COLUMNISTAS ESCENARIO PASO

El día después

El Gobierno pone todo, y la renovación del peronismo queda en manos de la ex presidenta.

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LISTAS LAS LISTAS J.D. Perón
LISTAS LAS LISTAS J.D. Perón Foto:PABLO TEMES
Argentina tiene un sistema político basado en liderazgos individuales, no en partidos políticos. Por eso se conforman ante cada elección alianzas circunstanciales o “espacios”. Se trata de construcciones de duración variada pero siempre gelatinosas, maleables, ideológicamente difusas y que carecen por la general de los acuerdos necesarios para seleccionar candidatos utilizando los mecanismos vigentes (las PASO). Lo mismo ocurre con la confección de programas o propuestas (derivados de sondeos que focalizan en las prioridades puntuales de los votantes más probables). De este modo, queda totalmente vacante la función que deberían tener los partidos: canalizar las demandas de la sociedad, priorizarlas, identificar potenciales soluciones e implementarlas desde la función pública o desde una banca en el Poder Legislativo.

Asimismo, los partidos deberían potenciar durante los contextos electorales su contribución a alimentar el debate democrático, fomentando el intercambio de ideas, valores, programas, incluso alguna que otra utopía. La riqueza de una sociedad plural, abierta y dinámica requiere efectivamente fuerza, amplitud y diversidad: el magma del cual surge y al que alimenta la democracia deliberativa.
En efecto, el stock de capital intelectual de una sociedad libre debe alimentarse y renovarse de forma permanente. De lo contrario, con fronteras simbólicas rígidas, a menudo incluso infranqueables, nos encerramos en oscuros laberintos discursivos repitiendo sistemáticamente las mismas fórmulas, idénticos lugares comunes, esas frases tristemente célebres que obstaculizan nuestra posibilidad de pensar distinto, ver las cosas desde una óptica original, salir de nuestra zona de confort. Esto ocurre aunque el resultado material e institucional (las consecuencias de comportarnos de ese modo) sea claramente decepcionante y nos hayamos convertido en un ejemplo global de reversión de desarrollo y fracaso colectivo.

Sui generis. Cuesta reconocerlo, pero somos un caso atípico de país que, teniendo todas las condiciones para estar cada día un poco mejor, se empeña en desperdiciar las infinitas oportunidades de mejora continua para regodearse en el fango de la autolimitación y el posibilismo amarrete.
 La crisis de representación se convirtió en una constante en todas las democracias modernas. Pero nuestro caso es peor: sin partidos que estructuren la escena política, la siempre compleja representación de intereses se diluye entre corporaciones fragmentadas y poco efectivas que sólo pugnan por defender demandas sectoriales. Los líderes políticos tratan de sobrevivir desplegando esfuerzos enormes para sostener una presencia mediática ante la necesidad de supervivencia. Y los medios de comunicación, viejos y nuevos, analógicos y digitales, tienden a ocupar, ante la ausencia de un marco institucional adecuado, un papel que no les corresponde: consagrar en la escena pública los conflictos que consideran más relevantes. Es decir, la agenda de los medios y la agenda política tienden a confluir, con el agravante de que se establecen incentivos perversos pues cualquier conflicto, aun el más marginal, necesita escalar mediante medidas de fuerza (huelgas, manifestaciones, piquetes) para convertirse en un hecho comunicable y de ese modo lograr la atención de las élites.

Por eso las PASO no sirven para nada. Porque suponen la existencia de actores políticos que en la práctica brillan por su ausencia. Por primera vez en nuestra historia, la Constitución de 1994 les reconoce a los partidos el status de instituciones fundamentales del sistema democrático. Ya se venían debilitando cuando eso ocurrió: la híper de Alfonsín y el triunfo de Menem liquidaron esa breve intención de implantar en la Argentina un régimen de partidos “a la europea”, con el que se habían entusiasmado, con demasiada ingenuidad,
algunos de los protagonistas de la última generación del 80 (la del siglo XX). Pero en los últimos 25 años, los partidos terminaron de pulverizarse, sobre todo a partir de la gran crisis de comienzos de siglo. Hoy son sólo cáscaras vacías, maquinarias electorales oxidadas, con identidades sumamente laxas, que para algunos pocos siguen sirviendo de agencias de empleo transitorio.

Cisnes grises. Anoche fue la fecha límite para presentar la lista de candidatos y algunos esperaban un “milagro” de último momento: un cisne negro que cambie la dinámica de una elección en la que, en principio, la fragmentación de la oposición parece facilitar el triunfo del oficialismo. Recordemos que, según Nassim Taleb, se denomina “cisne negro” a un evento no previsto, de bajísima probabilidad y enorme impacto. Si estamos esperando que ocurra, si hay especulaciones sobre sus consecuencias, se trata de otra clase de acontecimiento.

De todos modos, tampoco está claro que la fragmentación de la oposición alcance para facilitarle el triunfo al oficialismo. Es cierto que en varios casos (1985, 1991, 1993, 1995, 2005, 2007, 2011), la oposición –dividida, descoordinada, compitiendo entre sí– hizo todo lo posible para que ganase el partido de gobierno. Cuando ocurrió lo contrario (1987, 1989, 1997, 1999, 2009, 2013 y 2015), la oposición logró triunfos resonantes y hasta forzó la alternancia en el poder. Este antecedente no parece haber sido lo suficientemente persuasivo como para convencer al presidente Macri de que, contrariamente a lo que había prometido en diciembre pasado, valía la pena sacrificar al “mejor ministro de Educación de la historia” (inusual mimo para Esteban Bullrich) para que sea candidato en la provincia de Buenos Aires. Abandonando entonces la idea de ir con candidatos jóvenes y relativamente desconocidos, Cambiemos puso en ese distrito clave toda la carne en el asador. Caído el pase de Facundo Manes, hubo una cuidadosa selección de las figuras más taquilleras. Y la inteligente exclusión de cualquier dirigente al que se le pudiera preguntar de economía: no parece ser una cuestión que el oficialismo quiera incluir en el menú electoral. Como decía el gran Luca Prodan, mejor no hablar de ciertas cosas.

Frente a su inacción en los últimos 18 meses, la estética y la retórica renovadas de CFK le generan al peronismo un nuevo obstáculo: es ella la que toma la posta de la transformación, relegando a su partido –con el que  nunca comulgó– a un papel secundario. Nadie sabe el impacto que tiene esta operación simbólica en el electorado independiente.
Pero vuelve a demostrar que, con casi nada, excepto la colaboración del gobierno nacional ahondando la polarización, Cristina retoma protagonismo en un ciclo electoral en el que casi todos los jugadores tienen demasiado para perder.