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El derecho a crear

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“Me llegó a mi corazón, San Francisco de Asís. Para mí, es el hombre de la pobreza, de la paz, el hombre que ama y cuida la creación.”

Papa Francisco



Podríamos decir que existe una evolución del pensamiento, que estamos ante una complejidad creciente del mismo. Pero la historia nos ha enseñado que no existe evolución sin una profunda mirada transformadora en relación al pasado inmediato, a lo establecido. Esta mirada es la que nos ocupará en los siguientes párrafos, intentando encontrar nuevas respuestas que nos sigan disparando nuevas preguntas.

Partamos de la premisa que si en el presente hablamos de la importancia del pensamiento crítico es porque alguna vez existió algo que no lo era y esto eran las ideas fijas, nadie podía discutir lo establecido. En la antigüedad, la verdad, era una verdad revelada, debiendo ser completamente aceptada. Este tipo de ideas no estaban ni bien ni mal, simplemente se trataba de un modo de relación en donde la pregunta estaba clausurada. No había posibilidad de preguntarnos sobre las cosas, de cuestionarlas, de dudar.

La edad moderna se constituye bajo la célebre frase del filósofo francés Descartes “pienso luego existo” dando origen al pensamiento crítico. Descartes llega a esta conclusión, precisamente dudando de todo, a través de la duda metódica. Lo que él hace es sacarle el velo a esta verdad revelada dando lugar a una nueva verdad investigada “des-velada”. Con su duda lo que produce es la des-clausura de la pregunta, pero este avance a su vez trae aparejado la clausura de la respuesta. Si podemos decir que frente a una pregunta, hay una respuesta, frente a otra pregunta, hay otra respuesta, estamos nada más y nada menos que delante de una máquina, que frente a un estímulo, devuelve un producto. Y esa máquina es un emergente de la era industrial. La industria precisaba gente operativa, para trabajar de una manera conforme a lo que la economía estaba necesitando. Una operación, un producto.

Ken Robinson en su video “La escuela mata la creatividad”, ilustra este paradigma; si ante cada pregunta, hay una respuesta, sólo nos queda para representarnos el mundo una lógica de repeticiones, donde el cambio deja de ser posible por lo cual propone necesario que cambiemos y evolucionemos hacia un pensamiento divergente: frente a una pregunta, puede haber más de una respuesta. De esta manera, la verdad se convierte en una verdad problematizada. Desclausuramos la pregunta y se desclausura la respuesta. Consecuentemente cuando tengo una pregunta y varias respuestas, lo que tengo no es una solución, sino que es un verdadero problema.

Ahora bien, las ideas constituyen el orden del pensamiento. Si a lo largo de las épocas se sucedieron primero ideas fijas, luego pensamientos críticos, y por último pensamientos divergentes, esto significa que ha habido una evolución, y que no tenemos por qué suponer que ésta vaya a detenerse. Debería haber también algo que nos indicase hacia dónde vamos. Mi propuesta –en este sentido– es que estamos en la antesala de un pensamiento creador, donde el rumbo lo marca la originalidad de nuevas respuestas a actuales y nuevas preguntas.

Creo, además, que algo parecido ocurre en el orden de la inteligencia, que debe ser entendida justamente como la capacidad de hacer manifiesto todo lo que todavía está no manifiesto en las ideas del pensamiento. Porque la inteligencia está precisamente en hacer que las cosas sucedan. Y allí también podemos ver una evolución que va desde una antigua concepción aristotélica, que dice simplemente que la inteligencia no es sólo el conocimiento sino la destreza para aplicarlo en la práctica, hacia modelos como los que recientemente han propuesto Howard Gardner y Daniel Coleman, en los que se hace lugar a la posibilidad de una inteligencia emocional o de múltiples inteligencias.

Yes probable que esta evolución de la inteligencia, al igual que la del pensamiento, nos esté acercando a una aplicación práctica del conocimiento cada vez más colaborativa, y en última instancia cada vez más creativa, pero para identificar el problema es necesario remitirnos a nuestra infancia o bien detenernos a observar a los chicos que están a nuestro alrededor. El colegio produce una sistematización en la forma de aprendizaje que no los ayuda a convertirse en seres creadores (en el orden de las ideas) y creativos (en el orden de la inteligencia). Para que les vaya bien, es necesario que den buenas respuestas. En vez de crear, los chicos tienen que repetir aquello que al maestro se le pide que escuche.

Es cierto que en una primerísima instancia está el jardín de infantes, ese espacio en el que muchas veces nos alientan al juego y a la creación. En el jardín hay, por ejemplo, ladrillos para construir. Y poder construir, es poder inventar, poder hacer, y poder ir generando también, en cada chico, cierta confianza y cierta fe en el poder de sus propias creaciones. Pero casi inmediatamente pasamos a la escuela primaria y todo eso desaparece. Ya no hay juego, ni construcción y todo lo que estaba bien ahora está mal. La única herramienta con la que nos relacionamos es con la información.

El colegio mantiene la fórmula basada en la motivación de repetir, el que lo haga suficientemente bien, obtendrá una buena nota. El caso contrario, a la larga, no logrará ni siquiera pasar de grado. Y a mi entender ese castigo terrible, que consiste en repetir el grado entero, reservado justamente a los que se muestran más incapaces de repetir, es una especie de destierro. Y una frustración más grande que ese destierro es difícil de imaginar en la vida de un chico. En ese escenario, por el que todos hemos pasado, no parece haber demasiado lugar para lo crítico, lo divergente, lo múltiple o lo emocional, y seguro que no hay lugar ni para la colaboración, ni para la creación. “La obra de la verdadera educación consiste en educar a los jóvenes para que sean pensadores y no meros reproductores de los pensamientos de otros hombres” (Elena White).

Por eso Pink Floyd nos impactó tanto con The Wall. Por eso es tan memorable esa imagen que ha quedado asociada a la frase, también inolvidable: “Hey, Teacher! Leave the kids alone!”. La imagen de una multitud de chicos todos iguales arrojados a una picadora de carne. En esa escuela inglesa no tenía lugar formación alguna, a los alumnos se les estaba dando forma-to. Y no incorporo en vano este vocablo propio de la era digital, porque lo que empeora las cosas, es que esta escuela de la repetición sigue funcionando en un mundo atravesado por nuevas tecnologías que permiten la irrupción de nuevos medios como Facebook, Twitter, YouTube, etcétera.

Hasta la aparición de estos nuevos medios, la humanidad ha sido hablada: nos hablaba el maestro, nos hablaban los padres, nos hablaba la religión, nos hablaba el diario, nos hablaba la radio, nos hablaba la televisión, y nosotros en rol pasivo recibíamos información. Y esto no es un dato menor. La escuela responde a la estructura unidireccional, como casi todos los medios conocidos, y en su funcionamiento subyace entonces el mismo mensaje. Pero la cuestión es que a la luz de las nuevas tecnologías la humanidad tiende a ser cada vez más conversada. En las redes sociales, que desbordan la web, hay cada vez menos receptores pasivos. Todos, en algún momento, nos sumamos a la conversación como emisores. Y esperamos ser escuchados, vistos, leídos y atendidos tal y como escuchamos, vemos, leemos y atendemos a los otros.

Estos medios que conversan, entonces, tienen una característica básica, que contrasta con el formato escolar como lo conocemos: Ya no son ni unidireccionales ni verticales. Son cada vez más horizontales, bidireccionales, e incluso multidireccionales. ¿Pero qué sería en definitiva conversar? Para conversar hay que poder hablar, para hablar y expresar nuestras ideas necesitamos del lenguaje, la escuela tiene que poner especial énfasis en trabajar la comprensión lectora, pero fundamentalmente lo novedoso es la importancia de formarse y forjarse “en el arte de escuchar”, que es algo a lo que tampoco estamos acostumbrados, porque supone nuevos niveles de atención, de conexión y de emoción ante lo que todos los demás –y no este o aquel emisor privilegiado– tienen para aportar.

La oportunidad que las nuevas tecnologías ofrecen, y que nuestra educación corre el riesgo de desperdiciar, es la de construir una nueva relación con los medios. La escuela es un medio, la pregunta es ¿cuál es el fin? Marshall McLuhan nos iluminó con su síntesis “el medio es el mensaje”, la oportunidad es construir una escuela que forje en los chicos su forma de relacionarse con los medios, resignificando la frase a “la relación con el medio, es el mensaje”. El que persista en un accionar reactivo y reproductivo puede acabar como Chaplin en Tiempos Modernos (metáfora genial de la ya perimida era industrial): un operario que, al perder de vista la serie de repeticiones que se esperan de él, termina cayendo dentro de la máquina para transformarse él mismo en un engranaje.

Para que no sea un medio cualquiera el que nos de formato, para que nuestro pensamiento y nuestra inteligencia realicen el potencial creador que –a mi entender– corresponde al grado de evolución que estamos alcanzando, una cierta formación es indispensable. Sostiene Sartre que cada hombre es lo que él hace con lo que han hecho de él. Para poder resistirse a eso que han hecho de él, y para poder crear algo nuevo, hacen falta algunos conocimientos, y alguna capacidad de autogestión y de autorealización.

La declaración y la convención de los derechos del niño reconocen esto, y los países miembros de las Naciones Unidas concuerdan en la importancia que la educación de los chicos reviste. Pero “educación” se dice de muchas maneras. Etimológicamente, hay dos palabras latinas relacionadas con el vocablo y el concepto de “educación” como hoy lo utilizamos. Por un lado está el término Educare, que significa “instruir” o “inculcar”, y es algo que los derechos del niño contemplan y por todas partes se ve. Y por otro está la palabra Educere, cuyo sentido apunta, no tanto a lo que se puede introducir en los educandos, como a lo que se puede sacar de ellos, donde el proceso de adquisición es más importante que lo adquirido. En las declaraciones y las convenciones sobre los derechos del niño suelen omitirlo, y a mi entender es lo más importante. Se trata de fomentar el potencial que cada chico tiene de crear y de ser algo distinto de lo que los otros hagan de él.

En lugar de hablarles y hablarles a los niños para inculcarles preguntas ajenas y respuestas pre-establecidas, se trata de conversar con ellos para que puedan forjar sus propios problemas y crear soluciones nuevas. Por eso fallamos paradigmáticamente cuando le pedimos a un alumno que escriba una composición sobre la vaca. A los chicos puede o no que les interese la vaca, y no quieren responder acerca de lo que todo el mundo ya sabe. Necesitan un problema pertinente, y la emoción de aportar soluciones que –al menos a ellos– les resulten vinculadas a su mundo vital, vamos hablar de animales domésticos desde “composición tema tu mascota”.

En el orden del pensamiento, esto implica un aprendizaje significativo, en el que haya una conexión y una emoción alrededor del conocimiento que se intenta adquirir. Y en el orden de la inteligencia, la puesta en práctica de ese conocimiento requiere del “aprender haciendo”, que es el único modo de protagonizar verdaderamente el proceso de adquisición.

Pero se sabe que enfrentar problemas que significan algo para nosotros, con los que podemos conectarnos y emocionarnos, y colaborar en la creación de soluciones propias para ese tipo de problemas puede resultar un poco intimidante. Sobretodo cuando no estamos acostumbrados a ello. El desafío consiste entonces en formar y forjar alumnos y maestros que tengan el coraje y la voluntad de arrojarse a la creación de nuevos mundos, iluminando caminos, inspirando al prójimo, y haciendo que las cosas sucedan de manera innovadora. Para esto, entre los derechos del niño hay que hacer valer entonces un derecho a crear, que es también el derecho que tiene a colaborar con otros y a creer en sí mismo.

Asumo desde ya el riesgo que estas palabras conllevan. Voces partidarias de enfoques sistémicos e integradores podrán alzarse para criticar esta propuesta mía que pone tanto énfasis en el desarrollo de la capacidad de crear. No digo que otras capacidades no sean también necesarias. Lo que digo es que no son suficientes. Y como dice un amigo que en la medida en que el asalto al palacio nunca es ordenado, a mí no me caben dudas que a la hora de escoger una transformación educativa, ya no tan sólo hablar de más educación sino de una nueva educación, es la dirección a tomar.

Tony Wagner, el especialista en educación de Harvard, sostiene que la generación que viene tendrá que reinventar su trabajo, que nuestra generación fue la última que la tuvo fácil a nivel laboral: para nosotros se trataba todavía de encontrar un trabajo. Para nuestros chicos, en cambio, se tratará de crear un trabajo (el 65% de los chicos que hoy están ingresando a la primaria van a trabajar en actividades empresariales que aún no han sido creadas). En semejante contexto, es cada vez más urgente que empecemos a aprender y a enseñar a innovar, a conversar y a crear.


 

*Profesor, ensayista y conferencista internacional. Catedrático de la Universidad de Buenos Aires, ha creado el Centro Emprendedor GEN XXI (un centro universitario que se dedica a programas de desarrollo emprendedor y redes de contención a emprendedores), la red educativa Aula 365 y la publicación infantil Kids News, la primera que ofrece a sus lectores imágenes en 3D y realidad aumentada, que ahora aparece mensualmente con PERFIL.
Ha escrito, como co-autor, los libros Manual Básico de Consulta para Emprendedores, Las claves del Marketing actual y Marketing y Competitividad.



Pablo Aristizabal