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El coleccionista es un enamorado

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Coleccionar es una pasión que más que dar tranquilidad atormenta. En ese punto se parece mucho a ese estado fanático, entre hipnótico y místico, que se llama enamoramiento. El coleccionista, alcanzado un cierto grado de compromiso con aquello que acapara, no ve otra cosa que aquello, no espera otra cosa que toparse con aquello y tiñe aquello, aún contra su voluntad, de propiedades y perfecciones que ningún otro logra ver. El coleccionista, así como el enamorado, cristaliza, es decir, recubre de diamantes (en cuyo centro, escondido, descansa un corazón de carbón) la rama seca de un abeto que jamás floreció, la bijouterie más barata, el tosco y a la vez hermoso cuadrante de un reloj ruso (lo feo puede ser bello, lo lindo jamás, decía Van Gogh). Es por eso que los grandes amantes de la historia fueron a la vez grandes coleccionistas. El mismo amor se confunde en el vicio del coleccionista; la historia de la sexualidad está llena de esos ejemplos. Al igual que el coleccionista, el enamorado tamiza la realidad con esa lamelle que es el objeto preferido de su interés, y lo ve y lo reconoce en todos lados, sin parar, todo el tiempo. El estupor y la lucidez se alternan, el descubrimiento y la confusión también, la pasión y la acción. La colección, si algo exige, es entusiasmo y obstinación, pero también una cierta dosis de reserva: al que se entrega a ese trabajo se lo ve atrincherado, protegido, y sin embargo está arriesgando continuamente todo lo que sabe y todo lo que tiene, corriendo el peligro de desordenar todo lo que acumuló, que todo aquello por lo que se desvivió en acumular de un momento a otro pierda sentido, se disuelva en la nada, pase a ser simple mercancía descartable, sin ningún posible sentido que les de uniformidad, valor, peso. Así conviven el fondo y la figura, el deseo de hallar algo nuevo y, al mismo tiempo, una cierta satisfacción disfrazada de fastidio cuando lo nuevo no aparece. La colección lo expone a esforzar notablemente su mirada, ese mal al que se llama tener la vista cansada, expresión con la que se intenta retratar disfrazada una tristeza enigmática e inevitable: la de pensar que algo, cualquier cosa, pueda en cualquier momento apartarlo de su obsesión para siempre, aquello que en otro campo se ha dado en llamar “afanisis”, es decir, el miedo a ser privado para siempre del deseo. Ahora bien: esa desconsolada melancolía del estudioso (al igual que la del enamorado) sabe mucho de la esterilidad, pero también de la estupidez. Entonces la etimología del término latino studium se vuelve transparente y comprensible. Su origen se remonta a la raíz st que indica el choque, el shock. Estudiar y estar permanentemente asombrado son, o deberían ser, en ese sentido, parientes: quien estudia se encuentra en las mismas condiciones de aquel que recibió un golpe y permanece estupefacto frente al que acaba de golpearlo, pero al mismo tiempo totalmente impotente para golpear a su vez o alejarse corriendo de él. Por lo tanto el estudioso es al mismo tiempo un estúpido, es decir, un enamorado.



Guillermo Piro