COLUMNISTAS DICCIONARIO 2014

El eterno incomprendido

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Acaba de aparecer y ya le llovieron las críticas. Es lo que siempre sucede, pero no deja de ser molesto que esas críticas provengan en su mayoría de personas que ni siquiera lo han hojeado y que sólo tienen de él la información mínima y en muchos casos deformada que dan los diarios. Críticas a veces contradictorias, que van desde “La Academia acepta que hablemos como los ignorantes” hasta “¿Quiénes se creen que son esos gallegos que pretenden imponerme a mí una manera de hablar?”. Es el Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, cuya vigesimotercera edición se presentó esta semana, a trece años de la edición anterior.
Trece años pueden parecer demasiados, pero no son tantos si se considera que el DRAE (sigla tradicional que seguimos usando porque la propuesta últimamente no prendió) no es la única obra académica publicada en estos años, sino que hubo otros importantes trabajos de lexicografía, de gramática y de ortografía. Y, mientras se seguía enriqueciendo el diccionario, pudimos enterarnos de muchas novedades, que se anticiparon en internet.
Se nos promete que dentro de tres meses estará en línea. Esperemos que ese plazo no se alargue demasiado y que se cumpla también el anuncio de que ésta es la última edición que se presenta antes en papel que en internet. Porque, reconozcámoslo, cuando estamos trabajando, es mucho más cómodo consultarlo en el sitio de la Academia (www.rae.es). Aunque tengamos en la biblioteca los dos volúmenes que no todos pueden darse el lujo de comprar. Y gracias a que está en línea, ahora lo frecuenta mucha más gente, personas que hasta hace poco no lo conocían ni por las tapas (literalmente).
Pero que lo frecuenten no significa que lo aprovechen plenamente. Un diccionario trae mucha información que a menudo se pierde porque los usuarios no se molestan en leer las normas para su manejo. Y a veces se espera de él más de lo debido. Se ha creado la impresión de que la gran novedad de esta edición del DRAE es la incorporación de muchas palabras del léxico de la tecnología y, sobre todo, de la informática. La Academia misma dio esa información porque así muestra cuán actualizada está. Algunas son voces del inglés; otras son hispanizaciones o derivaciones de voces inglesas. Las palabras extranjeras se escriben en bastardilla, pero pocos se fijan en las bastardillas. Entonces, los críticos a la violeta confunden las hispanizaciones con voces extranjeras y censuran sus grafías porque no entienden que deben escribirse como palabras españolas que son.
Sin embargo, las críticas que más ruido han hecho en estos días se refieren a una palabra que sí es extranjera: el sustantivo hacker, definido como “pirata informático”. Hasta han salido grupos de sedicentes hackers a exigir que cambien la definición. Y mencionan el verbo inglés hack, que no se usa en español, y todas las acepciones que tiene hacker en inglés. Deberían preguntarse esas personas qué sentido tiene la inclusión de palabras inglesas o, en general, extranjeras en un diccionario de español. No se las incluye para mostrar qué significan en inglés, porque para eso están los diccionarios ingleses. Se las incluye para mostrar en qué sentido se usan cuando se las intercala en un discurso en español. Y se definen en esa acepción. Un ejemplo inverso tal vez aclare. En inglés se usan cada vez más palabras españolas. Una palabra usada con bastante frecuencia es junta, pero no en cualquier acepción, sino en referencia a las juntas militares de las dictaduras latinoamericanas. Si se la incluyera en un diccionario de inglés, sólo tendría sentido definirla en esa acepción. Y no se puede negar que hacker, para el común de los hispanohablantes, cuando la mechan en su discurso, tiene el sentido que le da el DRAE.
Para evaluar un diccionario, hay que fijarse en cómo trata palabras como ser, tener, dar, de, que. Para los lexicógrafos lo de hacker es una minucia al lado de esos desafíos. Con perdón de los hackers. Y de los piratas.

*ElSerVerbal@gmail.com.



Lucila Castro