COLUMNISTAS NOCHE LARGA

El comienzo del fin

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Las palabras admiten, muchas veces, varios significados listados en el diccionario. Significados que, en general, tienen algún parentesco. Y que, sumados, ocupan una especie de amplio espacio semántico que se derrama a su vez sobre los significados particulares de la palabra.
Ha comenzado el fin de un período político. Paradójicamente, quien inauguró la nueva era fue la propia Cristina Fernández. Nuestra Presidenta, a las 12 del mediodía del 25 de octubre de 2015 –el día de las elecciones generales– cerró un prolongado ciclo con la recuperación de un ritual desdeñado a lo largo de sus dos presidencias. Como si lo hubiese hecho en forma cotidiana, les respondió preguntas a los periodistas apostados en la escuela Nuestra Señora de Fátima de Río Gallegos, tras emitir su voto en esta nueva elección presidencial, que no la lleva como candidata para ningún cargo.
Pero esa perla quedó casi oculta tras los discursos de una noche que deparó más de una sorpresa. Y no fue la menor la extensa espera hasta pasada la medianoche, para que el ministro de Justicia Julio Alak –encargado de la coordinación de la elección, en ausencia del ministro del Interior, Florencio Randazzo (quien, como se recordará, se excusó de esa tarea porque sería precandidato en las PASO)– informara los primeros datos oficiales. A seis horas de terminadas las elecciones en todo el país.
El primer búnker que acogió un discurso la noche del 25 fue el del PRO. A las 21, con Gabriela Michetti (que hacía las veces de coro del antiguo teatro griego, cantando y comentando, representando la voz del pueblo espectador) en el escenario, María Eugenia Vidal salió eufórica –si es que le cabe esa expresión–, adelantando sin adelantar los resultados bonaerenses que conoceríamos varias horas más tarde. En pocas palabras, que ella será la gobernadora de Buenos Aires. “Ahora, ahora”, como entonaban los militantes.
En otro predio de la ciudad, viejo asiento de peleas históricas, Daniel Scioli se presentó a las diez de la noche –veladamente enfurecido, visiblemente decepcionado–, todavía en campaña. Con un discurso casi radicalizado, como dirigido a una audiencia que lo quería más adversario de su adversario, anticipó de un modo implícito –y por eso mismo un poco desconcertante– lo que la Cámara Nacional Electoral no se decidía a difundir: que habría ballottage el 22 de noviembre.
Allá en la Costanera, una hora más tarde y todavía sin datos oficiales, Mauricio Macri retomó su clásico discurso quasi evangélico, con un ritmo de charla TED festiva, con una pantalla de fondo que rezaba “Gracias. Ahora más juntos que nunca”, con una alegría de menos baile –por una vez– y con un tono exultante, pero no tanto. Contento, sin dudas. Aunque cauto. O contenido. Y prometiéndole a Lilita Carrió –y a quien le quepa el sayo– que si él gana no habrá impunidad.
El día, con todo, no terminó a la medianoche, cuando los resultados del escrutinio empezaron a difundirse de a poco. A las siete de la mañana del lunes apareció, por fin, Aníbal Fernández. Más aplacado que de costumbre –aun cuando echara, parcialmente sí, las culpas hacia fuera–, reconoció el triunfo de su rival en la Provincia, desmemoriado de sus propios pronósticos (“Ya está: [ganar la gobernación] es un trámite”).
Ante éstas, la sorpresa más fuerte debería ser, tal vez, el comienzo del fin. Con la Presidenta hablándoles a los periodistas o con los resultados de un escrutinio que deja mal parados a todos los encuestadores. O con la foto de los propios candidatos juntos el viernes anterior, en la inauguración del edificio de PERFIL.
Conviene recordar, sin embargo, que estamos alcanzando otro fin. Y este, aunque obvio, no debería dejar de sorprendernos (gratamente). No, al menos, a los que sabemos que hubo un tiempo en que no se votaba.
Porque uno de los objetivos –o fines– de cada período presidencial consiste en tener término –o fin–, de modo que, gane quien ganare, la alternancia de presidente garantice la democracia. Y si el fin del período de un presidente ha llegado y otro empieza con otro, aquel fin se ha cumplido. Lo que no es poco, para la turbulenta historia política de la Argentina. Sin importar en absoluto qué lugar ocupa ese significado particular de la palabra “fin” en el diccionario.

*Doctora en Lingüística y directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés.



Silvia Ramirez Gelbes