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El enigma de la relación entre Cristina y Amado

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Amado Boudou era el modelo de lealtad para Cristina Kirchner. Tanto, que se lo estampó como ejemplo de virtud al entonces canciller Jorge Taiana cuando lo acusó de filtrar información a Clarín. Fue en aquella célebre conversación telefónica cuando las recriminaciones presidenciales de deslealtad superaron la tolerancia de Taiana y lo llevaron a presentar su renuncia. Tan leal lo consideraba la Presidenta a Boudou que lo imaginó como su sucesor, como el candidato que se alzaría con un triunfo en 2015 y quedaría a cuidado del poder presidencial. Cuatro años después de aquella discusión, Cristina Kirchner carga al vicepresidente como un lastre y se encamina a 2015 sin candidato.

Boudou, adalid de la lealtad, dejó al Gobierno helado en abril de 2012 cuando públicamente acusó al estudio del procurador Esteban Righi de ofrecerle sus servicios para limpiarle las denuncias. Righi siguió los pasos de Taiana y pegó un portazo. Cristina Kirchner había autorizado secretamente a Boudou a acusar al procurador, a pesar de que Righi lucía como oropeles setentistas el haber formado parte del efímero mandato de Héctor Cámpora.

El vicepresidente era el paradigma de lealtad. Designaba funcionarios con una facilidad sorprendente. El kirchnerismo observaba azorado su expansión, que incluso había llegado a rivalizar con la influencia de Carlos Zannini. Y de pronto su ascenso se frenó en seco. Cristina Kirchner lo relegó a un papel puramente formal. Fue exiliado al Purgatorio.

Las denuncias por el caso Ciccone estuvieron muy lejos de ser la razón. Las mil y una versiones en torno al motivo aluden a un enojo de la Presidenta nacido de una afrenta personal. La mayoría de los funcionarios de la Casa Rosada afirman que el incidente ocurrió poco después de la muerte de Néstor Kirchner. Pero estalló cuando adversarios de Boudou llevaron las pruebas de la ofensa al despacho de la jefa de Estado. Justamente en un momento de dolor de la familia presidencial. Y así fue echado del estrecho Paraíso que rodea al sillón presidencial.

Fue entonces cuando nació el operativo contención del vice, cuando Zannini ordenó reducir a la mínima expresión su protagonismo político. Desde entonces, Boudou se dedicó a viajar como representante del gobierno argentino en las ceremonias protocolares del extranjero. El modelo de lealtad convertido en una figura decorativa.

Fue así hasta que el juez Ariel Lijo lo acorraló. Hasta entonces, se creía en el Gobierno que los problemas del caso Ciccone se acotaban a Boudou. Pero el juez envió señales que indicaban que la onda expansiva podía extenderse. La Presidenta se convenció de que detrás de las denuncias contra Boudou se escondía la intención de ir por ella. El miércoles ordenó responder. El kirchnerismo prepara una réplica como en 2008 lo hizo contra las protestas agropecuarias. A Boudou se lo vio nuevamente entusiasmado. Las desgracias judiciales le devolvieron la atención de Cristina Kirchner.



Damián Nabot