COLUMNISTAS TOTALITARISMO

El documental

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Estoy sentado en el living vacío de mi casa nueva, con la computadora apoyada en una caja de cartón. Cada tanto hago reload para ver cuánta gente está viendo la película de Néstor Kirchner en versión Israel Adrián Caetano. Son muchos. Hace un rato terminé de ver El Olimpo vacío, el documental sobre Juan José Sebreli que agotó funciones en el Bafici. ¿Desde cuándo nos interesan tanto los documentales?

Arriesgo: no nos interesan más que antes. Lo que nos interesa es la verdad, y algo se rompió en la cadena civilizada que habilita a la ficción a ofrecernos respuestas más profundas y complejas. Si cada domingo hay millones esperando que empiece el programa de Lanata, no es porque la realidad supere a la ficción, sino porque la realidad del totalitarismo no ofrece las condiciones necesarias como para que la ficción pueda ayudarnos. Es parecido a lo que pasa con la política, que tampoco nos interesa más que antes. Nos interesa menos, nos agobia al invadir espacios de la vida privada que no le corresponden, tanto que terminamos hablando de política –e incluso haciendo política– contra nuestra propia voluntad, para salvarnos, porque no nos queda otra. No es que nos interesen los ladrones; es que entraron a robar en casa y algo hay que hacer.

Las dos películas –el documental condenado de Caetano y el retrato de Sebreli que trazan Azzi & Raccioppi– son muy distintas. La primera es una obra de arte, fatalmente obstaculizada por su entorno, y sin embargo empeñada en salvar esos obstáculos. El protagonista de NK es Caetano, no Kirchner: el que tiene un problema es él, y la película cuenta la historia de todas las maneras que se le ocurrieron para intentar resolverlo. Si no tiene final es porque el final es la versión oficial firmada por De Luque, esa aberración. En ese sentido, NK se parece bastante al guión original de Adaptation, de Andy Kaufman, que irónicamente también fue amputado en la versión kirchnerista de Spike Jonze.

El Olimpo vacío aspira a mucho menos. Se conforma con seguir a Sebreli por la calle y escucharlo decir cosas que son todas ciertas, pero que no alcanzan para contar una historia. Esto no quiere decir que sea mala; es una película sincera, sutil y elegante en las formas que encuentra para mostrar la humanidad de Sebreli, en contraste con la monstruosidad de sus adversarios. Lo mejor está en sus momentos menos pedagógicos: en las transiciones, en la imposibilidad de Sebreli de encontrar las llaves o la billetera, en un exabrupto satánico de Antonio Cafiero, en la misteriosa disposición de las sillas de cocina de Beatriz Sarlo. Pero con todo lo bueno que tiene, El Olimpo vacío es indistinguible del making-of que hizo Nick Cave para acompañar la edición de lujo de su último disco. Depende de otra cosa (en este caso, de la escritura de Sebreli). No tiene vida propia.

Ambas películas hablan de lo mismo: de lo que hace el totalitarismo con nosotros. La de Caetano muestra a los victimarios y la de Sebreli muestra a una víctima. Nosotros las vemos y mientras tanto la vida sigue transcurriendo sin que podamos ocuparla en algo que no sea esta enfermedad. Es lógico que así sea. Iron Man 3, la película buena de verdad que se estrenó esta semana, no podría tener lugar en una sociedad ocupada por el kirchnerismo. Pero si no aspiramos a Iron Man 3, o a cualquier expresión equivalente en la cual lo que nos importe sea algo más que estos hijos de puta, no nos los vamos a sacar de encima nunca. Mientras sean el único problema en nuestra historia, la historia seguirá siendo solamente sobre eso, para siempre. En el mejor de los casos seremos Sebreli, que tiene razón en todo pero no sabe dónde puso las llaves, porque no sale nunca de su casa.

Si aspiramos a algo más que el documental –a la invención, a una historia propia–, el populismo deja de ser el problema para convertirse en un obstáculo. Y ahí es cuando las cosas pueden empezar a cambiar.

 

*Escritor y cineasta.



Guillermo Raffo