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El fin del poder

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Foto:Cedoc Perfil

“El poder se está dispersando cada vez más, y los grandes actores tradicionales (gobiernos, ejércitos, empresas, sindicatos, etcétera) se ven enfrentados a nuevos y sorprendentes rivales, algunos mucho más pequeños en tamaño y recursos. Además, quienes controlan el poder ven más restringido lo que pueden hacer con él. Mientras los Estados, las empresas, los partidos políticos, los movimientos sociales, las instituciones y los líderes individuales rivalizan por el poder como han hecho siempre, el poder en sí –eso por lo que luchan tan desesperadamente, lo que tanto desean tener y conservar– está perdiendo eficacia. El poder se está degradando. En el siglo XXI, el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder. Las luchas de poder son tan intensas como lo han sido siempre, pero cada vez dan menos resultados. La ferocidad de estas batallas oculta el carácter cada vez más evanescente del poder”.

Esto escribió Moisés Naím en su libro El fin del poder, que debería ser de lectura obligatoria de Scioli, Massa o Macri, y de cualquier aspirante a suceder a Cristina en 2015. Pone un ejemplo para ellos: Mohamed Morsi, el líder de los Hermanos Musulmanes que sustituyó a Mubarak en Egipto, que por creer que tendría el mismo poder que su predecesor terminó cayendo apenas un año después. Ni Scioli ni Massa ni Macri, o el candidato surgente del FAU que pudiera llegar a la presidencia, tendrán nunca el poder que tuvieron Néstor o Cristina Kirchner.

Trilogía revolucionaria. El fin del poder fue considerado el mejor libro del año por The Washington Post, por Financial Times y por personas como Clinton, Soros y Fukuyama. Para Naím (director por 14 años de la revista Foreign Policy, además de ex ministro venezolano pre Chávez y ex director del Banco Mundial), las causas son tres. “(1) La revolución del más: cada día somos más habitantes, vivimos más años, en una economía más grande, con más tecnología, más clase media y mayor bienestar material. (2) La revolución de la movilidad: todo viaja… las ideas, el dinero, la gente, los productos, los servicios, las crisis o las pandemias. (3) Y la revolución de la mentalidad: los valores, las expectativas, las aspiraciones y el control del poder que hasta entonces otros ejercían han cambiado”.

Su trilogía revolucionaria tiene lógica: es más difícil de controlar más que menos. Lo que se mueve es más difícil de controlar que lo que está quieto. Y menos control cambia las expectativas.

El número de personas con menos de 30 años que viven hoy en el planeta es tres veces mayor que en 1950. Los jóvenes no sólo tienen la clásica actitud de desafiar el poder y cuestionar su autoridad, sino que por su gran número influencian a los habitantes de las generaciones mayores. El fin del poder se nota también en las estructuras familiares: en la conservadora India crece la tasa de divorcio en parejas de la tercera edad, promovido en su gran mayoría por mujeres. Si desde los políticos hasta los padres nadie está exento de su pérdida de poder, tampoco podrían salvarse los CEO de las grandes corporaciones.

“Los ejecutivos de las 2.500 empresas más importantes del mundo tienen una tasa alta de rotación –explica Naím–, son despedidos con una velocidad sin precedentes. La probabilidad de que estas empresas tengan un accidente de reputación que disminuya su valor ha pasado del 20% al 85%. JP Morgan está sometido hoy a las multas más grandes. Bob Diamond, de Barclays, fue despedido. Goldman Sachs tiene uno de sus directores preso”. Tampoco genera una protección especial que se trate de grupos de medios porque el mayor CEO mundial de medios, Rupert Murdoch, camina apichonado tras los golpes de los últimos años.

El viejo axioma de cuanto más poder se tiene más fuerte se es se está desmoronando y en no pocas veces se ha convertido en una desventaja. “El poder blando de la cultura está desplazando al poder duro de los ejércitos; en 1977 –agrega Naím–, ochenta y nueve países estaban gobernados por autócratas; en 2011, la cifra bajó a veintidós”. En las guerras asimétricas de la primera mitad del siglo XIX, el bando más débil ganó 12% de las veces, mientras que, en la segunda mitad del siglo XX, los que tenían menos soldados y armamento ganaron el 55%.

Así como cada vez hay más conocimiento para fabricar artefactos explosivos caseros, en todo hay más competencia. Los programas de juego de ajedrez por computadora contribuyeron a que hoy existan más de 1.200 grandes maestros de ajedrez contra sólo 82 que había en 1972. En 1991, cuando se extinguió la Unión Soviética, los primeros nueve jugadores del mundo eran de esa nacionalidad, ya no. Y hay en el mundo 200 jugadores que juegan lo bastante bien como para, con un día de suerte, derrotar al campeón mundial.

El poder se transforma y cambia en su dimensión, su capacidad de influir, su forma de concentrarse y las proporciones en que combinan las cuatro formas de ejercitarlo. Estas son: 1) El músculo, la fuerza como herramienta para obligar a otros a hacer lo que no harían. 2) El código, las reglas y creencias que la tradición logra imponer generación tras generación. 3) La publicidad, la capacidad de persuadir, moldear la percepción e instalar nuevas creencias. 4) La recompensa, la posibilidad de ofrecer beneficios económicos que encaminen la conducta de los demás en función de los propósitos de quienes tengan recursos para estimular.

“Los ciudadanos –dice Naím– están mejor informados, tienen otros valores y son más conscientes de las muchas opciones que tienen”.

El poder tiene un componente material pero también uno psicológico: el poder se siente. El surgimiento de Néstor Kirchner, la rápida forma en que aplastó a Duhalde y dominó el aparato del PJ y a los poderosos barones del Conurbano es un ejemplo de cómo los micropoderes tienen cada vez más capacidad para desafiar a los megapoderes en descenso: un desconocido nacionalmente llegó y dio vuelta la política modificando el equilibrio de poder que lo precedía.

No podrá nunca hacerse un epitafio al poder porque sin poder no habría sociedad, pero sí comprender que hoy funciona diferente. Los sucesores de los Kirchner, todos de por sí más pasteurizados, lo comprobarán.



Jorge Fontevecchia