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El diapasón brasileño

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Las inéditas manifestaciones en Brasil no guardan ninguna semejanza con las tradicionales manifestaciones argentinas. Si busca parentescos, olvídelo. Las breves imágenes de revuelta que vehiculan los medios argentinos se equivalen a esos golazos de los equipos que pierden 6 a 1: entran en la edición pero no reflejan el trámite del partido.

Primero, en Brasil no es “el pueblo” el que protesta (“pueblo” en el sentido de “todos”). Ni siquiera son los pobres, los de las favelas. Desde el comienzo y aún –por ahora–, es una protesta básicamente estudiantil. Tampoco es la Primavera Arabe. Aquí no se vivieron los horrores de Kadafi ni la dictadura de Mubarak. Ni siquiera es Turquía porque en Brasil hay oposición y no existe ningún laicismo disfrazado. Poner las cosas en su lugar es un buen ejercicio, especialmente frente a una sociedad agresiva como la argentina, que no habla, grita; que no dialoga, impone, y por ello cree que “todos los demás son así”. No, Brasil no conoce esos tonos, tiene otro diapasón; se regula en otra frecuencia.

Todo comenzó, silenciosamente, un mes atrás en Porto Alegre, capital del Estado de Rio Grande do Sul, cuyo PIB es similar al de Chile. El municipio aumentó la tarifa de los ómnibus veinticinco centavos convirtiéndola, proporcionalmente, en la más cara del país. Una protesta estudiantil, sin virulencia ni barullo, generada por el Movimiento Pase Libre, lo devolvió de un día para otro al precio anterior. Fue, como casi siempre sucede en Brasil, en paz. Días después, el 4 de junio, el transporte público aumentó en ocho capitales y los jóvenes del mismo Movimiento PL, que pretenden “tarifa cero”, vía twitter, organizaron una manifestación en San Pablo, la mayor ciudad de América latina. A partir de allí, la televisión hizo lo suyo hacia afuera y las redes sociales hicieron su parte hacia dentro.

El Movimiento Pase Libre fue fundado en una asamblea plenaria del Fórum Social Mundial de 2005, precisamente en Porto Alegre, que siempre hospeda el evento por ser la ciudad más izquierdista del país (tal vez de nuestro subcontinente). Nació también como consecuencia de una “huelga de usuarios” de ómnibus que se registró en Salvador, Bahía, nordeste del país, en 2003; por diez días se paró, casi literalmente, la ciudad a causa –precisamente– de un aumento en el precio del bilhete colectivo. Al nacer, la principal propuesta del Movimiento PL solicitaba la migración del transporte privado para convertirlo en público y, más que subsidiado…, gratis; pretendía, según sus propias palabras, un sistema “sin exclusión social”. Romántico. Pero difícil. Aunque puede bajar un poco más, porque el boleto todavía contiene entre 9 y 20% de carga tributaria (varía según la municipalidad).

Una década después, Brasil cambió –para mejor– muchísimo. Esa reivindicación hoy no tiene tanto sentido. Excepto para los estudiantes, donde el aumento de 20 centavos de Real en el boleto único paulista de R$ 3 generaría un costo extra de 6,66% en su presupuesto de movilidad; más o menos el 2% de lo que un joven estudiante gasta, en media, mensualmente entre todos sus consumos. Así, para ellos, la manifestación de San Pablo tenía sentido. Sólo que la municipalidad paulista, esta vez, no los escuchó tan rápido como deseaban y mantuvo el precio, que por inflación debiese costar R$ 2,80. Monedas para unos, fortuna para otros.

Días después, no sólo se repitió esa manifestación en San Pablo, sino que se extendió, siempre organizadas por el pacífico Movimiento Pase Libre, a todas las capitales donde aumentó el boleto único (igual, es despareja la relación de ciudad para ciudad, porque con base en el salario medio, en San Pablo el aumento representa 13 minutos de trabajo mientras que en Brasilia menos de 5 minutos. Para esas marchas, vía Facebook, se sumó hasta quien ni sabía los motivos de la convocatoria. Por ser una movilización estudiantil, la televisión se entusiasmó mostrando su crecimiento de un día para otro. Y como la mayoría de quienes salieron primero a las calles fueron mujeres, rápidamente aumentó el número de muchachos (cualquiera que fue joven sabe que en estas marchas se conocen chicas lindas y, principalmente, “con actitud”).

Una semana más tarde, muchos padres, participantes de las movilizaciones llamadas Diretas já que en 1983/84 pidieron –y consiguieron– elecciones presidenciales directas, sintieron que debían acompañar a sus hijos. Creció el número de modo suficiente como para que los “oportunistas y vándalos que nunca faltan” también se sumasen. Ellos incendiaron un auto, saquearon joyerías, rompieron vidrios y les dieron a los noticieros de televisión internacional las imágenes que precisaban para llenar sus informativos. No fueron los manifestantes, pero como la audiencia sólo ve “eso que le muestran”, cree que el país está dado vuelta, cabeza para abajo. La policía también hizo su parte: por falta de experiencia en este tipo de actos maltrató a los bandidos y a los pocos más exaltados.

Pese a lo que se ve en la TV, estas manifestaciones no son como las argentinas. Ni lo sueñe. Primero, porque la violencia por la violencia misma no está en el ADN del brasilero. Y segundo porque no hay justificaciones reales y valederas colectivas para que se ponga en riesgo el equilibrio democrático brasilero. Claro que la causa de los 20 centavos en el transporte –ya corregidos, otra vez cuesta R$ 3 en San Pablo y R$ 2,75 en Río de Janeiro, como en los últimos quince meses– ayudó para que en las protestas y en el famoso “ya que estamos” se reclamase por otras banderas como mejoras en la educación, en los sistemas de salud, contra la inseguridad callejera y la corrupción política. Nada nuevo bajo el sol brasileño.

Sólo que, por curiosa coincidencia de momento (comenzaba en seis capitales estaduales brasileras la Copa de las Confederaciones –una mini y desabrida previa del Mundial del próximo año–), se asoció el ítem corrupción a los gastos, no siempre bien explicados, en la construcción de nuevos estadios. Allí, equivocadamente, hasta el ex goleador Ronaldo opinó y la bola creció mediáticamente mucho más que en la realidad.


*Periodista argentino. Director de Editorial Perfil Brasil.



Edgardo Martolio