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El espacio público

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Según se conciba la democracia, o bien como la sociedad con vocación de interrogar los principios constitutivos de la vida en común o bien como un formato de gobernabilidad para la reproducción que asegure la continuidad de la vida –subsistencia y seguridad–, el espacio público será tratado por quienes lo estudian, y aun por quienes lo habitan, en términos diferentes.

Para perspectivas diversas o incluso opuestas en su consideración, existe un acuerdo respecto de su centralidad actual.
Los ciudadanos se hablan, y la opinión y las acciones que derivan de sus palabras y gestos son lo que los mantiene unidos y diferenciados y lo que posibilita o bloquea las decisiones de los gobernantes. En este sentido, la representación es un área de lo público, y en el pasado era el dispositivo central de lo público político.
La reproducción o la transformación de las relaciones sociales tiene, por supuesto, soportes jurídicos o recursos simplemente de poder fáctico, pero en las sociedades democráticas el ámbito público es decisivo, pues en él se forma o pone en cuestión la legitimidad de los rumbos políticos y de las decisiones puntuales.

El debate sobre lo legítimo y lo ilegítimo, lo justo y lo injusto, que según Claude Lefort es lo que debe entenderse como característica central del debate indeterminado de la sociedad democrática, se inscribe, con matices importantes, en la tradición de Hannah Arendt. Esta autora distingue la acción política de otras prácticas humanas identificándola con la libertad generadora de sentido, entendida no como libre arbitrio individual sino como aparecer, mostrarse en la pluralidad humana con la palabra y la acción. Es esta condición política potencial la que arranca a los hombres de su simple condición de seres vivos –allí sí determinados por el ciclo biológico– y de fabricantes.

El espacio público está amueblado por los dispositivos materiales y por las regulaciones –leyes y normativas– que hacen a la originalidad de un modo de vida en común, que los hombres se dan y que cada quien encuentra, como posible hábitat, al nacer. Pero el sentido de la vida en común está sujeto a la continua actualización, revisión y reversión. La continuidad de principios constitutivos no puede ser considerada como la conservación de un legado; este es tan sólo una inspiración sujeta a la controversia de los vivientes.

Los seres hablantes son tales porque tienen para decirse su diferencia, es decir que cada quien aporta un punto de vista desde el lugar en que está situado y según lo que al aparecer en público, para Arendt desprovisto de los imperativos biológicos y laborales, se revela como quien. Desde esta perspectiva, entonces, lo propiamente humano se inaugura en la aparición por la palabra y la acción. Esa escena que se constituye cuando los hombres interactúan entre sí libremente es la del espacio público, y lo que en él sucede habilita el nacimiento político; en otros términos, la emergencia de seres únicos, que son tales en la pluralidad comunitaria –que crean al actuar, pues ésta no les precede–, en la que actúan y juzgan lo inesperado e indeterminado que surge con la acción. La historia humana es tal porque no hay destino prefijado ni restricciones definitivas; se trata de un accionar de los hombres que lidia con su enigmático, conflictivo y mutante estar juntos, y en un mundo siempre cambiante y desafiante para su comunidad ciudadana, que al transcurrir se consigna como una inscripción de sentido para las generaciones ulteriores. Ello sucede en la medida en que se expande un espacio público y, en él, lo propiamente humano, que es la preservación del mundo. Para los ciudadanos de la antigüedad clásica, lo que sucedía en el mundo constituía una historia que procuraba la inmortalidad a la que de este modo podían acceder los humanos. Pero se trataba por cierto de una eventualidad, pues ello dependía de que los hombres quisieran actuar.

La capacidad de juzgar lo inesperado y de dar comienzo a acciones originadas en la libertad de seres indeterminados se expresa también en la capacidad de producir lo que Immanuel Kant llamó “juicios reflexionantes”, es decir, de nombrar lo que se considera particular novedad emergente sin acudir al encasillamiento en el marco de un universal ya enunciado. Para Arendt, la distinción entre la deducción lógica y el pensamiento es decisiva, y es este último el que obra en la acción y el juicio político. Precisamente la crítica de Arendt a la modernidad y a la sociedad de masas en particular es que en ellas predomina la lógica, que inhibe la capacidad de percibir lo radicalmente nuevo que sucede, y procede, en cambio, a clasificar en casilleros preexistentes sin habilitar el pensamiento generador de nuevos conceptos y, en consecuencia, de posibles acciones, en lugar de reproducirse al hacer instrumental.

En esta perspectiva, Lefort se refiere a los derechos como la capacidad humana de anunciar atributos de su condición, que no se derivan de una naturaleza humana a la que se accedería a través del conocimiento científico, sino de lo que los hombres en su interacción y en el vivir en el mundo se representan y quieren. (...)
Los humanos, entonces, son seres condicionados, en grados diversos según sus actividades: seres vivos bajo los imperativos de la reproducción de la vida; fabricantes capacitados para una acción instrumental, es decir, capaces de concebir mentalmente un objeto o resultado y diseñar los pasos conducentes a su manufactura; y, sobre todo, seres hablantes dotados de la posibilidad de aparecer ante sus semejantes sin una finalidad útil y de distinguirse como seres únicos. Pero si en tanto en su condición de seres vivos están, al menos en parte, determinados por los imperativos de reproducción de la vida, la esfera pública de la acción es radicalmente indeterminada.

El énfasis de Lefort tiene un foco: no hay un listado inmutable de derechos inherente a los hombres, precisamente porque no hay una fuente natural u objetiva de la cual derivarlos; o más bien, sí hay un sustento que se presenta como natural, el que los hombres son seres hablantes, aunque la palabra humana tiene también una historia de constitución, de modo que sólo es natural si la remitimos a una capacidad elemental del Homo sapiens.

*Doctor en Ciencias Sociales. / Fragmento de su nuevo libro El nuevo rostro de la democracia (Editorial Fondo de Cultura Económica).



Isidro Cheresky