COLUMNISTAS

El estallido

PERFIL COMPLETO

Podría escribirse una historia de la cultura argentina siguiendo las líneas de una historia de la escuela pública. Esto vale por lo menos hasta la década de 1970, cuando coinciden dictadura y hegemonía de la televisión.

La escuela fue decisiva en lo que se percibió, en toda América, como la diferencia argentina.
También fue decisiva en la incorporación de los hijos de inmigrantes, aunque sigue y seguirá la polémica sobre si, para construir el “ciudadano argentino”, fue intolerante con las particularidades de origen. Tal discusión es posible porque, durante casi cien años, la escuela fue influyente y eficaz. Desde fin del siglo XIX, no fue arcaica o confesional, sino atravesada por el debate entre espiritualismo y positivismo y también por una densa discusión de métodos pedagógicos modernos.

Comparada con el sur de Europa, la escuela argentina era más avanzada. Comparada con América Latina, éste fue el primer país donde hubo educación obligatoria para niños y niñas. Antes que en México y Chile.

Que la obligatoriedad fuera formal y que pasaran décadas en que se iba completando esa obligación del Estado no impide reconocer el igualitarismo laico de la escuela argentina como su principio y horizonte. No fue simplemente un instrumento de dominación, sino una escena en disputa. Y, en esa escena, maestros y maestras, directores e inspectores formaban la primera línea.

No quisiera que los párrafos anteriores fueran leídos como un ejercicio de melancolía. Quisiera, más bien, que los maestros recordaran, con orgullo y con las críticas que sea necesario hacer a ese pasado, que esa es la historia de la institución estatal donde trabajan. Quisiera que recordaran que los sectores reaccionarios de la sociedad argentina y la Iglesia desconfiaron de la escuela durante décadas. La Iglesia sólo llegó a tener gran influencia con el golpe de 1930 y siguió teniéndola desde entonces. Hoy administra un número importante de institutos donde se forman profesores.

Quisiera que las historias de la escuela argentina, de sus libros de texto, sus revistas, la formación de su personal, su expansión territorial y demográfica, fueran conocidas por quienes son maestros ahora. Fue una institución de larga duración en un país con escasos logros en la larga duración. Rara continuidad en una historia de fracturas. Extrañamente, si se lo piensa hoy, la escuela fue respetada por sus usuarios.

A fines del siglo XIX, preocupaba a las autoridades que las becas para ir a las escuelas normales (donde se formaban maestros y maestras) se destinaran a los sectores que probablemente no las necesitaban. Pero otros se preocupaban por el hecho de que esas mismas escuelas reclutaban estudiantes entre las franjas menos cultivadas de la población. En esta breve síntesis de posiciones (citadas por Juan Carlos Tedesco en un libro pionero sobre historia de la educación hasta 1900) se enfrentan ideales educativos.

Además, piénsese en el gigantesco esfuerzo de formar docentes en un país donde no los había. Y, como no los había, los maestros demostraban, por escasez, la importancia de ser “cuadros profesionales”. Por eso, pese a la curva a veces favorable y a veces desfavorable de sus salarios, eran respetados como portadores de una dignidad especial. Hasta mediados del siglo XX, un maestro era más importante que un empleado administrativo de un banco o de una empresa. Tenía aura. Vengo de una familia de maestras y sé lo que es caminar por un barrio, en los años 50, acompañando a cualquiera de ellas.

Este pasado suena remotísimo. Quizá muchos de los maestros en huelga piensen que es una leyenda piadosa. La escuela ha estallado al tiempo que se cortaban las tramas sociales que la rodeaban: el barrio y la familia. Los maestros son empleados en emergencia permanente. Enseñan en lugares donde las carencias materiales reduplican las diferencias culturales. Hay maestros para pobres en escuelas para pobres, donde van chicos que no llegarán nunca a la universidad ni completarán en tiempo el colegio secundario. Hay escuelas secundarias para pobres, donde se aprende poco, porque nadie puede enseñar ni aprender en las condiciones de violencia social y extrema necesidad económica que la escuela no alcanza a equilibrar, porque ésa no es su tarea. Se la encajan a la fuerza, por omisión.

Mientras tanto, los maestros han hecho una huelga por tiempo indeterminado (una medida de última instancia para cualquiera que sepa un poco de lucha sindical). Es evidente que los salarios son muy bajos. Es evidente que el kirchnerismo ha llegado a esta situación por sus propios errores en la asignación de recursos, aunque haya aumentado el presupuesto educativo. Es evidente que Scioli no quiso este conflicto porque es una piedra en su camino a la candidatura presidencial. Es evidente que hay que cambiar el concepto del trabajo docente. Es evidente que la Argentina tiene un sistema deficiente para la formación de maestros y profesores. Es evidente que hay que encontrar una forma de acreditación para la enseñanza que no dependa sólo de haber obtenido un título, sino de una carrera del mérito y el saber. Es evidente que producir educación no es lo mismo que producir coches en una empresa privada.

Es evidente que la huelga indefinida en el tiempo es un derecho, pero también un último recurso. Sin embargo, si la Provincia encuentra fondos para los reclamos, la huelga vuelve a confirmarse como método. Es evidente que se invierte en rubros prescindibles (¿cuánto costó el festival anaranjado del verano sciolista?, ¿cuánto cuesta Tecnópolis, si es que alguien puede decirlo?). Es evidente que llegamos al límite del mal desorden.
La situación se ha configurado como dilema. Un paro por tiempo indeterminado puede levantarse, pero el nudo del conflicto no ha sido tocado.


Por hallarse de viaje, Jorge Fontevecchia no publica hoy su habitual contratapa.



Beatriz Sarlo