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El fin de las ideologías

Tener un esquema de valores no es sólo aplicable a una manera de entender la economía o la política.

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Foto:Cedoc

El ser humano transita su experiencia en un campo dinámico, sembrado de cambios constantes; cambios incrustados en su cuerpo y en toda la materia que lo circunda: inmersos en este panorama vertiginoso y volátil, se entiende que no existan ventajas en TENER una ideología que no sean limitantes y perjudiciales a uno mismo y al mundo que nos rodea.

A continuación, ensayaré una explicación a la sentencia algo descarnada que acabo de escribir -que en realidad, debería ser la última oración del artículo, pero los tiempos han cambiado, y todos queremos todo YA. Del cambio de los tiempos también voy a decir algo, pero eso sí, lo guardo para el final.

Ahí vamos...

Nos espanta la idea que existan sectas religiosas, grupos organizados abocados a la tarea de coptar gente valiéndose de métodos sugestivos con la finalidad de apartar a los creyentes adeptos de su familiares, de sus amigos y utilizarlos para beneficio propio. Nos indigna gravemente, cuando avanzado el proceso de sugestión, la fidelidad de los seguidores al sistema sectario, culmina atentando francamente contra el bienestar, disminuyéndolos en autonomía y voluntad.

Sin embargo, adscribir a una ideología pasa culturalmente desapercibido, como algo incuestionable. Lejos del reproche, hay quienes socialmente hasta lo consideran un permiso ineludible para ingresar al club de la intelectualidad.

Hablando de clubes, tener una ideología es parecido a ser fanáticos de un club de fútbol. Detrás de la descarga del programa, del regalo de identidad, se encuentra la maldición de la identidad: sin darte cuenta, dejás de interesarte por el fútbol, por el resto de los partidos. Por nada, que no tenga que ver con el éxito de tu equipo.

Como en todo, hay gamas; una incalculable paleta de colores que va desde el fanático enfermo hasta el entusiasta. Lo que estoy seguro, es que al fánatico no le interesa el deporte y que el entusiasta va a trabajar tranquilo el lunes siguiente a una derrota.

Volvamos a la sentencia inicial.  El punto clave es que: para estar de acuerdo con alguna ideología no hace falta tener a esa ideología. El secreto para entender el aforismo al principio de la nota está en el verbo. No es lo mismo USAR una ideología que TENER una ideología (pertenecer a ella...).

Cabe aclarar que cuando hablo de USAR no me refiero a hacerlo en un sentido perverso: como quien hipócritamente defrauda haciéndose pasar por algo a cambio de esconder sus verdaderas intenciones. Sino de usar como cuando usamos un tenedor para comer.

Invito, exhorto, sugiero al lector que esté pensando lo que escribo, que entre lo que ELIJA y lo que ES haya una distancia, aunque sea sutil, aunque sea abstracta. Y nunca apoye nada sobre el escritorio de lo que ES.

Se puede pensar siempre lo mismo acerca de algo o de muchas cosas y no por ello TENER una ideología.

Si llegado el caso, esa ideología que venimos usando, no llegara a resultarnos útil para cierta cuestión, tendremos flexibilidad para adoptar es otra forma. Eso sí (y aquí puede estar la trampa): sin que por ello, esa otra forma tampoco nos defina.

[Es importante aclarar esto último ya que el ego es inteligente y buscará la manera para que, aún pensando diametralmente opuesto a como veníamos pensando, sigamos operando en la ignorancia, aquel ambiente propicio para su supervivencia y el despliegue de su gobierno]

La identificación con una ideología implica en los adscriptos un tatuaje. Un tatuaje en el aire.  Pero un tatuaje en fin.

A los ojos de los militantes de una ideología, cambiar alguno de sus puntos críticos nunca es mejorar sino traicionar.

Entre nosotros y nuestras metas, se encuentran una variedad de alternativas, medios que nos permiten acercarnos a cierto futuro promisorio. El puente es un puente. No es el objetivo. Muchas veces, por esta atracción a las formas, por esta costumbre del ego a que algo externo nos defina, quedamos absortos en el puente mirando para abajo. sin dar el paso. Y así, sin darnos cuenta, el medio se convirtió en el fin.

Otro paso más. Tener una ideología no es sólo aplicable a una manera de entender la economía o la política, cuando nuestra mirada al mundo se vuelve irreversible, deja de ser una mirada y pasa a ser nuestro mundo, automáticamente deja de ser un pensamiento constructivo y para convertirse en prisión ideológica. Si jugamos con la palabra podemos considerar la ideo-logia como una logia de las ideas. A través de este mecanismo, nuestra personalidad endurece su sustancia. Y gracias a ella, es que se postula a si misma como verdadero núcleo duro.

¿Renunciarías el tener a ella también?

Empecemos por los tratados, luego iremos por el premio mayor.

O al revés.

¿Podés?

¿Qué te frena?

Dato al margen, en un mundo cada vez más globalizado, donde cada vez hay más opciones al alcance de tu mano, el encorsetamiento ideológico más que perdiendo vigencia va perdiendo necesidad.

Post data: En términos prácticos, promisoriamente, se está avanzando para la confección de una Ley anti-secta. El problema, es que es es imposible legislar cuando la secta entera, en lugar de afuera, se instala adentro de uno.

(*) Psicólogo y novelista. Twitter: @llavemaestraok



mmarquevich