COLUMNISTAS LA SECRETARIA CREADA PARA FORSTER

El cepo del pluralismo

A pedido de PERFIL, Beatriz Sarlo asistió a la presentación del flamante organismo. La incongruencia entre las promesas de diversidad y amplitud del funcionario y la “Verdad del Régimen” construida por el kirchnerismo durante diez años.

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La incongruencia entre las palabras de Ricardo Forster y la intolerancia del gobierno al que pertenece fueron el fantasma que se interpuso entre esta cronista y el discurso escuchado durante el acto del miércoles 16 en el ministerio que encabeza Teresa Parodi, una cantora a la que Dios privó del don de la palabra y, por eso, sólo enumeró las nuevas secretarías de Cultura y dijo “Gracias por venir”. Si quieren sencillez, búsquenla a Parodi.

Por suerte, para hablar bien, estaba Forster sobre el estrado frente al que se ubicaron los notables de Carta Abierta; el rector Eduardo Rinesi, de la Universidad de General Sarmiento; Noé Jitrik, decano de los escritores presentes; funcionarios del área cultural como Tristán Bauer (jefe de Radio y Televisión Argentina); ex funcionarios devenidos diputados como Liliana Mazure; jóvenes turcos y leales a más no poder como Larroque; antiguos conversos como el secretario de Relaciones Parlamentarias (invicto en eficacia) Oscar González; conversos de mediana edad como el subsecretario general de la Presidencia Gustavo López y el diputado Carlos Raimundi, del partido SI (que no quiere decir “sí, señora presidenta”, como suponen los mal informados); Taty Almeida, de las Madres, que últimamente no dio parte de ausente en los montajes oficiales; publicistas ultraK divertidos, como Braga Menéndez; y, finalmente, el secretario de Inteligencia Héctor Icazuriaga (se ignora si su presencia se debió al significado primero de la palabra inteligencia: capacidad y talento; o al de sus funciones de supervisar y “hacer inteligencia”). Mandaron sus saludos los ministros Tomada, Sileoni y Rossi. No estuvo Amado Boudou, seguramente porque en ese momento desempeñaba sus funciones como jefe del Ejecutivo a cargo y tenía otras actividades más importantes en agenda.

Las listas son cansadoras, pero a veces vale la pena hacerlas. A Forster lo acompañó masivamente Carta Abierta, de donde él dio el salto a la fama. Y, de manera desvaída, un puñado de funcionarios, algunos de ellos llegados al planeta K desde otros parajes del sistema político. Larroque, por una parte, e Icazuriaga, por la otra, son los únicos que, de un modo u otro, están más cerca del poder real.

La exposición de Ricardo Forster, pausada y casi académica en su tono, tuvo una preocupación central: dar fe de la convicción pluralista y democrática que guiará los programas de la nueva secretaría. Trazó un amplio arco intelectual y político, signado por la diversidad y también por la defensa de las convicciones. Estableció una relación entre ambos términos: la diversidad no excluye las convicciones y, en ello, nos avala a todos los argentinos los treinta años democráticos de “recorrido como nación”. El debate que la diversidad planteará a las distintas convicciones incluirá todas las regiones del país, América Latina y Europa, porque como pueblo “miramos hacia el mundo y el mundo nos mira”. Los protagonistas de este debate serán también los movimientos sociales y de derechos humanos. Forster repitió con insistencia algunos principios: amplitud, pluralismo e idea democrática. Con esto quiso responder a las críticas que se hicieron cuando la Secretaría de Planificación Estratégica fue creada. Por su nombre, se la “homologó con experiencias nefastas” y Forster estaba allí para desarmar esas críticas. La secretaría “va a acompañar y no se propone inventar lo que ya está en marcha”.

Forster presentó un elenco de iniciativas interesantes para las cuales los quince meses de gobierno de Cristina Kirchner quizá sean un tiempo egoísta, por la campaña electoral que viene; y reducido, por la complejidad organizativa. Sin embargo ¿quién no querría que se realizara una exposición sobre “los Frondizi” (Arturo, Risieri y Silvio)? ¿Quién se opondría con malicia a una biblioteca digital cuyo nombre es Trapalanda (homenaje a ese gran intelectual no peronista que fue Martínez Estrada). ¿Quién se opondría a una muestra sobre escenas de la vida política argentina, salvo que los curadores sean menos plurales que el discurso de Forster y se dediquen a voltear muñecos con la suficiencia con que la Presidenta saca y pone estatuas y monumentos? ¿Quién no quiere asistir a un Congreso Argentino y Latinoamericano por la Nueva Independencia, que evoque el de Tucumán en 1816? Sin duda, habrá que ver cómo se designan los curadores plurales de esas exhibiciones. Mencionando a algún intelectual opositor, Forster quiso dar nueva prueba de inclusión en la diversidad (y no hay pistas de que sea un fingimiento).

Como funcionario de este gobierno, Forster sostuvo que “en este momento hay un proyecto político revalidado y desde él defenderemos las políticas desarrolladas en los últimos diez años”. Sería injusto pedirle a un funcionario kirchnerista que no destacara lo que cree que fue un rasgo del gobierno al que apoyó desde Carta Abierta y ahora integra como secretario. Sería demasiado pedirle que no dijera que “en los últimos diez años se han construido mecanismos para la vida democrática”.

Ahora bien, en las líneas que se combinaron en la presentación de Forster, brilla el maléfico y delator principio de incongruencia. Los últimos diez años estuvieron marcados por los discursos presidenciales, que emitieron el único mensaje oficial del gobierno del cual Forster ha pasado a formar parte. Cristina Kirchner no ha sido precisamente una constructora de escenarios pluralistas ni de mecanismos de vida democrática (se podrá responder que los subsidios a los necesitados son también palancas democráticas, pero no se habló de ellos). El encono presidencial respecto de las disidencias no es algo que necesite demostración sino simple memoria del presente.

El pluralismo que Forster invoca con sinceridad (porque seguramente él lo tiene como regla en su vida intelectual) no ha sido un rasgo de los agresivos discursos cristinistas donde la Verdad del Régimen es un bien no negociable con las verdades de otras voces, posiciones y actores. Tampoco es el pluralismo lo que distingue a las políticas públicas en el campo de la cultura y los medios que el Ejecutivo controla (con la honrosa y sostenida excepción de la Biblioteca Nacional). Funcionario de un gobierno obsesionado con los medios, Forster optó por la salida más fácil: no referirse a ellos, como si al hablar de cultura en el siglo XXI fuera posible dejarlos afuera. Y, sobre todo, como si esto fuera posible en un gobierno cuyos dos ojos y una masa ingente de recursos van a la propaganda política en los medios y sus agencias de producción de contenidos (Tristán Bauer estaba allí y podría dar un informe al respeto). Pero el tema se pasó naturalmente por alto y ese silencio sintomático indica los límites de un pluralismo acotado.

De allí la incómoda sensación de desacople entre el discurso de Forster, cuya preocupación era convencer a la audiencia de que su proyecto era pluralista, y el raro nombre que la Presidenta eligió para denominar esa Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional (literalmente, en www.cultura.gob.ar). Si Forster dejó bien en claro que, para él, “pensamiento nacional” no era sólo el cuerpo de doctrinas nacionalistas, populistas y revisionistas, no explicó la función de la palabra “estratégica” en el nombre de la secretaría (palabra que él no repitió en su discurso). Estrategia significa coordinar todos los elementos, pertrechos, sujetos e iniciativas hacia un solo fin. La estrategia, salvo que sea disparatada, siempre es única. Las ideas expuestas por Forster prescinden de la idea estratégica y les basta la palabra “coordinación”. Pero los discursos presidenciales que han marcado el tono de estos años son precisamente estratégicos en el sentido de dirección única, conducción única y mando unipersonal centralizado. Este desacople es un problema de los intelectuales kirchneristas.

A Forster es preciso reconocerle el esfuerzo discursivo. Pero el desacople tuvo una consecuencia perceptible. Durante toda su exposición, no mencionó por su nombre a los dos dirigentes, fundadores preclaros del kirchnerismo. Cuando creyó haber terminado, presentó a Matías Bruera, director de Pensamiento Nacional y Latinoamericano, y a Francisco “Tete” Romero, director de Asuntos Académicos y Políticas Regionales. Un segundo después, le pasó la palabra a Bruera, que no había alcanzado a pronunciar dos frases cuando Forster lo interrumpió como si hubiera olvidado algo fundamental. Y, en verdad, lo era.

Dijo: “Quiero traer el recuerdo personal de alguien que vino a conmover a una Argentina que estaba demudada: Néstor Kirchner. Y mencionar también el coraje y la inteligencia de Cristina”. Por un momento, Forster había sido apresado en su propio discurso plural y se había referido solamente a los “diez años” o al Gobierno, sin dar nombres propios. Cuando su colaborador ya estaba hablando, se dio cuenta de que él mismo se había jugado una mala pasada, que había cometido el error de no reconocer explícitamente a sus Jefes Estratégicos. Las interpretaciones de este singular olvido y su atropellada corrección corren a cargo de los lectores.



Beatriz Sarlo