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El final del cancherito de Estado

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Aimé siempre fue el cancherito del barrio y de la facultad. Fachero con las minitas, carismático y seductor con los gomías, el líder de una barra de muchachos pícaros que luego se transformó en una banda de delincuentes. El hilo conductor de su vida no es la ideología ni la vocación de servicio hacia los demás desde el compromiso político. La columna vertebral es su actitud desprejuiciada, ese lenguaje coloquial del que se siente impune y se anima a todo. Es piola, pero se cree más piola que todos y eso fue su perdición. Porque en este Gobierno no es el único corrupto, pero él hizo la suya. Armó su propia asociación ilícita, paralela a la matriz corrupta tan férreamente centralizada desde el poder que tuvo en la cima de la pirámide a Néstor y a Lázaro Báez, Julio de Vido y Ricardo Jaime, entre otros, en la base.

Amado se cortó solo. Cuando murió Néstor, lloró dos minutos y dijo: “Esta es la mía, es ahora o nunca”. Ahora, amargamente comprobó que en el poder no alcanza con ser el más vivo de todos, un busca, un personaje de Los reventados de Jorge Asís que, dicho sea de paso, fue el primero que lo embocó.

Su vida relatada por 6,7,8 es un videoclip publicitario de dentífrico. Siempre la dentadura blanca, reluciente y exitosa. El pelito largo y prolijamente descuidado, el disc jockey, la Harley reluciente y regulando, la guitarrita en el baúl del auto, el combativo Manu siempre esperando con La Mancha de Amado, Hernán Brienza para darle la pátina chavista como maestro de ceremonias de alguno de sus actos. Siempre rodeado de mujeres bellas, incluso la propia presidenta Cristina. Todo editado como sólo sabe hacerlo el “cártel de Gvirtz”, un pautatraficante que se hizo millonario con los dineros públicos.

Hay una línea de inconducta que Boudou mantuvo desde su Mar del Plata natal, donde arrancó con sus avivadas que ahora se le vuelven en contra. Quiso negar a su primera esposa y el tiro le salió por la culata. Como su biblia de la picardía criolla le indicaba, no se notificó del divorcio y de esa manera se ahorró unos pesitos. Pero eso posibilitó que la causa no prescribiera y hoy, aquel primer matrimonio, se le transformó en una pesadilla sobre la que tiene que rendir cuentas en Tribunales, convertidos casi en el futuro domicilio de Amado. Menos mal que le queda cerca de su barrio de Puerto Madero, el preferido por la militancia que habla en nombre de “La Patria”. Con el auto de papeles truchos, también mostró la hilacha y, por eso, el juez Claudio Bonadío lo espera sentadito, con la servilleta al cuello y el cuchillo y el tenedor en las manos.

Siempre entendió al poder como el mejor territorio para las trampas. Esa fue su carrera ascendente. Todos los días ponía un peldaño más alto. Pudo saborear la plata grande cuando, en complicidad con el señor feudal Gildo Insfran, le robaron a una de las provincias más pobres, como Formosa, más de 7 millones de pesos. Ese fue el banco de pruebas para avanzar con el sueño de todo malandra: una fábrica de billetes. Después, cargado de desesperación y omnipotencia y con la protección de Cristina, se cargó a Righi, Rafecas y Rívolo y se sintió más poderoso que nunca.
Dejó los dedos pegados en todo el proceso de apropiación de Ciccone y lo explicó poniendo cara de piedra y diciendo que fue una catarata de casualidades.

 Creyó que también podría burlarse del juez Ariel Lijo, que bancó en silencio todas las humillaciones. Pero chocó de frente con su propia soberbia. Había llegado a los más altos, pero era la escalinata de Comodoro Py. Fue derrotada la impunidad y sonó un tiro para el lado de la justicia. Fue procesado Amado Boudou, básicamente porque fracasó su modelo de cancherismo de Estado.

La crueldad del destino quiso que semejante noticia la recibiera en la Plaza de la Revolución, con la imagen del Che Guevara a sus espaldas. En Cuba, los pioneros, los niños que estudian para ser revolucionarios, tienen un saludo muy especial. Se paran al lado de su pupitre y gritan emocionados: “Seremos como el Che”. Hay que descartar por ahora que los jóvenes camporistas eleven la voz para decir: “Seremos como Aimé”.



Alfredo Leuco