COLUMNISTAS

El desconcierto

Por Carlos Gabetta

PERFIL nos propone “reflexionar desde su campo de pensamiento sobre la transición que la Argentina comienza a vivir, después de más de una década de gobiernos kirchneristas”.
Menudo problema, porque “transición” da la idea de un punto de partida, de una sociedad que se dispone a ir hacia alguna parte. Y mi menudo problema particular es que en este breve espacio debo explicar por qué creo, en base a los datos que manejo, que actualmente la sociedad argentina gira sobre sí misma; no parece ir en dirección alguna.
Ni el gobierno peronista versión K ni el conjunto de la oposición parecen abarcar la magnitud actual del problema argentino, que va más allá de la crisis económica, política e institucional, de la corrupción oficial y subterránea, de la violencia y el esperpento. A estas alturas, es un problema cultural, en sentido antropológico, ya que entre nosotros la democracia reitera y profundiza sus vicios; se deteriora.
Se atribuye a Jovellanos la idea de que “los pueblos no tienen los gobiernos que merecen, sino los que se les parecen”. Nos calza como un guante, porque no somos un país monárquico o feudal, con una población atrasada. Sino un país rico en recursos, con una clase media sólida e ilustrada, científicos, técnicos y mano de obra calificada. Y aunque todo eso esté en franca decadencia, sigue vivo, vigente. Desde hace treinta años, nuestros gobiernos son elegidos por el pueblo; es decir que somos un país democrático. Y ocurre que en estas tres décadas, por no hablar del medio siglo anterior, hemos tenido asonadas militares, hiperinflación, corralito y crisis de la deuda (que ahora se reitera); pérdida de la autosuficiencia energética; altísima inflación nuevamente; disparada del dólar; saqueos masivos; aumento exponencial de la inseguridad y el narcotráfico; dos presidentes “idos” antes de finalizar mandato; cuatro presidentes en una semana; un vicepresidente renunciante; un vicepresidente en ejercicio procesado en varias instancias judiciales; colaboradores presidenciales implicados en el tráfico de efedrina. Cuando se cumplieron treinta años de esta sucesión democrática inninterrumpida, la presidenta Cristina Fernández bailó la cumbia villera en el balcón de la Casa Rosada junto a la vedette Moria Casán. Unos pocos días antes, habían ocurrido los saqueos masivos a miles de comercios en todo el país, con un saldo de 11 muertos. Telón. Con disculpas por el autobombo, aunque se verá que viene al caso, he publicado un libro sobre el tema: La encrucijada argentina: República o país mafioso (Planeta). Y hay otros, por supuesto.
Lo realmente preocupante es que todo eso ha adquirido entre nosotros una suerte de carta de ciudadanía; devenido algo habitual, normal, a juzgar por la actitud de los ciudadanos, con las excepciones del caso. El mejor indicio de este acostumbramiento a lo ilegal, desde sus más pequeñas manifestaciones cotidianas hasta que un presidente de la república en ejercicio compre 2 millones de dólares en el Banco Central, es la actitud de los líderes y partidos de oposición, que se guían por las encuestas de opinión ciudadana.
Así, la oposición sólo “trabaja” para ganar las elecciones y ocupar el lugar que dejará el peronismo en versión K. Basta observar las huecas idas y venidas entre peronistas que huelen los vientos, liberales que quieren tomar el liberalismo en sus manos y socialdemócratas desconcertados. Nadie parece tener un diagnóstico sobre la profundidad de la crisis. De un programa detallado para desmafistizar las instituciones y corporaciones y encauzar la economía; de la gravedad e implicancias de la crisis mundial, nadie habla, nadie discute.
Algo va a salir de todo esto; algo “tiene” que salir. Pero sería aventurado predecir su rumbo y contenido. Esto no es aún una transición; seguimos en un círculo vicioso.

*Periodista y escritor.



Redacción de Perfil.com