COLUMNISTAS NEGACIONES

El dedo de Dios

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La semana pasada recordé la historia de Joris-Karl Huysmans, un escritor que a causa de su negación de Dios terminó sus días en un convento. Ese relato me evocó una historia similar, la de Robertito X., amigo de un amigo y personaje de la fauna de Villa Urquiza.

Robertito era el hijo menor de un inventor de pequeños objetos utilitarios. Su padre se pasaba los veranos metido en la pelopincho y los inviernos en el living tomando mate tras mate hasta que, de golpe, ¡eureka!, una idea lo iluminaba y el hombre registraba su invento y luego lo vendía a alguna subsidiaria local de alguna industria extranjera, y con las ganancias de la patente la familia iba tirando hasta que al inventor, un par de años más tarde, se le ocurría algo nuevo.

Vástago desdichado de esa felicidad, Robertito entró en la adolescencia leyendo a Sabato, lo que arruinó su gusto, y empezó a tocar la batería, lo que percudió su cerebro. Para peor, esa mezcla empezó a combinarse con los efectos deletéreo-celestiales que le producía la aspiración clandestina del vapor de nafta que guardaba en bidones y con un solitario entusiasmo por las damas en paños menores que aparecían en la revista Killing. Un día, tirado boca abajo sobre la cama, estaba en sus entretenciones cuando sintió que el dedo de Dios lo examinaba desde las alturas y su voz lo amonestaba: “¡Eso no se hace!”. Largó todo y se metió a cura, y ahora debe de estar dando misa en las iglesias del barrio, si es que ya no llegó a obispo.



Daniel Guebel