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El comienzo del nadador

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Elsa, una amiga de mi mamá, devoraba cigarrillos y libros sin parar. Me acuerdo de sus dedos amarillos. Cuando terminaba una novela, me la pasaba. Uno de esos libros prestados fue Flores robadas en los jardines de Quilmes, de Jorge Asís. Estaba al tope de la lista de best sellers y recuerdo que lo leí de un tirón. Tenía una dedicatoria que me impresionó. Decía: “Para Haroldo Conti ¿in memoriam?”. Mucho tiempo después descubrí las razones de los signos de pregunta. Supe que Conti estaba desaparecido y supe, al leerlo, que era un escritor enorme. Haroldo Conti era un poeta, de ahí la extrañeza que provocaron sus textos tan difíciles de calibrar. La respiración podía ser la de la prosa, monótona y melancólica, pero el ADN era el de la poesía. Sudeste y En vida son dos grandes poemas sobre la soledad de las personas comunes, las vidas invisibles. Todos los veranos es un relato que forma parte del primer libro de cuentos de Conti. Empieza así: “A veces pienso en mi viejo. O es un barco que parte o esa gente vagabunda que trae el verano o simplemente una luz en el río. Entonces me siento en la costa y pienso en mi viejo”. En este comienzo está condensado todo el pathos del cuento. A veces un gran inicio prefigura toda una historia, como sucede, por ejemplo, con El extranjero, de Camus. Ese comienzo letal: “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé”. A veces es imposible mantener el nivel de un inicio. Pienso en el partido entre Alemania y Holanda, en la final del Mundial del 74. Los holandeses llevan el balón de un lado a otro, mostrando cómo cambiaban de puesto sin importarles el lugar fijo hasta que terminan metiendo el primer gol de penal. El primer alemán que la toca la va a buscar a la red. Pero los de Rinus Michels no pudieron sostener ese comienzo genial, y perdieron. Conti, en cambio, mantuvo la espléndida monotonía del nadador a lo largo del relato, de la novela, de su vida.

Fabián Casas