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El falso políglota

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Los productos europeos ensamblados en China, cortados en Tailandia, cosidos en Camboya tienen para el lingüista comparativo un encanto irresistible: ofrecen frases breves y simplonas en idiomas de una comunidad económica que no es una lingüística, y evidencia cómo las culturas siguen siendo muchas y la globalización es el cuco útil que no quiere fijar ciudad capital en ningún lado.

Mi hijo tiene mucho moco y el pediatra receta nebulizaciones con un Aero Chamber Plus Flow-Vu made in UK con instrucciones en türkçe, suomi y dos versiones de chino. Lo que en inglés se ofrece como “tips” y que el español traduce “consejos” (cuando a esta altura de la soirée babélica podría traducir exactamente como “tips”), el francés lo describe como “astuces”. Mi escaso conocimiento de esta lengua tan fea (el falso políglota siempre tiene caprichosamente una lengua más fea, más torpe que las otras) me dicta que para franceses, luxemburgueses, suizos del oeste, belgas del sur o tercos québécoises, un consejo es –claro está– una astucia, una viveza, una criollada. El primer tip sugiere en inglés cuatro palabras: “Give praise and rewards”, a lo que el francés –siguiendo a su cultura– eligió escribir: Félicitez et encouragez votre enfant pour ses efforts, y noto que –para el flemático británico– de los esfuerzos del niño enfermo no se dice ni palabra. El español entrega esta misma frase como “Motive en forma efusiva” y en las loas y recompensas del tip inglés no veo las marcas cariñosas que el español supone en la relación del padre y el hijo. De allí a comparar besarse con dos besos de izquierda a derecha en Madrid con darse la mano fláccida y helada en Londres y Edimburgo hay sólo un paso, y es la misma diferencia entre criar hijos con besos y caricias o meterlos en internados como en Oxford, en Birmingham, en Kentucky. (Para el falso políglota, toda falsa deducción es enorme y para siempre. Y casi nada en el mundo se traduce: las cosas se aprenden en contexto).



Rafael Spregelburd