COLUMNISTAS TRIBUNAL DE LA HAYA

El default de Laclau

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Una mañana, al abrir una ventana de su departamento londinense, la vecina de Ernesto Laclau quedó anonadada: una enorme antena clausuraba su campo visual. Habían sido vecinos durante tres décadas, ambos eran argentinos y ambos intelectuales, de manera que era razonable pensar que un breve diálogo devolvería el quicio a las cosas. La vecina abordó a Laclau y le pidió que sacara la antena. “¿En qué te molesta?”, le preguntó el teórico del populismo, e inmediatamente añadió que no veían bien la televisión sin la antena, que llevarla a la terraza era muy costoso y que, en todo caso, debería hablar con su mujer, que se ocupaba de esos temas. La vecina interpeló entonces a la mujer de Laclau, Chantal Mouffe, otra teórica del populismo, en una diligencia que resultó larga e infructuosa. Ante los sucesivos fracasos de la negociación, la vecina acudió a las autoridades del consorcio, que cursaron una intimación: dieron un plazo de tres meses para remover la antena. Chantal entonces llamó a la vecina y, con sus pronunciadas erres belgas, le anunció que tomaba su denuncia como una declaración de guerra total. Los tres meses pasaron sin novedades, ante lo cual el consorcio envió un ultimátum: o la sacan ustedes o la sacamos nosotros a su cargo. Chantal estalló. Está bien, dijo, nosotros no colaboraremos más con nadie.

En momentos en que la Argentina ha formulado una denuncia contra Estados Unidos en el Tribunal de La Haya, que viene publicando solicitadas furiosas contra el juez Griesa y que rechaza toda ayuda para cerrar el conflicto, la anécdota resulta una perfecta alegoría y permite ver cómo funcionan las mentalidades populistas. Al emitir bonos estableciendo que, de haber un litigio, tramitaría en Estados Unidos, nuestro país aceptó que podía haber litigio, que el tenedor del bono podía reclamar, que un juez estadounidense podía resolver el caso y que esa sentencia podía ser desfavorable. Todo esto estaba escrito desde el minuto uno. Pero cuando este mecanismo entró en acto, la Argentina obró de modo tan heterodoxo como los Laclau: postergando el cumplimiento, lanzando amenazas y aislándose. Y, como si fuera poco, quejándose de que Estados Unidos respete la división de poderes y no aplique un escarmiento al juez díscolo. Lo interesante es que, para un populista, donde hay un deseo hay un derecho. Quiero ver mejor la televisión, pongo una antena y se acabó. No importa que las reglas del consorcio lo impidan, no importa que el deseo vaya contra la ley; para un populista la violación de la ley es el saludable costo que hay que pagar para que el deseo se cumpla. Por esa razón los populistas siempre trazan una frontera: hay dos bandos y los que quedan afuera son antipatria y buitres, cuyo patrimonio queda en suspenso. Pero Estados Unidos asienta su grandeza en el respeto de las instituciones (por eso dos humildes periodistas, hace exactamente cuarenta años, pudieron poner en jaque al hombre más poderoso de la tierra), de modo tal que lo que le endilga la Argentina a Estados Unidos es justamente su virtud capital: el apego a las normas.

Y precisamente el día en que la Argentina cayó en default vi, en el Teatro de Epidauro, Las ranas, de Aristófanes: en esa obra Dionysus va al Hades, cruzando la laguna Estigia, a averiguar si es Esquilo o si es Eurípides el más grande de los dramaturgos, para devolverlo a la tierra. Detrás de esa pugna anida la tensión entre institucionalismo (representado por Esquilo, que sería la edad del refinamiento, cuando los cargos eran honoríficos) y populismo (encarnado por Eurípides, que sería la edad de la vulgaridad, de los Boudou, cuando los cargos se hicieron rentados) y la pregunta de cuál es el mejor sistema para hacer feliz a un pueblo. En la obra de Aristófanes gana Esquilo; en la Argentina laclausiana, desafortunadamente, los Eurípides.

*Escritor y periodista. Su último libro es El amor sigue sin nosotros (Editorial Planeta).



Marcelo Gioffre