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El desafío del desarrollo: ni Corea ni Australia

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Si hay algo que une los discursos a veces divergentes de los candidatos para las elecciones de este mes es que todos plantean que la Argentina necesita avanzar “hacia el desarrollo”. Lo que no queda tan claro en general es hacia qué tipo de desarrollo se planea avanzar.
¿Qué entendemos por desarrollo? En el gráfico pueden observarse dos variables para 57 países de diferentes regiones (países que en conjunto dan cuenta de casi el 95% del PBI mundial). La primera variable en el eje vertical muestra el porcentaje de las exportaciones de bienes de un país que corresponden a las manufacturas de media y alta tecnología (maquinarias, productos electrónicos, autos o aviones, y buena parte de la industria química,
entre otros). Los países que se encuentran más arriba en el gráfico exportan mayormente este tipo de bienes, en tanto que los que se encuentran en la parte inferior poseen una canasta exportable dominada mayormente por los productos primarios, las manufacturas intensivas en recursos naturales (alimentos elaborados o petróleo refinado, por ejemplo) o las manufacturas de baja tecnología (textiles, indumentaria, calzado, muebles o juguetes, entre otros).
La segunda variable en el gráfico atraviesa al eje horizontal. La hemos denominado “Capacidades tecnológicas”, y se basa en dos indicadores tales como el gasto en investigación y desarrollo (I+D) como porcentaje del PBI (datos de Unesco) y
las patentes per cápita. Refleja, básicamente, la habilidad de la estructura productiva de un país (sus empresas e instituciones) para hacer uso de la tecnología existente y de generar nuevos conocimientos.
Del cruce de ambas variables surgen cuatro cuadrantes. El cuadrante noreste (NE) muestra a aquellos países que exportan mayormente bienes de media y alta tecnología, y que además tienen altas capacidades tecnológicas endógenas. Aquí encontramos países como Estados Unidos, Alemania, Japón, Corea del Sur, Suecia o Finlandia, entre otros. En el cuadrante sudeste (SE) se encuentran tres países que, pese a estar especializados en recursos naturales, también tienen altas capacidades tecnológicas. Noruega, Australia y Nueva Zelanda se encuentran aquí.
En el cuadrante noroeste (NO) tenemos países que exportan mayormente bienes de medio y alto contenido tecnológico, pero con reducidas capacidades tecnológicas. Aquí se encuentran países como Filipinas, México y Tailandia. Se trata de países que se limitan a ensamblar este tipo de manufacturas (maquila), etapa de la cadena productiva de menor valor agregado y salarios más bajos. Las fases de diseño, investigación y desarrollo, marketing o comercialización ligadas a la producción, y que son las que mayor renta capturan, no se desempeñan en estos países, sino en los que están en el NE del gráfico.
En el cuadrante sudoeste (SO) encontramos a los clásicos casos del subdesarrollo: países que exportan mayormente productos primarios, manufacturas derivadas de éstos, o manufacturas de baja tecnología, y que además tienen bajas capacidades tecnológicas nacionales. La Argentina se encuentra dentro de este cuadrante, junto a países como Chile, Uruguay, Perú,
Arabia Saudita, Qatar o Nigeria, entre otros. Por último, hemos definido un quinto tipo ideal de países, los “intermedios”, que si bien son heterogéneos respecto de la composición de sus exportaciones, disponen de capacidades tecnológicas locales nada despreciables. Aquí encontramos a China (que hace unos años estaba en el NO y ahora está yendo velozmente hacia el NE), Brasil o Rusia, entre otros.
¿Qué relación hay entre lo expuesto y el desarrollo? Que todos los países que están en el “este” (derecha) del gráfico tienen niveles de desarrollo humano (altos niveles de educación, salud y PBI per cápita) mayores a los del “oeste”. Tener alta calidad de vida, entonces, parece estar más ligado a las capacidades tecnológicas locales que a la composición de la canasta exportable.

¿Y la Argentina?A partir de este diagnóstico, podemos preguntarnos entonces hacia dónde debería ir la Argentina. Hemos diferenciado tres escenarios. Uno implicaría que hagamos un sendero de desarrollo parecido al de Corea del Sur, país que hace medio siglo estaba en el vértice inferior. Pero ese recorrido es irreplicable en la Argentina, por varias razones. En primer lugar, Corea no tiene los recursos naturales que la Argentina sí, de modo que estaríamos subutilizando un potencial enorme. Segundo, este escenario que hoy también viene recorriendo China implica un punto de partida de salarios más bajos, lo cual ha requerido en países como Corea (y China) marcos autoritarios, algo (afortunadamente) impensable en estos pagos. Asimismo, vale agregar que Corea pudo recorrer exitosamente ese sendero en parte gracias a un fuerte apoyo geopolítico en el marco de la Guerra Fría. Corea tuvo déficit de cuenta corriente entre 1962 y 1985, financiado en parte por los Estados Unidos; Argentina, por el contrario, no ha revestido (ni reviste) tal interés geopolítico.
Otro escenario posible supondría que la Argentina recorra el camino australiano de fuertes encadenamientos entre los recursos naturales y el entramado científico-tecnológico. Esta experiencia cuenta con dos problemas: primero, que la dotación de recursos naturales per cápita de Australia es cuatro veces superior a la de la Argentina, según estimaciones del Banco Mundial. De este modo, una parte importante de la población quedaría fuera del mercado de trabajo, a la vez que la generación de divisas sería mucho más baja. Segundo, que Australia ha tenido históricamente un crónico déficit de cuenta corriente, financiado por Estados Unidos, aliado geopolítico clave.
La estrategia argentina correcta parecería ser la de un tercer escenario que implica potenciar los recursos naturales, a la vez que se diversifica la matriz industrial hacia segmentos en los que se pueda evitar la competencia con China, que viene arrasando a partir de una productividad y escala crecientes, y salarios relativos menores. El éxito de este escenario depende de una multiplicidad de factores, que van desde la integración regional hasta la propia calidad de las instituciones locales, así como de una política productiva de país de largo plazo

* Economista jefe CEU-UIA.
** Magister en Sociología Económica (Idaes-Unsam).



Diego Coatz* y Daniel Schteingart**