COLUMNISTAS COPA DAVIS

El dobles subió otro peldaño y Argentina quedó a un pasito de firmar una epopeya

La pareja Nalbandian-Zeballos remontó un mal inicio y venció a Benneteau-Llodra por 3-6, 7-6 (3), 7-5 y 6-3. Hoy, Mónaco o Berlocq pueden conseguir el pase a semifinales.

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Cuando en febrero eliminó a Alemania con un resultado tan contundentemente inesperado, pensar en el futuro inmediato daba vértigo: un equipo argentino sin Del Potro, con un Mónaco casi sin partidos en el año –en efecto, hasta el de anteayer, sus dos únicos éxitos en 2013 fueron ante los alemanes–, con Nalbandian aparentemente reducido a jugar sólo el dobles y un Berlocq convertido en el debutante copero más veterano en la historia de nuestro tenis debía enfrentar el primer fin de semana de abril, antes que otro rival de cuatro jugadores, a todo el tenis francés, con lo que ese concepto implica.

Francia representa casi todo aquello que debería aspirar a ser cualquier nación interesada en el mundo de las raquetas: es socio fundador e indivisible en el club de los Grand Slams, es una de las naciones más ganadoras en la historia de la Copa y así como hoy hablamos de la Armada y sabemos que hablamos de España, o de la Legión y sabemos que hablamos de la Argentina, cuando hablamos de Los Mosqueteros el mundo sabe que nos remitimos a los cuatro fenómenos que hicieron de Francia la gran potencia previa a la Segunda Guerra Mundial.

Francia también impresiona en lo institucional. No solamente tiene un sistema que permite que, con un bajo costo, cualquier aficionado al tenis aporte al sustento de su estructura de desarrollo sino que es muy frecuente ver a sus jugadores, incluso los más jóvenes, permanentemente asistidos por entrenadores, preparadores físicos, nutricionistas, kinesiólogos y hasta algún sabio del tenis, habitualmente aportados por la Federación Francesa de Tenis.

Su presente en el circuito potencia el respeto: tiene nueve jugadores entre los cien mejores del ranking, incluidos seis mejor clasificados que el segundo singlista argentino.

Expresado en términos bélicos, esta Davis de abril podía asemejarse a un choque entre las tropas de Napoleón y el gomón de Berni.

Sin embargo, al tenis no juegan doce contra uno. Son uno o dos por lado según se juegue singles o dobles y el conflicto queda circunscripto sólo a ellos. Ese es uno de los motivos por los que fue posible llegar 2 a 1 arriba a un domingo que el tenis argentino espera que sea de los más gloriosos de su historia.

La cercanía de la gran emoción tienta a escribir exclusivamente del dobles histórico que ganaron Zeballos y Nalbandian. Sin embargo, como tengo la sensación de que un eventual triunfo argentino sería la consecuencia de una cantidad de méritos en cadena, no puedo ignorar a esta altura lo que pasó el viernes.

Berlocq estuvo, una vez más, por encima de las circunstancias. Como ante Kohlschreiber, llevó el partido a su terreno, lo extendió casi hasta las cuatro horas y convirtió en un semejante a un rival sustancialmente más encumbrado. La diferencia con aquella tarde de febrero no fue menor. En aquella ocasión no sólo sumó el primer punto argentino sino que poco menos que sacó de la serie al número uno alemán. Ayer terminó perdiendo ante un rival con mucho más poder de fuego que aquél y, sobre todo, de un portento físico superior.

En todo caso, el tenis demoró cinco sets en definir una lógica que, en cualquier semana del circuito, se hubiera resuelto bien temprano.

Enorme mérito del hombre de Chascomús en sobreponerse a una serie de contratiempos que ni siquiera debería haberle permitido llegar al quinto parcial.

El amanecer de la serie nos ilusionó en el primer set, nos abofeteó prontamente con dos parciales que Tsonga ganó en apenas una hora y nos llenó de entusiasmo con la impensada resurrección de Berlocq. Todo eso paso antes de, finalmente, toparnos con que la lógica del juego terminó superando a los intangibles de la Copa. Nunca estuvo Berlocq cerca de ganar. Pero volvió a dejar en claro que el precio de su cabeza en la Davis es bien alto.

Por lo demás, podremos asegurar que por el Mary Terán de Weiss del Parque Roca pasó una auténtica curiosidad de este deporte. Tsonga es, sin dudas, uno de los diez mejores tenistas del mundo. Por atleticidad, podría haber sido integrante del seleccionado francés de rugby, de básquet, de handball, de taekwondo o de judo. Por lo general, su potencia se asocia con cierta versatilidad para que todos comprendamos por qué eligió una raqueta. A veces –se vio el viernes de a ratos– interpreta el tenis como un auténtico yudoca. En todo caso, Berlocq le avisó a Mónaco que Tsonga en polvo de ladrillo puede estar a la mano.

Se trata de un auténtico trabajo en equipo, porque un rato más tarde el tandilense le avisó al de Chascomús que Simon sigue siendo ese jugador indescifrable al que Charly ya derrotó dos veces seguidas en 2012. Enorme mérito de Mónaco sobreponerse a sus propios fantasmas que lo llevaron de una inminencia de 5 a 1 y el saque a salvar dos set points en un capítulo inicial que pareció decisivo en el resto del asunto.

Es probable que el 1 a 1 del viernes –la mayor parte de los pronósticos, incluido el mío, consideraba ese empate un buen resultado para Argentina– haya tenido un efecto derrame en el ánimo de los doblistas argentinos. No sólo Francia seguía estando a tiro sino que su número uno sufrió para ganar su encuentro y su número dos fue una caricatura de tenista.

Es difícil pensar en el dobles de ayer sin empezar y concluir con las emociones del final. Es estéril detenerse en el primer set adverso; ni siquiera el equilibrio del segundo y el regalo tardío de Pascuas que hizo Llodra en el tie break merecen ya tanta atención.
Fue el tercer set el desatanudos de un partido que parecía perdido.

Francia ganaba 4 a 1 y tenía punto para otro quiebre. De inmediato Zeballos salvó dos set points para 6-2. Mientras, David Nalbandian estaba jugando el peor tenis que se le recuerde en dobles coperos. De pronto, casi como si el involuntario pelotazo que le pegó en la espalda a Llodra hubiera activado en él el don de la justeza absoluta, el cordobés volvió a ser la llave maestra para apuntalar a un Zeballos que fue siempre el mejor argentino y que terminó siendo un obstáculo intratable para los franceses tanto en los games de saque como en los de devolución.

Casi imperceptiblemente, la pareja argentina ganó cinco games seguidos, quebró el saque rival un rato más tarde en el cuarto set y terminó dando cátedra.

Fue un vuelco brutal en el que la pareja favorita, la de los mejores antecedentes, la del solista con mejores resultados en el circuito de dobles, quedó reducida a la nada misma.

La emoción de ayer no la borra nadie y el festejo loco entre hinchas, jugadores y cuerpo técnico ya debe tener su corte en el clip de fin de año de la Davis. Sin embargo, las semifinales aún están lejos. Hay decenas de argumentos tenísticos, de antecedentes y de pensamientos sesudos que podrían ayudarnos a matizar la ansiedad de la espera. Les propongo no perder tiempo con tanta palabrería,  y seguir considerando favoritos a los franceses. Desde ese lugar, el de respeto por el rival, la humildad, el laburo y la confianza en la fuerza propia, es que la Argentina llega otra vez al domingo con una doble chance para seguir adelante.

Permítanme compartir un pensamiento que no debería hacer en voz alta. Que esta Argentina incompleta e inestable le gane a una Francia omnipotente me sigue pareciendo un sueño entrañable. Entrañable y enorme. Tanto como para que, de concretarse, coloquemos un eventual triunfo en la galería de las epopeyas más importantes de la historia de nuestro tenis.



Gonzalo Bonadeo