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El fin de la calma

Volvió a cambiar el escenario. A la Presidenta y al kirchnerismo les costará lidiar con Massa y con Scioli.

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Foto:PABLO TEMES

D urante la última semana, condimentada por varios casos resonantes de inseguridad y crímenes mafiosos, estalló la discusión sobre la reforma del Código Penal y se inició el paro docente. Y con ello la escena política volvió a cambiar.

El período de relativa calma que se había iniciado en febrero y que el Gobierno parecía en condiciones de aprovechar y prolongar, moderando sus tonos más polémicos y buscando la vía media (palos a los empresarios pero también a los gremios, agitación de la juventud gloriosa pero también gestos de convivencia con el viejo pejotismo y el radicalismo, etc.) para desactivar los conflictos que enfrenta o al menos ganar tiempo frente a ellos, evitar que estallen y controlar la transición, dio paso a una reedición de la escena de competencia política intensa con que se cerró el año pasado. Escena en que el hoy por hoy principal líder de oposición, Sergio Massa, supo aprovechar la oportunidad que se le brindó en bandeja para recuperar protagonismo. Y forzó al resto de los opositores a ir detrás de él y al oficialismo a retroceder sobre sus pasos.

La propuesta de reformar el Código Penal no fue tan inoportuna como mal planteada. El argumento según el cual el Ejecutivo no debería iniciar una reforma de este tipo porque le quedan menos de dos años de mandato es bastante absurdo: el problema no es cuándo la encara, sino cómo. Al respecto, es seguramente cierto que el anteproyecto elaborado por la comisión presidida por Eugenio Zaffaroni contiene muchos cambios, y unos cuantos deben estar más consensuados y ser más razonables que los pocos que destacó Massa para oponerse. También es de destacar que constituye una de las pocas experiencias de cooperación interpartidaria de los últimos años, así que por eso solo merecería que no se la tirara al tacho. Pero hay que destacar asimismo los flacos favores que el propio oficialismo prestó a su propia iniciativa en estos aspectos.

En primer lugar, porque no incorporó al massismo a la discusión. Con la idea de que mejor era dejarlo fuera y no reconocerle representatividad institucional, se le brindó la oportunidad ideal para que adquiriera una representatividad mucho mayor, la de voz de la sociedad frente a la transa de los políticos, algo que siempre paga, y paga más todavía cuando atañe a un tema sensible en el que la gente común siente que está librada a su suerte por una dirigencia política que sólo se preocupa de sí misma. Reprocharle a Massa que apeló a un discurso efectista y populista, y peor, a una consulta popular reñida con las normas constitucionales supone ignorar que se creó el ambiente adecuado para que al hacerlo no pagara ningún costo y recibiera un amplio beneficio.
Lo que se explica además por otro despropósito oficial: dejar la presentación y defensa del proyecto en manos de Zaffaroni, el juez de la Corte menos valorado por la opinión pública, por estar abiertamente identificado con el oficialismo y el garantismo extremo, más las sospechas nunca aclaradas sobre el manejo de sus propiedades, fue un tiro en el pie a la capacidad de crear consenso en torno a la reforma. El propio Zaffaroni ha argumentado en estos días que el objetivo de la comisión que presidió fue dejar fuera de la pelea política un tema de enorme relevancia para la vida en común. Pero lo hizo en un acto organizado por el Movimiento Evita, rodeado por militantes K, y bajo el lema de la lucha contra el neoliberalismo. Aun cuando trata, no le sale.

Por último, la Presidenta tampoco despejó nunca las dudas que razonablemente cabía albergar en los partidos de oposición respecto al verdadero objetivo político que perseguía su gobierno con este proyecto: como ella utilizó ya muchas veces iniciativas que implicaban cambios en las reglas de juego y reales o aparentes “ampliaciones de derechos” para dividir a los opositores y crear una escena según la cual de un lado está el proyecto progresista y nacional y popular y del otro la derecha rancia y antinacional, bien podía sospecharse que pretendía hacer lo mismo esta vez. Ignorando el hecho de que, en este caso, las diferencias de criterio son tan o más marcadas en las bancadas propias, y que en un contexto de pérdida de apoyo a su gestión, crear consenso iba a depender de que fuera mucho más clara y abierta la discusión y, sobre todo, la comunicación de la iniciativa. Algo difícil de controlar, pero el secretismo resultó peor, pues alentó a los partidos de oposición a desautorizar a sus propios representantes y plegarse a Massa, ante el riesgo de quedar como el jamón del sándwich.

Más o menos la misma suerte ha tenido el planteo hecho a los docentes para que aceptaran pagos por presentismo. Hubiera sido un buen instrumento para moderar los porcentajes de suba salarial, tal como exige el deshilvanado pero indisimulable ajuste emprendido por el gobierno nacional, y al mismo tiempo premiar el esfuerzo, combatiendo los abultados índices de ausentismo docente que perjudican la calidad de la enseñanza, en especial en la provincia de Buenos Aires (agreguemos, consecuencia directa de la vista gorda que viene practicando la Gobernación), a los que la Presidenta hizo referencia explícita. Pero para eso no sólo hacía falta mostrar números (y números reales, no las estadísticas amañadas que tanto gusta enumerar la Presidenta) sino empezar la negociación varios meses atrás. Como se presentó, más bien pareció el recurso desesperado de quien esperaba otra cosa: tal vez, que los “precios cuidados” bastaran o que las provincias lidiaran con el asunto. De allí que esté cayendo en el olvido, entre gremios que lo tildan de “noventismo nostálgico” y gobernadores que prefieren ignorar la cuestión y esperar a que la Nación ceda.

En este último aspecto es notable, además, cómo han cambiado las cosas en la relación entre la Presidenta y Scioli. Sólo que ella no parece haberse anoticiado. Un par de años atrás, Cristina fue aun más dura con los docentes en su discurso inaugural, para luego jugar un tour de force con el gobernador bonaerense a ver si aguantaba los paros y se enemistaba con los padres de familia afectados, o subía el impuesto inmobiliario y se peleaba con el campo. Hoy, Scioli sabe que no va a poder evitar el malhumor ni de unos ni de otros, pero que éste debilita sobre todo a Cristina y su entorno, mientras él flota más que nunca en el mar de ambigüedades que le permite decir que, igual que todo argentino de bien, quiere que las cosas terminen “lo mejor posible”.

A Cristina y al kirchnerismo les va a resultar muy difícil lidiar a la vez con la politización que Massa le imprime a la escena y con la despolitización que practica Scioli. Entre ambas los dejan sin argumentos y les desarman las pocas iniciativas que aún logran sacar de la galera.



Marcos Novaro