COLUMNISTAS SIN MESSI

El equipo demediado

¿Cómo armar, entonces, un proyecto más allá de la figura excluyente que nos facilita todo?

“Se había salvado sólo una mitad, que por otra parte estaba perfectamente conservada, sin un rasguño, exceptuando el enorme desgarrón que lo había separado de la otra parte.
Los médicos, satisfechos. ¡Uy, qué caso! Si no moría entretanto, hasta podían intentar salvarlo”
Italo Calvino (1923-1985); de su novela ‘El vizconde demediado’; el sobrino habla sobre su tío, Medardo de Torralba, V (1952).

En línea con el pensamiento binario que se impuso con fervor en estas pampas de crisis, la Selección Argentina ha jugado partida a la mitad contra Perú, en Lima. Seis para defender, cuatro para atacar y en el medio una maldita grieta, el mismísimo abismo de las ideas. Y así, claro, no se puede hacer bien ni lo uno ni lo otro.
Olvidemos por un rato a Messi para no tentarnos con el pensamiento mágico, esa devoción tan nuestra por el líder salvador, la figura heroica. ¿Cómo armar,  entonces, un proyecto más allá de la figura excluyente que nos facilita todo? ¿Alguien puede creer que Messi, incluido en este equipo demediado, puede jugar igual que en el hiperconectado Barça?
Somos, nadie lo duda y la historia no me deja mentir, capaces de nutrir al mundo de personajes de excepción, como para cubrir con posters las paredes del planeta: Gardel, Evita, Guevara, Maradona, Borges. Messi. Sin embargo derrapamos a la hora de unir voluntades en un proyecto político serio, un grupo de trabajo común, un modesto once futbolero. El mundo jura que nos conoce. De a uno, adorables seductores; de a dos, simpáticos  animadores de reuniones; de a tres o más… una asociación ilícita. No los culpo.
Este equipo de Bauza me recordó a los Galácticos del Madrid que vi tantas veces entre 2002 y 2004. Arriba, potencia y talento: Figo, Raúl y Zidane detrás del gordo Ronaldo, que tocaba tres pelotas por partido y hacía cuatro goles. En el medio, Makelele y su compañero de ocasión –Cambiasso, Helguera– que corrían hasta a su propia sombra para cubrir espacios, solos de toda soledad.

Cuando Makelele huyó al Chelsea harto de que le negaran un aumento y llegó el impecable Beckham, el equipo se partió como el Titanic. Por esa simple razón esos cracks alucinantes no arrasaron –como hubiese sido lógico– con todos los títulos de la época. Hace falta más que dinero y apellidos para armar un equipo.
Dybala ahogado por la banda; Agüero, con ese peso invisible en su espalda que en la Selección lo convierte en un retacón displicente que llega tarde o no llega, y Di María entre lo que ha sido y lo que no puede volver a ser. Los tres, detrás del hambriento Higuaín que –nobleza obliga– devoró de una sutil dentellada el único sandwichito que le alcanzaron en todo el partido. Tiene estilo para eso.

Esta película ya la vimos. Se llamó Con los 4 Fantásticos tenemos robo y fue estrenada con suerte dispar en Brasil 2014. Mmm… A veces uno aprende demasiado tarde que, en el fútbol y en la vida, dos más dos no siempre suman cuatro.
Durante la semana el tema fue Higuaín, aún condenado por errar goles en las finales. El jueves, Pratto, Alario, Wanchope Ábila o Icardi hubiesen vivido el mismo drama: bañar anzuelos sin carnada en una laguna sin peces. El pase del gol, milimétrico, exquisito, marcado por su astuto movimiento, salió del pie derecho de uno de los peores jugadores del equipo: Zabaleta, 1-2 siempre. El fútbol es así de asombroso.

Luego del primer gol argentino nos enteramos que la mujer de Funes Mori está embarazada –no quiero imaginar su festejo cuando llegue el parto– y que su incalificable peinado sumó una pincelada de color. En ambos empates peruanos también supimos que esos black out que cada tanto sufre en pleno partido no han desaparecido del todo, por desgracia.
Eso puede explicar su fatal distracción, y el inocente manotazo en el área. Pero jamás lo de Mascherano y su pase a la Avenida de los Incas. El peor que haya dado en su carrera: al medio, hacia atrás, a los pies de Paolo Guerrero, que facturó dos veces. Y nos hizo precio.
Ojalá el partido contra Paraguay sirva para redimir a Bauza y su equipo, involuntario clon del vizconde demediado creado por Italo Calvino. Su novela cuenta la historia de don Medardo de Torralba que, en plena llanura de Bohemia, fue impactado por un cañonazo turco –doloroso como lesión de Messi– en pleno corazón, que lo dejó tirado en el campo de batalla y partido en dos mitades. Literalmente.

Una mitad mala, brutal. La otra buena hasta lo ridículo, admirable al principio, rechazada después por su altruismo sin límites, tan intolerable como su lado oscuro. Finalmente los dos medios cuerpos del vizconde fueron unidos y él queda ni tan bueno, ni tan malo. Humano, digamos. Deberíamos probar esa costura mágica, compatriotas.
Mientras esperamos la tempestad de inversiones e imaginamos cambios en nuestro millonario plantel, el modesto partido por Copa Argentina entre Racing y Gimnasia y Esgrima escribió un nuevo capítulo en la riquísima historia de la estupidez nativa.

Como dos facciones enemigas de la barra de Racing se habían enfrentado a los tiros en Avellaneda antes del partido contra Patronato, la Aprevide juzgó  peligroso el viaje de los salvajes por la Autopista 2 hasta Mar del Plata, mucho más ahora que, nos desasnan, ya no son amigos de sus colegas de la pyme del bosque platense. Descartadas varias sedes alternativas –Quilmes, Arsenal, Lanús– algún genio propuso jugar a puertas cerradas, recurso top de nuestra Seguridad.
Qué inútil. La medida, digo. A puertas cerradas, más de una vez, se han peleado dirigentes, barras con carnet o periodistas partidarios. ¿Entonces? Pasó lo que tenía que pasar. ¡No-se-puede…!

Lo suspendieron, aunque la semana que viene los barras de Racing tendrán aún más kilómetros para dirimir sus cuitas, en viaje a Rafaela. Ay.
Tiene razón Einstein, muchachos. Solo existen dos cosas infinitas en este mundo: el universo y la estupidez humana.