasó a Marx cuando dijo que la religión es el opio de los pueblos. Pocas personas conocen el resto de la frase y me temo que será decepcionante para los ateos escuchar lo que seguía.

Pero Szifrón tenía bajo la manga una coartada irrefutable: una película extraordinaria, cuyo estreno habrá de mostrar al más necio el quid profundo y delirante de aquel tema que se discutía (que no se discutía) en la mesa: la violencia. Su película es magnética, perturbadora; sus extraordinarios actores se meten en la piel de lo más misterioso del origen de toda violencia. Como mil fábulas antimorales, donde lo que funciona es una mutación en el derrotero de la próxima, Szifrón hace de la violencia un foco misterioso, vecino cercano de la razón, una infección del alma. En vez de explicarlo con ideas (que son eslóganes insuficientes para los programas pavos y sus repeticiones zombis), lo expone con imágenes, con poesía. La película es perturbadora y eficaz allí donde hace llanamente lo que los directores timoratos evitan: construye la “utopía negativa” y la expone con frescura: “Si esto es el mundo, el mundo no puede ser esto”.

El director no tendría que discutir con Mirtha. Yo creo que si le deja un par de entradas, un infarto la librará de todas sus preocupaciones y sus males.

Yo casi me muero del susto, y eso que no pienso casi nada como ella.



Rafael Spregelburd