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El centro de la escena

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No pensaba ver Me casé con un boludo porque las malas palabras en los títulos me molestan. Pero dos razones me hicieron cambiar de opinión. Por un lado, la vida nocturna de San Clemente no ofrece demasiadas alternativas. Por el otro, recordé haberme reído mucho con Le dîner de cons (Francis Veber, 1998), una comedia francesa que bien se podría haber traducido como “La cena de los boludos”. Me pareció de un esnobismo inaceptable celebrar a los boludos franceses y despreciar a los argentinos.

Así que allá fui, sin demasiadas expectativas, por lo que tampoco salí decepcionado. No tanto porque la película me pareciera gran cosa (aunque sus desprolijidades no la lastiman, lo que para el cine industrial argentino es casi una maravilla) sino porque el cine, para quien vive aislado de la realidad como es mi caso, sigue siendo la mejor ventana al mundo. Sí, esa capacidad cognitiva aún funciona, porque en el cine uno está relajado y atento, lo que no ocurre con los formatos domésticos, siempre sujetos a la distracción.

Así fue como me di cuenta de que la película mostraba una ciudad de Buenos Aires que yo no conocía. Aunque he visitado Puerto Madero, nunca lo hice desde cada uno de los ángulos con que la película muestra ese barrio. Otros lugares no los pude identificar pero todos me parecieron lujosos, espectaculares, limpísimos, tanto los exteriores como los interiores. Con una sola excepción: la casa de la hermana de Valeria Bertuccelli, desprolija y llena de humo, que hace juego con su dueña, una especie de marimacho progre que tiene algunas intervenciones desopilantes. Por ejemplo, cuando dice que el personaje de Adrián Suar es un terrible facho porque se hizo famoso durante la dictadura y no considera atenuante que eso ocurriera cuando el personaje tenía seis años. Me hubiese extrañado mucho que tanto el chiste como ese personaje grotesco aparecieran en una película estrenada durante el kirchnerismo. Lo tomé como un signo evidente del cambio de época, así como una pequeña revancha ideológica de Suar (el productor del film), que se da el lujo de convocar actores notoriamente K como Gerardo Romano para la primera película (un poco) anti K.

Claro que Me casé con un boludo no es una ficción política sino una comedia romántica ambientada en el mundo del cine, los actores, la farándula, la riqueza. El que hace del boludo es justamente Suar, cuyo ego descomunal le impide mirar otra cosa que su ombligo. A diferencia de Le dîner de cons, aquí la moraleja no es que el boludo no resulta finalmente tan boludo, sino que “hasta los boludos pueden enamorarse”. Lo que más me gustó de la película es que, en un momento, todos empiezan a reconocer que la verdad y la actuación son indistinguibles, al menos inseparables. Allí fue que me sorprendí pensando en Lesley Stahl, la periodista de 60 minutes, frente al presidente Macri y su expresión de perplejidad cuando el entrevistado le hablaba de sus condiciones para cantar y bailar. Macri tiene algo del personaje de Suar, con su lugar dominante en la escena y su chapucería social, no exenta de ingenuidad y de una torpe, excéntrica simpatía. ¿Estoy queriendo decir que Macri parece un boludo? Sí, en buena medida. Esa es una de las razones por las cuales estoy contento de haberlo votado.



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