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El espanto está en otro lugar

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Hace poco más de una semana Beatriz Sarlo acudió al programa de Alejandro Fantino, que, para sorpresa de toda la tribu cultural autóctona, mostraba sobre el escritorio la mayoría de sus libros “marcados”, demostrando haberlos leído, de manera tal que gestionó los interrogantes apropiados para un público amplio como es el televisivo. Fantino dijo “Saer”, el apellido de un escritor olvidado. A pesar del entrevistador, Sarlo produjo la vindicación que no hubiesen logrado 45 libros del género ensayo al respecto. Hoy existen miles de personas inoculadas con la palabra Saer, que en algún momento encontrarán un libro suyo para acceder a la literatura y, de ahí, a un campo de fantasía y pensamiento que les era esquivo o imposible. Dirán: usted exagera. ¿Me pueden demostrar lo contrario?

Si existe un paradigma deshabitado por la literatura de Osvaldo Lamborghini es el de civilización o barbarie. La cultura es la civilización y la barbarie al mismo tiempo, ambas conjurando contra el destino. Y pregunta: ¿pueden demostrar lo contrario? ¿Y esto a qué refiere? A que a la literatura se responde con literatura. Es un efecto multiplicador y especular que Jorge Luis Borges supo ubicar en la cima de la fama. Si Borges fue claro y conciso, Lamborghini tomó una fracción de la pampa húmeda sumida en la contradicción y el malentendido, y fue por la fisura cultural temblando ante su misma reproducción. Gracias a él, en un texto a ser rescatado, Maradona ingresó en la literatura por la pelea en un bar de mala muerte entre un boxeador y un sacristán homicida. Y lo que siguió al zurdo futbolista fue casual, ¿alguien puede demostrar lo contrario?

Existe una conjura de los necios argentinos que radica en la falta de humor, en todas sus variantes. Kafka, Swift, Wilde, Joyce, Nabokov, Borges, Poe (la lista es larga, ustedes mismos pueden continuarla) disfrutaban del humor, lo ejercieron con recursos elípticos y conjeturales; vale decir, apelaban a la sabiduría siempre en crisis con el entorno de su ejercicio. Pero el humor es fruto de la oralidad, del ejercicio dinámico en el lenguaje. Y es algo del campo de lo que no se dice: en el pasado europeo, los bardos llevaban noticias del reino de pueblo en pueblo, con críticas e ironías. Hoy, así le pese a la sociología, tal rol histórico lo asumió la televisión en determinados “formatos” de su parpadeo insomne. Su núcleo lo definió otro amigo que vendía la programación del Grupo Clarín: “En la televisión, gratis ni el amor”. Esto zamarrea a la única afirmación lúcida de Chomsky: “La televisión es publicidad con relleno”. Lógicas, eso es lo que el lector debe percibir, las lógicas de una reproducción intencionada que equivale al poder, su ejercicio lábil.

A Tinelli lo ungieron como ícono cultural desde la Legislatura. El espanto progresista (y progresivo) alega que es un horror, un premio a la ignorancia o a la decadencia. Tinelli forma parte de un triángulo icónico junto a Alan Pauls (escritor bonito) y Jorge Dorio (decadente maxilar de dicción incomprensible). Los tres fueron promovidos a la trascendencia televisiva por un fanático de The Beatles, Juan Alberto Badía. Y los tres forman parte de la cultura argentina.

*Escritor.



Omar Genovese